La celebración del Día del Economista en Colombia llega este año con un balance agridulce que merece un análisis más allá de la efeméride. Según datos recientes reportados por La República, el país cuenta con 134.000 profesionales de la economía, de los cuales apenas 80.000 se encuentran activos en el mercado laboral. Esta brecha de 54.000 graduados fuera de la fuerza laboral formal no es solo un problema de oferta educativa; es un síntoma agudo de la incapacidad de nuestra estructura productiva para generar empleo calificado y de la desconexión entre la formación académica y las necesidades reales del sector privado y público.
Una tasa de desempleo que supera el promedio nacional
De los 80.000 economistas que sí participan en el mercado, cerca de 7.000 se encuentran desocupados, lo que arroja una tasa de desempleo específica del 8%. Si bien esta cifra podría parecer cercana al promedio nacional en ciertos periodos recientes, resulta alarmante para una profesión que, por definición, debería ser transversal y esencial en la planificación empresarial y estatal. En un contexto regional donde países como Chile o Perú integran a sus economistas en roles de análisis de datos, gestión de riesgos y consultoría estratégica con mayor fluidez, Colombia sigue anclada en una demanda tradicional que se contrae cuando la inversión privada se frena.
El problema se agrava al observar la calidad del empleo. La tasa de informalidad entre economistas activos alcanza el 38%. Esto significa que casi cuatro de cada diez profesionales de la economía en Colombia ejercen sin seguridad social, sin prestaciones y, probablemente, en actividades que no requieren su nivel de formación. Esta precarización tiene dos lecturas inmediatas. La primera es la saturación de egresados en un mercado que no ha diversificado sus servicios profesionales. La segunda, y más preocupante para un medio que defiende el libre mercado, es que la regulación laboral y la carga impositiva siguen incentivando la contratación por fuera de la formalidad, incluso para perfiles técnicos de alto valor agregado.
La desconexión entre academia y productividad
Desde Bucaramanga y con la mirada puesta en las dinámicas regionales, es evidente que la proliferación de programas de economía no ha venido acompañada de una modernización equivalente del aparato productivo. Mientras las universidades siguen graduando profesionales con enfoques teóricos válidos pero a veces distantes de la práctica empresarial contemporánea, el sector real enfrenta barreras que desincentivan la contratación formal. La incertidumbre jurídica, los cambios constantes en las reglas de juego tributarias y la debilidad institucional han llevado a muchas empresas a reducir sus departamentos de estudios económicos o a tercerizarlos en condiciones precarias.
Además, existe un sesgo en la formación y en la aspiración profesional. Una proporción significativa de los 134.000 graduados aspira a cargos en el sector público o en organismos multilaterales, cuyos cupos son limitados y cíclicos. Cuando la administración pública se contrae o cuando los gobiernos priorizan lealtades políticas sobre meritocracia técnica —una tendencia que hemos criticado en esta columna por su efecto corrosivo en la institucionalidad—, el excedente de profesionales no encuentra válvula de escape en un sector privado que también está a la defensiva.
Señales para la política pública y el gremio
La solución no pasa por restringir la oferta educativa, una medida que iría en contra de la libertad de enseñanza y del acceso al conocimiento, sino por mejorar la demanda. Colombia necesita reactivar la inversión privada y la integración comercial para que las empresas requieran más analistas de mercados, gestores de comercio exterior y evaluadores de proyectos. El libre comercio y la apertura económica son, en última instancia, los mayores generadores de empleo calificado para esta profesión, pues obligan a las firmas a competir con estándares internacionales que exigen análisis riguroso y planificación estratégica.
Asimismo, los gremios de economistas y las facultades deben asumir la responsabilidad de actualizar currículos y promover habilidades digitales, dominio de idiomas y comprensión de los mercados globales. En un mundo donde la inteligencia artificial transforma el análisis de datos, el economista colombiano que no se adapte quedará relegado a la informalidad o al desempleo, independientemente de su título.
Los 134.000 economistas son un activo potencial para el desarrollo nacional, pero hoy son también un espejo de nuestras fallas estructurales. Mientras no resolvamos la informalidad y la baja productividad, seguiremos celebrando el Día del Economista con cifras que muestran más frustración que progreso. La profesión merece un mercado a la altura de su formación, y el país merece profesionales que puedan ejercer en plenitud para fortalecer nuestras instituciones y nuestra economía.