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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Mercados · Análisis · 8 jun 2026

La fortaleza del peso depende del diferencial de tasas y no de fundamentos

El dólar cierra en $3.589, pero la estabilidad cambiaria se sostiene artificialmente por el carry trade mientras persisten riesgos fiscales y electorales.

La fortaleza del peso depende del diferencial de tasas y no de fundamentos — Mercados, ilustración editorial

El cierre de la jornada cambiaria del 8 de junio, con el dólar estadounidense cotizando en promedio a 3.589 pesos colombianos, refleja una calma que los mercados financieros agradecen pero que los analistas de riesgo político observamos con cautela. La reducción diaria del 0,12% y la volatilidad del 5,24%, muy por debajo del referente histórico del 13,14%, sugieren un periodo de estabilidad técnica. Sin embargo, confundir esta quietud con solidez estructural sería un error de diagnóstico costoso para la política económica nacional.

La apreciación interanual del peso, cercana al 8%, no responde a un aumento de la productividad industrial ni a una mejora sustancial en los términos de intercambio comercial. Se trata, en esencia, de un fenómeno monetario impulsado por el diferencial de tasas de interés y la debilidad coyuntural del dólar a nivel global. Para Colombia, cuya inserción en los mercados internacionales depende de la confianza institucional más que de la especulación financiera de corto plazo, esta distinción es vital.

La trampa del carry trade

La proyección del Grupo Cibest de Bancolombia, que estima un promedio anual de 3.878 pesos por dólar para 2026, se fundamenta en una lógica financiera clara: el diferencial entre la tasa de política del Banco de la República (9,25%) y la de la Reserva Federal de Estados Unidos (rango 3,50%-3,75%) incentiva el carry trade. Esta estrategia consiste en tomar prestado en una moneda de baja tasa (dólar) para invertir en activos de alta tasa (peso), generando flujos de capital que fortalecen artificialmente la divisa local.

Si bien el flujo sostenido de remesas aporta un colchón de divisas genuinas, la dependencia del carry trade convierte al tipo de cambio en un termómetro de la aversión al riesgo global y no de la salud económica doméstica. En un entorno atlantista y pro-mercado como el que defendemos, la estabilidad cambiaria debe ser consecuencia de la competitividad y la seguridad jurídica, no de un arbitraje de tasas que puede revertirse abruptamente si la Reserva Federal ajusta su postura o si el riesgo país de Colombia se repricingea al alza.

La apreciación del 14% observada en 2025, impulsada por la caída del índice DXY y la volatilidad comercial estadounidense, fue un viento de cola externo. Aprovechar esa coyuntura para consolidar fundamentos internos era la tarea pendiente. Hoy, con un dólar globalmente débil, el peso colombiano parece fuerte, pero es una fortaleza prestada que no resuelve nuestros desequilibrios estructurales.

Riesgos fiscales que el mercado no ignora

El informe de Bancolombia, citado por Valora Analitik, acierta al señalar que el panorama no está exento de amenazas. La incertidumbre fiscal, exacerbada tras el recorte en la calificación soberana por parte de agencias internacionales, y el proceso electoral en curso son variables que el mercado de derivados ya está comenzando a tasar. Un gobierno que instrumentaliza el Estado y deteriora la independencia de las instituciones económicas no puede esperar que la prima de riesgo se mantenga contenida indefinidamente solo porque el dólar esté barato en Wall Street.

La expectativa de ajustes al alza en las tasas locales, asociada a presiones salariales y gasto público, podría ampliar aún más el diferencial y atraer más capitales golondrina en el corto plazo. Pero también eleva el costo de financiamiento de la deuda pública y privada, desincentivando la inversión productiva. Es la paradoja de nuestra situación actual: tenemos una moneda nominalmente fuerte que encarece el crédito para la empresa privada mientras el Estado gasta sin contrapesos.

Para la región andina y para nuestros socios comerciales en Washington y Bruselas, la señal que envía Colombia es ambigua. Por un lado, la estabilidad cambiaria facilita el comercio y el pago de importaciones de capital. Por otro, la fragilidad subyacente advierte sobre posibles correcciones bruscas. En un hemisferio donde la disciplina fiscal vuelve a ser la norma tras años de populismo, Colombia no puede permitirse ser la excepción que valida la regla del deterioro.

La tarea del Banco de la República y del Ministerio de Hacienda no es defender un nivel específico del tipo de cambio, sino garantizar que la formación de precios refleje fundamentos reales. Si la fortaleza del peso depende exclusivamente de que la Reserva Federal mantenga sus tasas bajas y de que los inversionistas sigan dispuestos a ignorar el ruido político local, entonces no tenemos estabilidad, tenemos una tregua. Y las treguas, en los mercados emergentes, suelen ser efímeras.

Es momento de leer entre líneas la cotización de 3.589 pesos. Celebremos la baja volatilidad como un alivio operativo, pero no dejemos de monitorear los indicadores de riesgo institucional que, tarde o temprano, terminan por imponerse sobre los modelos de proyección cambiaria. La verdadera prueba para el peso colombiano no vendrá cuando el dólar baje, sino cuando suba y debamos demostrar que nuestra economía resiste sin muletas monetarias.

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Columnista de La Bitácora

Andrés Felipe Torres Quintana

42 años, Bucaramanga. Economista UIS con maestría en Relaciones Internacionales del Externado. 10 años en consultoría de riesgo político.

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