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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 9 jun 2026

¿Qué enseña el fútbol femenino sobre la paciencia institucional?

La selección femenina disputa el título de la Liga de Naciones con methodos que el Estado debería imitar.

¿Qué enseña el fútbol femenino sobre la paciencia institucional? — Deportes, ilustración editorial

¿Puede una selección deportiva enseñarle algo a una república sobre la construcción de lo público? La pregunta no es retórica. Esta noche, en el Defensores del Chaco de Asunción, Colombia juega contra Paraguay por el título de la primera Liga de Naciones Femenina de la Conmebol. Lidera la tabla con diecisiete puntos, producto de cinco victorias y dos empates en siete partidos. Depende de sí misma. Y sin embargo, lo verdaderamente notable no es la posibilidad del trofeo, sino el método que hizo posible llegar hasta aquí: una inversión sostenida, una planificación que trasciende ciclos cortos, una apuesta por el talento juvenil que ya rinde dividendos en el presente.

Hace cuatro años, la selección femenina no clasificó al Mundial de Francia 2019. La ausencia fue dolorosa pero no definitiva. Entre 2019 y 2023, la Federación Colombiana de Fútbol —con todos sus defectos estructurales habituales— mantuvo un núcleo técnico, identificó talentos en edades tempranas y les dio continuidad. El resultado llegó en el Mundial de Australia y Nueva Zelanda: victoria ante Alemania, clasificación a octavos por primera vez en la historia, un gol de Linda Caicedo elegido como el mejor del torneo. La FIFA misma, en un texto del cuatro de junio de 2026, reconoció que la “Tricolor” había “movido los cimientos de la competición”. No es lenguaje diplomático vacío: es constatación de un hecho.

El contraste con otras políticas públicas colombianas resulta incómodo. En educación, en infraestructura, en justicia, solemos operar con horizontes electorales de cuatro años, cancelando lo que empezó el anterior, reinventando ruedas que ya estaban en movimiento. El fútbol femenino, al menos en este ciclo, hizo lo contrario. Mantuvo a entrenadores aun cuando los resultados no llegaban de inmediato. Apoyó a Caicedo cuando tenía quince años. Reservó lugar para Mayra Ramírez pese a las lesiones que marcaron su última temporada en el Chelsea. La selección que hoy puede ser campeona continental no es producto de un gasto repentino ni de un anuncio presidencial: es resultado de una política de Estado, aunque quienes la ejecutaron probablemente no usarían esa expresión.

Tocqueville observó en De la democracia en América que las sociedades democráticas tienden al impaciente, al inmediato, al resultado visible antes que al fundamento durable. El fútbol colombiano, masculino y femenino, ha sufrido esa tentación. Pero en este caso particular, algo funcionó distinto. ¿Fue la ausencia de la presión mediática que aplasta a la selección masculina? ¿La menor exposición comercial que permitió trabajar sin ruido? ¿Una confluencia accidental de dirigentes menos interesados en el reflector? La respuesta probablemente combina las tres. Lo cierto es que el modelo existe, documentado, verificable.

La oposición a este argumento es obvia: el fútbol no es el Estado. Un equipo de veintitrés jugadoras no se compara con un sistema de salud. Pero la analogía no es entre complejidades, sino entre principios. Popper distinguía en La sociedad abierta y sus enemigos entre las reformas graduales, susceptibles de corrección, y las transformaciones utópicas que destruyen para reconstruir. La selección femenina siguió el primer camino. No hubo ruptura dramática, sino ajuste continuo. No se despidió a todos los entrenadores, sino que se mantuvo una línea. No se apostó solo a estrellas extranjeras, sino que se consolidó una base local con proyección internacional: Caicedo en el Real Madrid, Leicy Santos en Estados Unidos, Manuela Pavi en México.

Hay algo más que registrar sin cinismo. Colombia ya clasificó al Mundial de Brasil 2027. El objetivo de largo plazo está asegurado; el de corto plazo, el título de esta noche, sería una coronación no una salvación. Esa diferencia importa. Demuestra que el proceso no depende de un solo resultado, que la institución construida resiste la variabilidad del azar deportivo. En términos arendtianos, es la diferencia entre una acción política fundante, que busca permanencia, y un mero gesto espectacular, que desaparece con su propio eco.

No todo es celebración. La liga profesional femenina colombiana sigue siendo precaria. Las jugadoras denuncian regularmente condiciones laborales inadecuadas, salarios irregulares, instalaciones deficientes. El éxito de la selección nacional no debe servir para ocultar esas deudas, sino para exigir con mayor fuerza que se paguen. El Estado, en este sentido, tiene una responsabilidad que la Federación no puede asumir sola: garantías laborales, incentivos fiscales para clubes, infraestructura escolar que capture el talento antes de que la desigualdad lo desvíe hacia otras actividades.

Si Colombia gana esta noche, la fiesta será merecida. Si empata y Argentina gana, la decepción será real pero no trágica: el proceso sigue vigente. Esa capacidad de sobrevivir a un resultado adverso es precisamente lo que distingue a las instituciones saludables de las frágiles. La selección femenina, sin proponérselo, ha construido algo que el país necesita aprender a replicar en otros campos. No porque el fútbol sea más importante que la salud o la educación, sino porque en este caso particular logró lo que en aquellos seguimos fracasando: una política de Estado que trasciende gobiernos, que invierte en el largo plazo, que no confunde el ruido con la sustancia.

La pelota rueda en Asunción. Pero la pregunta que deja este ciclo, gane o pierda, es de alcance republicano: ¿seremos capaces de imitar en lo público lo que funcionó en lo deportivo? La historia colombiana no alienta el optimismo. Tampoco lo inhabilita del todo.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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