El mercado cambiario colombiano ha experimentado en lo que va de 2026 una corrección que, si bien celebra el consumidor urbano y el importador de bienes de capital, enciende las alarmas en los gremios productivos. Con una apreciación acumulada del 22,6% frente al dólar estadounidense, el peso colombiano se ha fortalecido a un ritmo que supera la inflación interna y la de nuestros socios comerciales. Esta dinámica, reportada recientemente por medios especializados y advertida por la Asociación Nacional de Instituciones Financieras (ANIF), no es un simple ajuste cíclico; representa un estrés test para la estructura exportadora no minera del país.
Para una economía que ha intentado, con resultados mixtos, diversificar su canasta exportadora hacia productos agrícolas de alto valor agregado, esta revaluación actúa como un impuesto silencioso. El café, las flores, el banano, la palma de aceite y el aguacate hass ven reducidos sus ingresos en pesos por cada contenedor despachado, justo cuando los costos de producción —fertilizantes, logística y mano de obra— permanecen rígidos al alza. La pregunta que debemos hacernos desde la política económica no es solo cómo frenar la apreciación, sino por qué nuestra oferta exportadora sigue siendo tan sensible a la volatilidad cambiaria.
El espejismo de la competitividad cambiaria
Desde una perspectiva atlantista y pro-mercado, es tentador culpar exclusivamente a la tasa de cambio por la pérdida de rentabilidad agrícola. Sin embargo, el diagnóstico requiere mayor precisión técnica. Según datos del Banco de la República y proyecciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la Tasa de Cambio Real (TCR) se ha mantenido en niveles que, históricamente, no deberían destruir la competitividad si la productividad fuera adecuada. El problema de fondo es que el agro colombiano ha dependido durante décadas de un subsidio implícito vía devaluación, en lugar de invertir en tecnología, infraestructura vial terciaria y eficiencia logística.
Cuando comparamos esta situación con Perú o Chile, observamos que sus sectores agroexportadores han logrado mantener márgenes incluso con monedas locales fuertes, gracias a economías de escala y tratados de libre comercio plenamente aprovechados. En Colombia, la revaluación actual desnuda la fragilidad de cadenas de valor que aún no han completado su transición hacia la sofisticación. El aguacate hass, por ejemplo, enfrenta no solo un dólar bajo, sino también barreras fitosanitarias y costos logísticos internos que pueden representar hasta el 30% del precio final, un lastre que ninguna tasa de cambio favorable puede compensar permanentemente.
Señales de precio y responsabilidad institucional
Es crucial reconocer que la fortaleza del peso en 2026 responde a fundamentos macroeconómicos que, en otros contextos, serían celebrados: una reducción del déficit fiscal, flujos de inversión extranjera directa y una política monetaria que ha logrado anclar expectativas. Intervenir artificialmente para debilitar la moneda sería un error de política pública que sacrificaría la estabilidad de precios por un alivio sectorial temporal. El Estado de derecho y la independencia del Banco de la República son activos más valiosos para la inversión a largo plazo que cualquier ventaja cambiaria efímera.
No obstante, la inacción no es una opción. La advertencia de ANIF debe leerse como un llamado a la acción en políticas microeconómicas y comerciales. En el eje Bogotá-Washington-Brasilia, Colombia debe acelerar la implementación efectiva de los acuerdos comerciales vigentes y negociar protocolos sanitarios que abran nuevos mercados, reduciendo la concentración de demanda. Internamente, la prioridad debe ser la infraestructura de conexión portuaria y la formalización laboral rural, factores que inciden más en el costo unitario que la cotización diaria del billete verde.
El gobierno nacional acierta al mantener la disciplina fiscal que sustenta la moneda, pero falla si cree que la estabilidad macroeconómica es suficiente para garantizar la prosperidad sectorial. La revaluación de 2026 es un síntoma, no la enfermedad. Si el agro exportador no utiliza este periodo de vacas flacas cambiarias para reestructurar sus costos y elevar su valor agregado, la próxima devaluación será solo un paliativo para una competitividad que se pierde en los campos, no en las pantallas de los operadores de divisas. La verdadera defensa del sector externo no se construye con dólares caros, sino con instituciones sólidas y productividad sistémica.