¿Qué queda del deporte cuando una máquina anticipa su desenlace antes del pitazo inicial? La pregunta no es retórica. Este martes, cuando España y Portugal disputen un lugar en la semifinal de la Eurocopa, los algoritmos ya han emitido su veredicto: según los modelos de inteligencia artificial consultados por La República, la victoria portuguesa aparece como resultado más probable, con Cristiano Ronaldo como figura proyectada por encima de Lamine Yamal, el prodigio español de diecisiete años.
El dato, en sí mismo, carece de trascendencia. Los pronósticos computacionales abundan desde que las casas de apuestas digitalizaron sus operaciones. Lo interesante radica en lo que este ejercicio revela sobre nuestra relación con el riesgo, la narrativa y la temporalidad del deporte moderno. Tocqueville observó que las democracías tienden a sustituir la gloria individual por la eficiencia colectiva; algo análogo ocurre cuando reducimos una rivalidad ibérica de siglos a una matriz de variables ponderadas. El fútbol, que nació como res publica de las calles, ahora se somete a la lógica predictiva de las plataformas.
No se trata de romanticismo anacrónico. Los datos tienen mérito: el rendimiento físico de Ronaldo a los cuarenta y un años desafía las curvas de declive históricas, y Yamal, mutatis mutandis, exhibe métricas de aceleración y toma de decisiones que solo Lionel Messi registró a edad similar. La IA procesa esto con rigor. Pero el rigor matemático no captura lo que Karl Popper llamaría la “situación lógica” del encuentro: la presión de una historia reciente —Portugal campeón en 2016, España hegemónica entre 2008 y 2012—, la tensión generacional entre un ídolo que se niega a ceder el escenario y un adolescente que aún no conoce la derrota en torneos mayores.
Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, advirtió contra la tentación de reducir la acción humana a procesos predecibles. El deporte de élite, en su versión contemporánea, flirtea con esa reducción. Los clubes emplean departamentos de análisis que monetizan cada variable; las selecciones contratan empresas de big data para optimizar alineaciones. El resultado es un fútbol más eficiente, quizás, pero también más previsible en su estructura táctica. La ironía consiste en que, precisamente cuando más controlamos las variables, los momentos decisivos —el error del arquero, la genialidad imprevista, la lesión en el calentamiento— mantienen su capacidad de alterar el curso calculado.
La columna de La República documenta, sin cuestionar del todo, esta colonización algorítmica del discurso deportivo. Los colombianos debemos preguntarnos si esta tendencia no reproduce, en el terreno del entretenimiento, vicios que ya conocemos en la política: la sustitución del juicio cualificado por la apelación a autoridades técnicas opacas, la confusión entre frecuencia estadística y verdad normativa. Un modelo predictivo acertado el setenta por ciento de las veces sigue fallando tres de cada diez; en una eliminatoria directa, esa incertidumbre es el dato relevante, no el margen mayoritario.
Hay, asimismo, una dimensión ética que merece atención. Cuando los medios difunden predicciones de IA sin contextualizar sus limitaciones —los sesgos en los datos de entrenamiento, la imposibilidad de cuantificar el estado anímico, la no linealidad de los deportes de equipo— contribuyen a una epistemología del espectáculo donde la especulación reemplaza al análisis. No es casual que esta práctica prospere en un momento de vacío narrativo: las redes sociales demandan contenido continuo, y el pronóstico algorítmico ofrece apariencia de novedad sin exigencia de reflexión.
El mérito puntual de la cobertura reside en haber identificado, aunque sin desarrollar, el contraste generacional como eje del encuentro. Ronaldo representa la persistencia de una ética del trabajo que el neoliberalismo deportivo celebra; Yamal encarna, por el contrario, la naturalización del talento precoz en un sistema de canteras globalizado. Entre ambos no solo se juega un partido: se disputa una concepción del mérito, del tiempo biográfico, de la relación entre individuo e institución. La IA, incapaz de ponderar estas categorías, pronostica resultados sin comprender significados.
El martes por la noche, cuando el balón ruede en el estadio alemán, los algoritmos habrán cumplido su función publicitaria. Pero el fútbol, ese espacio residual donde la contingencia resiste la planificación, seguirá siendo, para bien o para mal, territorio de lo impredecible. Y en esa resistencia, quizás, reside su persistencia como forma de cultura compartida.