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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Análisis · Análisis · 9 jun 2026

La pelota en los pies de las Cafeteras

Colombia define el título de la Liga de Naciones frente a Paraguay con algo más que una copa en juego.

La pelota en los pies de las Cafeteras — Análisis, ilustración editorial

¿Qué significa que una selección femenina dispute una final continental con el peso de una clasificación mundial ya asegurada? La pregunta no es retórica. Cuando Colombia enfrente a Paraguay esta tarde en el Defensores del Chaco, el trofeo de la primera Liga de Naciones Femenina de Conmebol estará en disputa, sí, pero también algo más difícil de sostener: la consolidación de un proyecto deportivo que trascienda el ciclo de Nelson Abadía y las generaciones que hoy llevan la camiseta amarilla.

La Tricolor llega al partido con 17 puntos y la tranquilidad —relativa— de depender de sí misma. Victoria ante Paraguay, y el título es suyo sin mirar el resultado entre Argentina y Ecuador. Empate, y deberá esperar que la albiceleste no sume de a tres. Es, en términos futbolísticos, una posición de privilegio conquistada con anticipación: la clasificación al Mundial de 2027 ya está sellada desde la victoria 1-0 sobre Uruguay en el Pascual Guerrero, con gol de Gisela Robledo asistida por Leicy Santos. El VAR, eso sí, le negó en el segundo tiempo una diana a la misma Santos que habría ampliado la diferencia.

El dato del VAR merece una pausa. No por el incidente en sí, sino por lo que revela sobre el estándar al que se ha sometido este equipo. Hablamos de una selección que ya no celebra meramente competir: reclama, con legitimidad, decisiones arbitrales en instancias definitorias. Eso no ocurría hace dos décadas, cuando el fútbol femenino colombiano arrastraba precariedad institucional y visibilidad marginal. La queja técnica, incluso cuando se pierde, es privilegio de quienes juegan en condiciones de igualdad formal.

La ausencia de Brasil en este torneo —por su condición de anfitrión mundialista— alteró el mapa competitivo sudamericano. Algunos dirán que el título queda deslucido; otros, que abrió una ventana histórica para que Argentina, Paraguay y Colombia disputaran algo que las canarinhas monopolizaban. Ambas lecturas son parciales. Lo cierto es que el torneo otorgó dos cupos directos al Mundial y que Colombia, al asegurar el primero, demostró una regularidad que no siempre ha caracterizado a sus selecciones mayores. La pregunta es si esa regularidad es fruto de proceso acumulado o de coyuntura favorable.

Aquí conviene recordar una distinción que Tomás de Aquino aplicaba al estudio de las causas: el per se y el per accidens. El éxito per se proviene de la forma, de la estructura, de hábitos institucionalizados. El per accidens depende de circunstancias externas —la ausencia de Brasil, la fecha FIFA complicada para otras selecciones, la lesión de una rival clave— que no pueden replicarse. Distinguir uno de otro es tarea del análisis frío, no de la celebración calurosa. Y Colombia, como país, tiene una deuda histórica con el análisis frío del deporte femenino.

El caso de Linda Caicedo ilustra la tensión. Su proyección internacional —el Real Madrid, la convocatoria a selección desde los 14 años— es simultáneamente síntoma de talento individual excepcional y de una estructura que, finalmente, supo detectarlo. Pero Caicedo no debería ser la excepción que confirma la regla. El fútbol femenino colombiano necesita, para ser sostenible, una regla que produzca cincuenta Caicedos potenciales, de los cuales diez lleguen a primera selección y dos o tres al mercado europeo. Eso exige ligas locales profesionalizadas, escuelas de formación con inversión pública y privada, y cobertura mediática que no se limite a los torneos definitorios.

La transmisión del partido por Gol Caracol y RCN Fútbol, con sus plataformas digitales, es un avance relativo. Hace quince años, una final de selección femenina hubiera competido por un espacio testimonial en los noticieros deportivos. Hoy tiene canal propio y minuto a minuto. Pero la pregunta incómoda persiste: ¿habría la misma cobertura si Colombia no llegara líder, si no estuviera Caicedo, si el título no estuviera en juego? El test de una cultura deportiva no es cómo celebra las victorias, sino cómo acompaña los procesos intermedios.

Hay, asimismo, una dimensión que trasciende lo estrictamente futbolístico. El éxito de la selección femenina en un torneo Conmebol ocurre en un momento de deterioro institucional generalizado en el deporte colombiano. La Federación Colombiana de Fútbol arrastra cuestionamientos sobre transparencia, el fútbol masculino vive una de sus peores crisis competitivas en décadas, y el estado de las canteras locales es, para ser generosos, heterogéneo. En ese contexto, el logro de las Cafeteras funciona como contrapunto, pero también como reproche silencioso: si aquí se pudo, ¿por qué allá no?

No es que el fútbol femenino esté exento de problemas. Las jugadoras han denunciado, con frecuencia, condiciones de preparación inferiores, salarios irregulares y una estructura de competencia local que obliga a buscar el desarrollo en el exterior. Pero precisamente por eso, una eventual coronación en Asunción no debería leerse como cierre de ciclo sino como punto de inflexión. Los títulos, en sí mismos, no garantizan nada. Lo que garantizan es atención momentánea, y el uso de esa atención depende de la sabiduría institucional.

Paraguay, por su parte, llega al partido con la motivación del local y la presión de saberse matemáticamente fuera de la pelea por el primer lugar, pero con capacidad de arruinar la fiesta ajena. Es el tipo de escenario que el fútbol sudamericano ha convertido en clásico: el favorito que depende de sí mismo contra el incómodo que juega liberado de expectativa. La historia está llena de finales que el favorito perdió por jugar con el freno puesto.

Colombia, entonces, tiene esta tarde una cita con algo más que un trofeo. Tiene la oportunidad de demostrar que su liderazgo en la tabla no fue producto de un calendario benigno sino de superioridad real. Y los colombianos, desde nuestra condición de espectadores, tenemos la oportunidad —más rara de lo que debería— de ver a una selección nacional disputar una final continental con el deber cumplido de antemano y la ambición intacta. Esa combinación no siempre se da. Saber reconocerla es, quizás, el primer paso para exigir que se repita.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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