¿Qué nos dice un martes de junio en que Argentina, Francia, Noruega y Senegal comparten cartelera sobre la naturaleza del poder en el fútbol contemporáneo? La pregunta no es retórica. Cuando Lionel Messi, Kylian Mbappé y Erling Haaland debutan el mismo día en una Copa del Mundo, lo que presenciamos no es mera coincidencia calendárica: es la síntesis de tres modelos distintos de construcción del talento, tres relaciones divergentes entre el individuo y la colectividad, tres respuestas a la antigua tensión entre el genio solitario y la máquina institucional.
Messi llega a Kansas City como campeón defensor, sí, pero sobre todo como el último gran exponente de una tradición que Tocqueville habría reconocido: el individuo que se eleva por encima de la estructura sin negarla. La selección argentina no es, en sentido estricto, una institución poderosa; su fortaleza deriva de una cultura futbolística que antepone la creatividad técnica a la planificación sistemática. Frente a Argelia, en el Arrowhead Stadium, Messi juega no solo un partido sino una apuesta histórica: demostrar que el talento barroco, el dribbling como forma de pensamiento, puede seguir siendo hegemónico en una era de datos y preparación física cuantificada.
Mbappé representa, en contraste, la síntesis francesa entre el individualismo meridional y la racionalidad estatal. La selección de Francia no es accidente geográfico sino producto deliberado de políticas públicas: los centros de formación de Clairefontaine, la planificación demográfica de las banlieues convertida en capital deportivo. Cuando Francia enfrenta a Senegal en el MetLife Stadium, el duelo adquiere dimensiones que trascienden lo deportivo. Es el encuentro entre la metrópoli y su periferia histórica, entre el modelo de asimilación republicana y las nuevas potencias africanas que reclaman autonomía competitiva. Sadio Mané no es solo adversario: es el espejo que interroga si el sistema francés sigue siendo exportable o si ya fue superado por las propias lógicas que ayudó a gestar.
Haaland, por su parte, encarna una tercera vía: el futbolista como producto de una nación pequeña que ha decidido especializarse. Noruega no aspira a la hegemonía cultural del fútbol; invierte en eficiencia, en identificar una ventaja comparativa y explotarla sin complejos. El duelo contra Irak en el Gillette Stadium ilustra esta lógica: una selección escandinava, históricamente periférica, que se enfrenta a una nación cuyo fútbol ha sido interrumpido por guerras, sanciones, desplazamientos. La pregunta que plantea este partido es si el talento individual puede compensar la ausencia de tradición institucional, o si, como sostendría Popper, solo las instituciones abiertas permiten el florecimiento sostenido del mérito.
El cuarto encuentro, Austria contra Jordania en el Levi’s Stadium, completa el cuadro con una paradoja: dos selecciones sin estrellas globales que, precisamente por ello, representan el fútbol como res publica, como asunto colectivo donde la suma de partes modestas puede superar al individuo deslumbrante. Es el recordatorio de que el Mundial no es solo espectáculo de mercado sino también ritual cívico, ocasión en que naciones sin tradición victoriosa participan del reconocimiento mutuo que Arendt identificaba como condición de la política.
La programación horaria —2:00, 5:00, 8:00 y 11:00 de la noche, hora Colombia— revela otra verdad: el fútbol global no tiene centro, o mejor dicho, tiene múltiples centros que se turnan según el cálculo comercial. Que los colombianos deban trasnochar para ver a Austria y Jordania no es capricho: es la materialización de que el torneo pertenece a quien paga los derechos de transmisión, no a quienes habitan los estadios. DirecTV, Disney+, RCN, Caracol TV, Win Sports: la multiplicidad de plataformas no garantiza el acceso democrático, sino que segmenta al público según capacidad de pago.
Los colombianos debemos preguntarnos, entonces, qué clase de espectadores somos en este circuito. ¿Consumidores pasivos de un producto importado, o ciudadanos que exigen que el fútbol nacional —nuestra selección debutará próximamente— sea tratado con la seriedad institucional que merece? La jornada del 16 de junio ofrece modelos para imitar y para evitar. La Argentina de Messi, sin planificación estatal, depende de la irrepetibilidad del genio. La Francia de Mbappé, con exceso de estructura, arriesga la homogeneización. La Noruega de Haaland, con pragmatismo calculado, apuesta por lo measurable contra lo imponderable.
Ninguna fórmula es exportable mutatis mutandis. Colombia no es Argentina, Francia ni Noruega. Pero sí podemos aprender que el fútbol de élite no es cuestión de suerte ni de pura pasión: es política pública deliberada, inversión sostenida, instituciones que sobrevivan a los gobiernos. Cuando apaguemos los televisores esta madrugada, la pregunta que debería quedarnos no es quién ganó, sino qué estamos dispuestos a construir para que, en 2030 o 2034, el fútbol colombiano no dependa de la improvisación heroica sino de la constancia institucional.