¿Cuánta certeza nos permite exigir a una máquina que calcula el porvenir de once jugadores sobre césped húmedo? La pregunta no es retórica. Cuando leemos que un modelo de inteligencia artificial asigna a Marruecos un 45% de probabilidades de vencer a Canadá y avanzar a cuartos de final, estamos ante una de las tensiones más antiguas de la modernidad: la pretensión de someter el azar al cálculo.
La tradición liberal clásica, desde Tocqueville en adelante, ha sido cautelosa con quienes prometen certidumbres donde solo cabe la prudencia. El modelo consultado por La República proyecta, es cierto, un 2-1 como resultado más probable con un 15% de ocurrencia. Pero aquí reside el meollo: quince de cada cien no es certeza, sino una ligera inclinación estadística. Confundir ambas cosas es el mismo error que comete el político que toma una encuesta por un mandato, o el economista que transforma una proyección en profecía auto cumplida.
El fútbol, en su estructura, posee una cualidad que Popper habría reconocido como propia de las ciencias sociales: la imposibilidad de predicción histórica precisa. No hay laboratorio cerrado. La lesión de un delantero en el minimo doce, la arbitrariedad de un penal discutible, la lluvia torrencial que convierte el campo en una piscina, son variables que el modelo no puede alimentar en tiempo real. Lo que la IA mide son correlaciones pasadas, no causas futuras. Es útil, sin duda, para los analistas tácticos y para las casas de apuestas; pero para el espectador ciudadano, constituye una tentación intelectual que debemos resistir.
Marruecos llega a este cruce de caminos con una carga simbólica que trasciende lo deportivo. Su clasificación a octavos en el mundial anterior ya había roto patrones estadísticos. El equipo africano, entrenado por un francés de origen argelino, derrotó a selecciones con presupuestos superiores y tradiciones más consolidadas. Aquel torneo demostró que en el fútbol, como en la política, los ciclos largos de dominio pueden interrumpirse por conjunciones imprevistas de talento individual y cohesión colectiva. El modelo de IA no predice ese factor humano que los romanos llamaban virtus —no la virtud moral, sino la excelencia activa en circunstancias concretas.
Canadá, por su parte, representa otra anomalía: una selección de país rico en recursos pero pobre en tradición futbolística, que ha invertido sistemáticamente en su desarrollo. Su presencia en estas instancias es fruto de políticas deportivas de Estado deliberadas, no de la mera eclosión del talento. El contraste metodológico entre ambos equipos —uno africano con jugadores dispersos en ligas europeas, otro norteamericano con una estructura federativa en construcción— ilustra algo que el porcentaje del modelo no captura: que las formas de organización social importan tanto como las individualidades.
Los colombianos debemos observar este partido con una mezcla de interés y escepticismo. Nuestra propia historia futbolística está sembrada de predicciones fallidas: derrotas previstas que se convirtieron en triunfos memorables, y viceversa. El 5-0 a Argentina en Buenos Aires de 1993 no aparecía en ningún modelo. La eliminación de Senegal en 2002, cuando estábamos entre los mejores del ranking FIFA, tampoco fue anticipada por los algoritmos de entonces. La lección es clara: el deporte, en su dimensión más elevada, es una forma de drama humano que conserva su opacidad frente a la técnica.
Esto no significa que debamos despreciar los modelos predictivos. Son herramientas legítimas de análisis, especialmente para los entrenadores que deben decidir alineaciones y estrategias. Pero el ciudadano común, el espectador que paga su entrada o su suscripción, tiene derecho a recordar que el 45% de Marruecos implica también un 55% de no-ocurrencia. La estadística, bien leída, es un llamado a la modestia epistémica, no a la fe ciega.
Cuando el árbitro pite el inicio del partido, las probabilidades se condensarán en una actualidad irreversible. Ese es el verdadero encanto del fútbol, y quizás su función cívica más subestimada: enseñarnos que, en última instancia, los humanos decidimos en condiciones de incertidumbre, y que de esas decisiones nacen las narrativas que después llamamos historia. El algoritmo calcula; los jugadores juegan; nosotros, desde las gradas o la pantalla, seguimos esperando que el balón entre, sabiendo que ninguna máquina puede quitearnos esa esperanza.