En mayo, el mercado de motocicletas colombiano registró 110.599 unidades vendidas, con un crecimiento interanual significativo según reportó la Cámara de la Industria de las Motocicletas. Ese volumen invita a una lectura más profunda que la celebración de cifras: no es termómetro de recuperación económica general, sino reflejo de cómo la economía informal colombiana sigue buscando activos de generación de ingresos cuando otros canales de consumo permanecen débiles.
Bajaj, Suzuki y Honda concentraron las mayores cuotas de mercado. Lo relevante no es quién vende, sino por qué sigue vendiendo en un contexto donde las tasas de interés se mantienen elevadas y la presión sobre el ingreso disponible de las familias persiste.
La moto como herramienta de trabajo
En Colombia, la motocicleta cumple una función estructural distinta a la de economías desarrolladas. Para repartidores, mensajeros, comerciantes ambulantes y trabajadores por cuenta propia, dos ruedas no son opción de movilidad sino instrumento laboral. Una inversión de tres a cinco millones de pesos genera retorno rápido en contextos donde el empleo formal es escaso.
La informalidad laboral en Colombia se mantiene como fenómeno persistente. Esa base de trabajadores independientes —muchos sin acceso a crédito hipotecario o líneas de consumo convencionales— sigue siendo motor de demanda de dos ruedas incluso en ciclos económicos débiles. El crecimiento de mayo refleja tanto recuperación estacional como un patrón que se repite: cuando hay incertidumbre sobre empleo formal, los trabajadores por cuenta propia apuestan a activos que generen flujo de caja inmediato. No es optimismo macroeconómico; es necesidad de supervivencia.
Financiamiento accesible en contexto de tasas altas
El sector financiero colombiano mantiene canales de crédito de consumo para motocicletas a través de concesionarios y financieras especializadas. Ese acceso relativo contrasta con mercados andinos como Ecuador y Perú, donde las restricciones crediticias son mayores. No es que el crédito sea barato; es que sigue siendo más accesible que en la región para segmentos que no califican para financiamiento hipotecario.
Esta disponibilidad de crédito tiene implicaciones fiscales: más motos en circulación generan recaudación por tenencia vehicular, presión sobre infraestructura vial y demanda de seguros obligatorios. Pero también expone una brecha de política pública. Colombia registra tasas de mortalidad en accidentes de motocicleta entre las más altas de América Latina, sin que la inversión en seguridad vial para conductores de dos ruedas sea proporcional al crecimiento del parque.
Lo que el dato no dice
Un crecimiento en ventas de motos no es indicador de aceleración económica general. Si el consumo de bienes duraderos de mayor valor —autos, electrodomésticos— estuviera robusto, veríamos repuntes similares en esos segmentos. No es el caso. Lo que el dato sí señala es que la demanda laboral informal permanece, aunque precarizada, y que trabajadores por cuenta propia siguen buscando herramientas para generar ingresos en un mercado laboral fragmentado.
La cifra también refleja que el financiamiento de consumo, pese a tasas elevadas, sigue siendo accesible para quienes no califican para crédito formal. Eso es síntoma de una economía donde la informalidad no es coyuntural sino estructural.
Riesgos en el horizonte
Si el Banco de la República mantiene tasas de interés elevadas en los próximos trimestres, el crecimiento de ventas de motos podría desacelerarse. El financiamiento de dos ruedas es sensible al costo del crédito. Además, cambios en flujos de remesas internacionales podrían frenar compras en departamentos con alta migración como Nariño, Cauca y Córdoba, donde la moto es activo crítico de movilidad laboral.
La cifra de mayo es positiva en contexto de economía lenta, pero no debe interpretarse como recuperación generalizada. Es la economía informal diciendo: “Sigo aquí, necesito herramientas para trabajar”. Eso merece atención de política pública más allá de la celebración de cifras de ventas.