¿Qué queda del favoritismo cuando el gran candidato pasa a duras penas ante un rival que, hace dos décadas, hubiera sido considerado de segundo orden? La clasificación de Brasil ante Japón en los dieciseisavos de final del Mundial de 2026 no es, en rigor, una noticia deportiva menor. Es, si se mira con la distancia que permite la crónica, un síntoma de una mutación más amplia en el orden del fútbol internacional.
Los comentaristas César Augusto Londoño y Steven Arce, en la edición del 29 de junio de El Pulso del Fútbol, coincidieron en algo raro para quienes habitualmente discrepan: la decepción. Arce señaló que Brasil, “gran favorita”, estuvo “a un minuto de irse al alargue” y que su fútbol lo dejó decepcionado. Londoño, por su parte, matizó la derrota moral con una lectura táctica: el equipo japonés ya había vencido a “varias potencias”, posee “fortaleza física”, y Brasil, tras anotar, “solo se dedicó a defender”. La síntesis es clara: no fue un accidente, sino una rendición voluntaria del protagonismo.
Aquí conviene recordar lo que escribió Tocqueville sobre las democracias: la igualdad de condiciones no garantiza la excelencia, pero sí pulveriza las certezas hereditarias. El fútbol contemporáneo, cada vez más, reproduce ese movimiento. La globalización del entrenamiento, la ciencia deportiva y la movilidad de jugadores han nivelado competencias que antes parecían incommensurables. Japón no es ya el equipo diligente y limitado de los noventa; es, mutatis mutandis, una potencia funcional que compite en igualdad de condiciones con quienes poseen diez veces su tradición y recursos. La sorpresa, entonces, no es que Brasil haya sufrido, sino que aún creamos que su mero nombre debe imponer respeto efectivo.
Pero hay una segunda lectura, más inquietante para quienes seguimos el balompié con alguna persistencia histórica. Brasil no perdió porque Japón fuera superior en talento individual; Brasil se encogió, se repliegueó, renunció a la jogo bonito que constituyó su patrimonio moral como nación futbolística. Londoño lo dijo sin dramatismo: “solo se dedicó a defender después del gol”. Esa frase, aparentemente técnica, encierra una tragedia cultural. Un equipo que históricamente entendió el partido como dominio territorial y expresión artística optó, en el momento de la verdad, por la lógica del resultado a cualquier precio.
No es esta una crítica romántica al pragmatismo. Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, nos advirtió sobre el peligro de las esencias históricas: ninguna nación está condenada a un destino eterno, ni siquiera el del buen fútbol. Pero sí cabe preguntarse qué tipo de juego queremos presenciar, y qué tipo de victoria merece celebrarse. El deporte, en su dimensión pública, es también res publica: un bien colectivo que se consume, se discute, se transmite de generación en generación. Cuando el espectáculo se reduce a una cuenta de goles defendida con uñas, el contrato social del fútbol —esa promesa tácita de emoción compartida— se resiente.
Los colombianos debemos observar este fenómeno con atención particular. Nuestra selección, a diferencia de Brasil, nunca cargó con el peso del favoritismo absoluto; nuestra historia futbolística es, en buena medida, una de resistencias y resurrecciones imprevistas. Pero precisamente por eso tenemos algo que perder si el fútbol mundial se uniformiza en la lógica del mínimo esfuerzo defensivo. La imprevisibilidad que hoy beneficia a los “menores” puede mañana asfixiar a quienes, como Colombia, dependemos de la inspiración individual y del riesgo colectivo.
La lección del Brasil-Japón no es, pues, que los gigantes caigan. Es que los gigantes, al renunciar a su estatura, dejan de serlo sin necesidad de derrota formal. La victoria brasileña, agónica y pírrica, abre una pregunta que trasciende el torneo: si el fútbol del futuro será, como parece, un juego de igualdades técnicas y renuncias tácticas, ¿en qué quedará la diferencia que justifica verlo?