A siete días de concluir su mandato, el presidente Gustavo Petro sustituyó su agenda en Estados Unidos por una visita oficial a Cuba, según reportó Infobae Colombia. El desplazamiento, de aproximadamente 48 horas, contempla una reunión bilateral con Miguel Díaz-Canel y sería el tercero del jefe de Estado a la isla en cuatro años: el primero, en junio de 2023, con motivo del cierre del tercer ciclo de negociaciones con el ELN —proceso en el que Cuba actúa como país garante—; el segundo, en septiembre de 2023, en el marco de la Cumbre del G77+China.
La modificación fue explicada por el propio presidente en su cuenta de X. Según Infobae, Petro señaló que la cancelación de la conferencia sobre gobernanza de recursos naturales organizada por Naciones Unidas, tras la inasistencia del presidente de la República Democrática del Congo, redujo el nivel protocolario del evento en Washington. En el mismo mensaje, el mandatario calificó a Cuba como un destino relevante para la soberanía nacional y para la cooperación regional en el Caribe.
La agenda original en Estados Unidos incluía la visita a la exposición “Los Nadie” en la sede de la OEA, la participación en la conferencia de Naciones Unidas y la entrega de una obra del pintor Darío Ortiz dedicada a la líder sindical María Cano. Toda esa programación quedó suspendida.
El episodio es menor en lo protocolario y mayor en lo simbólico. Ilustra, con un ejemplo concreto, la jerarquía de prioridades exteriores que rigió la Cancillería durante este gobierno: los foros multilaterales del Sur global —G77+China, CELAC, cumbres climáticas— fueron privilegiados de manera sistemática por encima de los espacios hemisféricos tradicionales. Esa orientación produjo resultados verificables, como el protagonismo colombiano en debates sobre reforma del sistema financiero internacional y transición energética, áreas en las que el país tenía poco margen en administraciones anteriores.
Pero el balance también incluye costos. La relación con Estados Unidos, principal socio comercial y principal destino de inversión extranjera del país, atravesó tensiones recurrentes que no siempre se tradujeron en beneficios tangibles. La decisión de cerrar el mandato en La Habana, en lugar de aprovechar los últimos días para reforzar la interlocución con Washington, confirma una jerarquía que el gobierno nunca ocultó pero que conviene registrar con nombre propio.
Hay un segundo punto que merece atención. Al cierre de esta nota, la Presidencia de la República no había divulgado la programación oficial del viaje. Infobae señaló que se esperaban detalles en las próximas horas sobre agenda, temas y resultados esperados. Un viaje de jefe de Estado a un país con el que Colombia mantiene relaciones diplomáticas no requiere mayores justificaciones, pero la opacidad sobre los temas concretos de la reunión bilateral con Díaz-Canel abre espacio a la especulación, especialmente cuando se trata del cierre de una administración.
La mención explícita de Cuba, Haití, Sudáfrica, Argelia y Malasia como países “estratégicos” para la cooperación internacional, hecha por el propio presidente en X, define un mapa de prioridades exteriores que el próximo gobierno deberá evaluar con frialdad. La política exterior de Estado no puede rehacerse cada cuatro años según afinidades ideológicas del presidente de turno. Si Colombia aspira a mantener credibilidad en Washington, en Bruselas y en Beijing simultáneamente, necesita una doctrina coherente, no una sucesión de gestos.
El 7 de agosto comienza una nueva etapa. La pregunta no es si Colombia debe o no mantener relaciones con Cuba —claro que sí—, sino por qué el último viaje del presidente saliente se dirige a La Habana en lugar de a cualquier otra capital. La respuesta que Petro ofreció en redes sociales es ideológica; la que el país necesita es estratégica.