La inteligencia artificial es útil. También es peligrosa cuando se delega en ella la decisión final.
Federico Hederich, analista de La República, plantea un problema que atraviesa hoy a empresas y creadores: dónde trazar la línea entre automatización legítima y abdicación de responsabilidad. No se trata de elegir entre máquinas y escribas medievales, aclara. La falsa dicotomía es peligrosa.
El punto es otro. La IA funciona como pasante: genera opciones, acelera procesos, identifica patrones. Pero la firma final —el producto que lleva tu nombre— debe salir de alguien con criterio. Alguien que entienda el contexto, que reconozca una oportunidad donde el algoritmo ve solo probabilidad. Alguien dispuesto a dejar cicatrices visibles en lo que publica.
Eso incluye imperfecciones. Las marcas construidas exclusivamente sobre contenido liso, sin aristas, sin voz particular, se disuelven. La audiencia no confía en lo pulido. Confía en lo reconocible.
La tentación es obvia: un botón, un prompt, contenido infinito. Pero contenido infinito sin juicio es ruido. Y en redes, en medios, en cualquier espacio donde la atención es el recurso escaso, el ruido muere primero.
Para quién no siguió el hilo: hace meses que se multiplican casos de empresas que publican contenido generado por IA sin revisión. Desde emails corporativos con errores de lógica hasta perfiles en redes que hablan como robots. El daño a la marca es inmediato.