Hay una pregunta que el fútbol mundial se niega a responder con la seriedad que merece: ¿en qué momento la pasión deportiva dejó de ser un sentimiento civilizado para convertirse en una licencia para la barbarie? La confirmación de que la FIFA abrirá una investigación contra Argentina por los incidentes ocurridos al término de la final del Mundial 2026 no es solo un episodio disciplinario más. Es, o debería ser, una ocasión para reflexionar sobre lo que el deporte rey ha permitido que se pudra en su interior.
Los hechos, según la información disponible, son lo suficientemente graves como para que el máximo organismo del fútbol mundial haya decidido actuar. La derrota de la selección albiceleste en la final del torneo más importante del planeta derivó en incidentes que la propia FIFA calificó de lamentables, un eufemismo que en el lenguaje burocrático del organismo suele esconder situaciones de considerable gravedad. No disponemos aún del detalle completo de lo ocurrido, y sería irresponsable especular sobre hechos que la investigación deberá esclarecer. Pero el solo anuncio de la apertura del proceso ya dice algo importante: lo que sucedió en esa final no fue un simple exabrupto emocional.
El fútbol tiene una larga y vergonzosa historia de confundir la identidad colectiva con el derecho al desborde. Norbert Elias, el sociólogo alemán que estudió los procesos de civilización, observó que el deporte moderno nació precisamente como una forma de canalizar la violencia dentro de reglas compartidas. El estadio debía ser el espacio donde la agresividad humana encontraba una salida ritualizada, controlada, simbólica. Cuando ese pacto se rompe, cuando la derrota deportiva se convierte en pretexto para el caos, lo que está en juego no es solo el resultado de un partido sino la integridad misma del contrato social que hace posible el espectáculo.
Argentina no es, por supuesto, el único país donde la pasión futbolera ha cruzado la línea de lo tolerable. La historia de los mundiales está salpicada de episodios que avergüenzan a aficionados de todas las latitudes. Pero hay algo particularmente doloroso en que esto ocurra en el contexto de una final, el momento de máxima visibilidad del deporte, cuando el mundo entero está mirando. La selección argentina llegó a esa instancia como una de las grandes potencias del fútbol contemporáneo, con una generación de jugadores que había ilusionado a millones. Que el epílogo de esa jornada sea una investigación disciplinaria es una derrota que trasciende lo deportivo.
La FIFA, por su parte, tiene su propia cuenta pendiente con la credibilidad. Un organismo que ha estado en el centro de escándalos de corrupción que sacudieron al mundo del fútbol en la última década no puede permitirse el lujo de aplicar sus códigos disciplinarios con selectividad o tibieza. Si la investigación contra Argentina es seria, deberá conducir a sanciones proporcionales a la gravedad de los hechos, sin importar la jerarquía futbolística del país involucrado. Si, por el contrario, el proceso se diluye en comunicados y multas simbólicas, la lección será la peor posible: que en el fútbol, como en tantos otros ámbitos, las reglas son para quienes no tienen poder.
Los colombianos debemos mirar este episodio con la humildad de quien sabe que la barbarie futbolera no conoce pasaportes. Nuestro propio fútbol ha tenido sus momentos de oscuridad, y la tentación de señalar al vecino sin mirarnos al espejo es tan vieja como el deporte mismo. Lo que está en juego en la investigación de la FIFA no es solo el honor de Argentina sino la pregunta de si el fútbol mundial está dispuesto a defender las condiciones mínimas de civilización que hacen posible el juego.
Tocqueville escribió que las democracias mueren cuando los ciudadanos olvidan que la libertad exige autodominio. Algo similar podría decirse del fútbol: el espectáculo muere cuando los aficionados olvidan que la pasión exige contención. La pelota, al fin y al cabo, es solo una excusa. Lo que se juega en cada final es algo mucho más frágil y mucho más valioso.