¿De quién es el fútbol que vemos hoy?
La pregunta suena ingenua, pero el partido entre Países Bajos y Japón —ese 2-1 que se escribe mientras estos renglones se teclean— la hace pertinente. Dos selecciones que nunca se han mirado en el espejo de la historia futbolística, salvo en contados amistosos, ahora disputan en el mismo grupo F un liderato que podría definirse contra Suecia y Túnez. La geografía del balón ya no respeta los meridianos que dibujaron los tratados de Westfalia.
Los neerlandeses llegan con la herencia del “fútbol total”, esa invención de Michels y Cruyff que Popper habría reconocido como sociedad abierta aplicada a un terreno de juego: posiciones intercambiables, jerarquías horizontales, la inteligencia distribuida entre once actores. Japón, por su parte, representa algo que Tocqueville no previó pero que habría anotado con interés: una democracia consolidada que exporta disciplina organizacional al deporte más caótico del planeta. El resultado no es imitación servil de modelos europeos, sino una síntesis que los japoneses llaman con modestia “aprendizaje continuo” y que en la práctica se traduce en sistemas de juveniles donde la técnica individual se somete a un colectivo casi industrial.
Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, distinguía entre el miedo que paraliza y el terror que organiza. El fútbol de élite conoce ambos. El miedo es el del jugador que recibe el balón en los últimos minutos con el marcador 2-1; el terror organizado es el pressing sistemático que Japón aprendió de los equipos alemanes y que ahora ejecuta con precisión mecánica. Países Bajos, heredero de una tradición que privilegia la libertad creativa, se ve obligado a responder con una versión domesticada de su propio dogma. La tensión entre ambos estilos no es meramente táctica: es una disputa sobre qué versión de la modernidad prevalece en el terreno de juego.
La Bitácora no suele ocuparse de deportes, y hay razón para ello. El periodismo deportivo colombiano ha caído con frecuencia en la lógica del panfleto partidista, donde la selección nacional es la res publica y todo lo demás es decorado. Pero el Mundial de 2026 obliga a una excepción. Cuando un equipo asiático compite en condiciones de igualdad con una potencia europea tradicional, cuando el grupo F mezcla a Países Bajos, Japón, Suecia y Túnez sin que nadie encuentre extraño el sorteo, estamos presenciando algo más que un torneo: estamos viendo cómo una institución global —el fútbol reglado por la FIFA— funciona como arena de competencia donde las desigualdades económicas no se anulan, pero sí se atenúan mediante reglas comunes.
No idealicemos. La corrupción de la FIFA, el tráfico de jugadores menores, la concentración de derechos televisivos en pocas manos: todo esto existe. Pero el partido que se juega ahora mismo entre europeos y asiáticos tiene una virtud que la política internacional contemporánea ha perdido: un árbitro, un reglamento, una pelota idéntica para ambos. Mutatis mutandis, es lo más cercano a un estado de derecho que permite la competencia entre desiguales.
El 2-1 parcial no define nada todavía. El fútbol, como recordaba alguna vez Vargas Llosa, es una forma de democracia donde once contra once se juega con un balón que, en teoría, no miente. La teoría, claro, admite réplicas. Pero en un año donde las alianzas geopolíticas se reconfiguran con rapidez vertiginosa, donde los autoritarismos encuentran en el deporte una pantalla para su propaganda, el simple hecho de que Países Bajos y Japón compitan bajo las mismas reglas sin que nadie pregunte quién manda en el grupo F —sino quién marca más goles— tiene un valor que no debemos subestimar.
El balón sigue rodando. La pregunta inicial permanece sin respuesta definitiva, y tal vez eso sea lo correcto. El fútbol, al final, no pertenece a nadie. O pertenece a quienes juegan mejor en noventa minutos reglamentarios. Esa incertidumbre, lejos de ser un defecto, es su forma más honesta de justicia.