La candidata presidencial Paloma Valencia y su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, han colocado la paridad de género como eje central de su propuesta electoral. En entrevistas recientes, ambos han argumentado que la presencia de una mujer en la presidencia constituiría un indicador clave de robustez democrática y superación de barreras culturales.
Oviedo, exdirector del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), señaló durante una entrevista en Caracol Radio que cuando se consulta a la ciudadanía sobre atributos de una democracia funcional, después del derecho a elegir y ser elegido aparece la participación equitativa de hombres y mujeres en corporaciones públicas. Esta observación se apoya en datos de percepción ciudadana, aunque el economista no especificó la fuente ni la metodología de tales mediciones.
El diagnóstico que presenta Oviedo es que Colombia, tras 35 años de vigencia de la Constitución Política de 1991, no ha alcanzado la paridad en espacios de poder. Esta aseveración coincide con reportes de organismos como la Misión de Observación Electoral (MOE) y análisis académicos sobre representación femenina en cargos decisorios. Sin embargo, la magnitud exacta del rezago varía según el sector: mientras que en el Congreso la representación femenina ha crecido, en niveles ejecutivos locales y nacional persisten brechas significativas.
La propuesta tiene un componente simbólico explícito. Oviedo afirmó que una presidenta sería determinante para que la ciudadanía se sienta satisfecha del funcionamiento democrático. Valencia, por su parte, enfatizó que tanto ella como Oviedo están preparados para asumir los cargos máximos del Ejecutivo, respondiendo así a interrogantes sobre si el país está listo para una mujer presidenta y un vicepresidente abiertamente gay.
Aquí emerge una tensión analítica. Oviedo reconoció que el país “jamás va a estar preparado” en términos culturales, aludiendo a prejuicios estructurales que trascienden lo electoral. Valencia replicó que la preparación que importa es la de los candidatos, no la de la sociedad. Esta distinción es relevante: sugiere que la propuesta no espera consenso previo sino que apunta a generar cambio mediante la acción de gobierno.
El discurso de ambos candidatos identifica obstáculos como “prejuicio machista y mojigato”, expresión que Oviedo utilizó para caracterizar estructuras tradicionales que condicionan la participación política femenina. Aunque el lenguaje es directo, no aporta datos sobre qué políticas específicas desmantelarían esas barreras más allá de la ocupación del cargo presidencial por una mujer.
En términos de agenda programática, Valencia y Oviedo han enfatizado la búsqueda de consensos y la superación de polarización. Ambos han reconocido diferencias ideológicas propias, pero argumentan que existen acuerdos posibles sobre cuestiones de futuro. Valencia señaló que “se han dedicado a dividirnos y tenemos muchas heridas”, mientras que Oviedo destacó la importancia de “sumar entre distintos”.
Desde la perspectiva institucional, la propuesta se inscribe en un contexto donde la representación de género en altos cargos del Estado sigue siendo desigual. La Corte Constitucional ha emitido fallos sobre acciones afirmativas y paridad, aunque la implementación en la práctica sigue siendo incompleta. Un análisis de Secop II revelaría si administraciones anteriores han priorizado contratación y asignación de recursos a entidades lideradas por mujeres, pero eso no es materia de esta campaña electoral.
Lo que está en juego es si la ciudadanía votará priorizando la equidad de género como factor de legitimidad democrática o si otros ejes —seguridad, economía, pensiones— prevalecerán en la decisión electoral. Las encuestas de intención de voto no siempre desagregan este tipo de variable con claridad.
La fórmula Valencia-Oviedo apuesta a que la llegada de una mujer a la presidencia funcionará como catalizador simbólico de cambio institucional. Es una lectura que tiene respaldo en teoría política comparada, pero también requiere que el electorado colombiano traduzca esa percepción en voto. Las elecciones del 31 de mayo dirán si ese cálculo fue acertado.