La novena oleada consecutiva de bombardeos estadounidenses sobre infraestructura civil en Irán, sumada a los ataques de la Guardia Revolucionaria contra el aeropuerto de Aqaba en Jordania y petroleros en el estrecho de Ormuz, marca un punto de inflexión en la seguridad energética global. Para un observador en Washington o Bruselas, esto es una crisis de seguridad nacional; para Colombia y la región andina, es un shock de oferta con consecuencias inmediatas en la canasta familiar, la tasa de cambio y la estabilidad fiscal.
El riesgo de precios para una economía abierta
Colombia, aunque productora de crudo, es importadora neto de combustibles refinados y depende de la estabilidad de los fletes marítimos globales. La interrupción o el encarecimiento del tránsito por Ormuz, por donde fluye aproximadamente el 20% del consumo mundial de petróleo, no es un problema abstracto. Se traduce en un ajuste al alza en los precios de la gasolina y el diésel, insumos críticos para el transporte de carga que mueve nuestros alimentos y exportaciones.
En un contexto donde el Banco de la República ha logrado anclar las expectativas inflacionarias tras años de volatilidad, un choque exógeno de esta magnitud pone en jaque la política monetaria. Si el precio del barril Brent se mantiene elevado por prima de riesgo geopolítico, la inflación importada podría reactivarse, obligando a mantener tasas de interés restrictivas por más tiempo del previsto. Esto frena la inversión privada y el crédito, justo cuando la economía necesita señales claras para crecer.
Además, debemos ser realistas sobre nuestra posición fiscal. Aunque un precio alto del crudo beneficia temporalmente a Ecopetrol y al recaudo, la volatilidad extrema genera incertidumbre en la planeación presupuestal. Los mercados financieros castigan la inestabilidad, y un aumento en la prima de riesgo soberano de Colombia sería el costo directo de esta lejanía geográfica. No podemos celebrar ingresos extraordinarios efímeros si estos vienen acompañados de un deterioro en los términos de intercambio por el encarecimiento simultáneo de todos los bienes importados.
Dilemas atlantistas y pragmatismo regional
Desde nuestra perspectiva institucionalista y atlantista, la situación plantea dilemas complejos. Como aliados de Estados Unidos y defensores del orden basado en reglas, entendemos la necesidad de contener la proliferación nuclear y la agresión de regímenes autoritarios. Sin embargo, el ataque a infraestructura civil y la expansión del conflicto a terceros países como Jordania generan preocupaciones legítimas sobre la proporcionalidad y la duración de la campaña.
La historia reciente nos enseña que las intervenciones militares sin una estrategia de salida clara y sin consenso internacional amplio suelen derivar en vacíos de poder que llenan actores no estatales. Para Colombia, que lucha contra economías ilícitas transnacionales, la desestabilización de Medio Oriente tiene efectos colaterales: el narcotráfico y el lavado de activos prosperan en el caos y la falta de gobernanza global.
Es momento de activar la diplomacia económica regional. El eje Bogotá-Washington-Brasilia debe coordinar posiciones no solo en lo político, sino en lo comercial. Necesitamos garantías de suministro energético y mecanismos de compensación financiera ante choques externos. La Comunidad Andina y la Alianza del Pacífico deberían evaluar conjuntamente reservas estratégicas y rutas logísticas alternativas.
La soberanía energética como seguridad nacional
Esta crisis revalida una tesis que hemos defendido desde estas páginas: la transición energética y la diversificación de fuentes no son solo imperativos ambientales, sino de seguridad nacional. Depender de los caprichos geopolíticos del estrecho de Ormuz es un lujo que las economías andinas no pueden permitirse.
Mientras el mundo contiene la respiración ante cada nueva oleada de bombardeos, Colombia debe mirar hacia adentro con pragmatismo. Fortalecer nuestra capacidad de refinación, acelerar la integración eléctrica regional y mantener una política fiscal contracíclica son las únicas vacunas disponibles contra la fiebre geopolítica. La solidaridad con nuestros aliados es fundamental, pero la responsabilidad primaria de cualquier gobierno serio es proteger el poder adquisitivo de sus ciudadanos y la viabilidad de su tejido productivo. En tiempos de guerra lejana, la mejor trinchera es la estabilidad macroeconómica interna.