Juan Daniel Oviedo cerró la primera vuelta electoral fuera de juego. Su fórmula con Paloma Valencia apenas alcanzó 6,92% de los votos —lejos de las expectativas que generaba tras colocar segundo en la Gran Consulta por Colombia— y quedó excluida de la segunda vuelta. Mientras Valencia se alineó con Abelardo de la Espriella, Oviedo rechazó esa opción y se mantuvo en tierra de nadie.
En ese vacío político intervino Mafe Carrascal, congresista del Pacto Histórico, con un mensaje directo en X: “¿Nos tomamos un café Juan Daniel Oviedo?”. Ni solemne ni oficial. Solo eso. En varios círculos cercanos al Congreso, la frase se lee como una señal de acercamiento para explorar alianzas en el mapa que se reordena hacia la segunda vuelta. Carrascal no explicó el propósito, pero el timing es revelador: cuando Oviedo está políticamente huérfano, alguien del sector progresista le tiende la mano.
El contexto importa. Oviedo había construido su campaña con un estilo poco convencional —el recordado “periodicazo” circuló en redes— que le permitió mantenerse visible en la conversación pública. Pero esa visibilidad no se tradujo en votos. El voto de castigo fue evidente: sus propios electores de la consulta no lo siguieron hacia la fórmula con Valencia. Esa ruptura lo dejó sin base electoral propia y sin respaldo institucional claro.
La invitación de Carrascal, entonces, apunta a un cálculo político más amplio. Oviedo tiene capital político residual —nombre reconocido, presencia digital, un electorado que aún lo sigue— pero necesita reubicarse. Para el Pacto Histórico, sumar su apoyo o su voz en la segunda vuelta podría importar si la contienda entre Espriella y Cepeda es cerrada. No es seguro que Oviedo acepte. Sus palabras tras la derrota fueron críticas con el rumbo que toma el país. Pero el café está en la mesa.
Lo interesante no es el café en sí. Es que muestra cómo los actores políticos relevantes permanecen en circulación incluso cuando pierden. Oviedo salió derrotado, pero no descartado.