Perú volvió a las urnas este domingo para elegir a su noveno presidente en una década. Según reportó BBC Mundo, más de 27 millones de peruanos estaban habilitados para votar y, a medida que se contabilizan las zonas rurales, la diferencia entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez se reduce al mínimo. El dato no es una curiosidad estadística: es un diagnóstico.
En diez años, nueve mandatarios. La rotación no obedece a golpes de Estado clásicos ni a interrupciones militares. Responde a un patrón documentado: parlamentos que vacan presidentes por motivos políticos, fiscales que abren carpetas contra expresidentes, candidatos sin bancada propia que ganan en segunda vuelta y terminan arrinconados por un Congreso que no eligieron. La fotografía de una elección que se define en el conteo rural, como describió BBC Mundo, es la de un sistema que no genera mayorías estables.
La pregunta es si Colombia observa esa película con la distancia que corresponde o con la comodidad que incomoda. La fatiga institucional que recorre Lima no es un rasgo exclusivamente peruano. Un Congreso que en los últimos años ha tramitado reformas estructurales con procedimientos de urgencia, una Corte Constitucional que ha debido corregir tramos enteros de normas recién expedidas y una Fiscalía cuya agenda suele discutirse más en clave política que procesal son piezas del mismo rompecabezas. Los peruanos cambiaron de presidente nueve veces; los colombianos llevamos años sin discutir con seriedad la ingeniería institucional que nos sostiene.
El conteo rural importa por una razón que el análisis urbano suele pasar por alto. Las zonas rurales peruanas votan distinto, más lento, con organizaciones comunitarias que transmiten la boleta en condiciones logísticas complejas. Cuando una elección se define allí, el país que amanece al día siguiente no es el que proyectaban las encuestas de las grandes ciudades. Cualquier democracia con población dispersa debería estudiar esa mecánica antes que celebrarla o deplorarla desde el escritorio.
El problema de fondo no son los candidatos. Es que el sistema de partidos peruano dejó de procesar demandas y las canaliza hacia outsiders. Cuando un electorado pierde confianza en los partidos, transfiere su voto hacia figuras individuales que prometen lo que la coalición anterior no pudo cumplir. Luego el Congreso bloquea, la calle presiona, la Fiscalía actúa y el ciclo se reinicia. Es la mecánica de la inestabilidad, descrita por politólogos como Steven Levitsky en trabajos sobre la región.
Colombia no es Perú. Hay una diferencia que conviene no borrar: continuidad electoral desde 2002, dos mandatos completos de una misma fuerza política en el pasado reciente y un sistema de partidos más estable, aunque más fragmentado. Pero la advertencia llega a tiempo. ¿Qué ocurre cuando un gobierno pierde el respaldo de los poderes autónomos sin haber perdido el control del Congreso? El menú de salidas posibles incluye el referendo, la Asamblea Constituyente y la reforma judicial por decreto. Cada uno de esos mecanismos tiene su versión local y su成本 institucional.
La prensa colombiana debería cubrir el conteo peruano con el mismo rigor con que cubre la elección de medio término estadounidense. No por simetría periodística, sino porque la región se mueve en bloque. Una victoria ajustada de Fuerza Popular o de un candidato por fuera del establishment limeño reconfigura la presión migratoria, la frontera sur, los flujos comerciales informales y, sobre todo, el discurso de quienes en Colombia proponen “refundar” las instituciones sin pasar por el procedimiento que esas mismas instituciones prevén.
Perú amanece este lunes sin presidente confirmado, según el reporte de BBC Mundo al cierre de esta columna. La decisión corresponde a los peruanos, que votan. A los colombianos nos corresponde mirar el espejo sin apartar la vista, y preguntarnos cuántas de las piezas del rompecabezas limeño ya están sobre la mesa bogotana.