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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 18 jun 2026

La Selección viste de res pública

Cuando el Estado elige la artesanía sobre el logo corporativo, algo cambia en cómo vemos lo público.

La Selección viste de res pública — Deportes, ilustración editorial

¿Puede un traje de etiqueta convertirse en acto de ciudadanía?

La pregunta no es retórica. La Selección Colombia desfiló en el Mundial 2026 con vestuario confeccionado por artesanos del Putumayo, con chaquiras y telares que llevan décadas de memoria textil, y con un pin que reproduce la planta del maíz. No es la primera vez que una federación deportiva apela a lo nacional —los argentinos con el poncho, los mexicanos con el sarape—, pero sí es notable que aquí la elección haya recaído sobre una empresa colombiana de dimensión mediana y sobre técnicas que resisten la industrialización. La pregunta central, formulada con precisión, sería esta: ¿qué significa que el Estado, a través de su selección de fútbol, patrocine deliberadamente la artesanía sobre la marca global?

Hay quien verá en esto un gesto folclórico, la versión deportiva del sombrero vueltiao que se exhibe en cumbres internacionales. La tentación del folclorismo es real y debe ser vigilada. Pero hay una diferencia sustancial entre el mero exhibicionismo cultural y lo que aquí ocurrió: un contrato público que priorizó la proximidad geográfica, la sostenibilidad laboral y la transmisión de oficio. La empresa encargada no es un gigante del textil con sede en Singapur; es una firma nacional que trabajó con comunidades del sur del país. Eso, en términos de política económica, tiene un nombre: encadenamiento productivo local. En términos más antiguos, res publica, aquello que pertenece a todos y que todos debemos cultivar.

El pin del maíz merece detención aparte. No es el águila ni la bandera ni el escudo de la federación. Es una planta domesticada hace milenios en territorio colombiano, base de la alimentación prehispánica, símbolo de civilización agrícola en un país que todavía discute si es rural o urbano. Elegir el maíz sobre el emblema institucional es una declaración de principios: identifica al país no por sus instituciones sino por su cultura material, no por la abstracción política sino por la práctica cotidiana de sembrar y cosechar. Tocqueville observó que las democracias robustas se construyen desde los hábitos más que desde las constituciones. El hábito de vestir con lo propio, de reconocer en el telar una forma de saber técnico, es más educativo civílmente que cualquier lección de patriotismo escolar.

Debo reconocer la incertidumbre: ignoro los términos exactos del contrato, si fue licitado o asignado directamente, si los precios fueron razonables. La transparencia en estos acuerdos entre federaciones deportivas y proveedores privados es históricamente deficiente en Colombia. Documentar es mi antídoto contra el entusiasmo fácil, y documentar implica señalar que una buena noticia no cancela la obligación de fiscalizar. Que el gesto sea estéticamente digno no lo convierte automáticamente en éticamente irreprochable.

Aún así, hay algo que resiste la suspicacia. En una época donde los equipos nacionales son vallas publicitarias ambulantes —donde el deportista profesional es, ante todo, portador de marca—, la decisión de vestir con lo no estandarizado, con lo que no escala fácilmente, con lo que lleva el tiempo irregular de las manos humanas, es una pequeña rebeldía contra la lógica del mercado total. No es anticapitalismo ingenuo; es, más modestamente, la afirmación de que hay bienes que el mercado no calcula bien: la memoria técnica, la dignidad del oficio, la posibilidad de que un artesano del Putumayo vea su trabajo en la pelea mundialista.

La oposición, cuando sea su turno, debería cuidarse de ridiculizar esto. El gobierno actual acierta en muchas cosas por accidente y se equivoca en otras con deliberación; pero aquí, mutatis mutandis, hay un acierto que trasciende la coyuntura partidista. La derecha institucionalista, la que creemos en el Estado de derecho y en la economía de mercado, no tenemos por qué ser hostiles a que el Estado patrocine, ocasionalmente, lo que el mercado por sí solo no patrocinaría. Popper, que tanto nos enseñó sobre la sociedad abierta, también supo que ésta requiere instituciones que protejan las formas de vida que la competencia desprotegida destruye.

El cierre del Mundial dirá si la Selección merecía la indumentaria que vestía. Pero el gesto ya queda: una selección nacional que eligió, por una vez, no parecerse a cualquier otra. Y eso, en tiempos de uniformidad global, no es poca cosa.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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