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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 17 jun 2026

¿Puede un presidente apropiarse la camiseta de una nación?

Petro convoca a vestir la tricolor como símbolo de unidad, pero la historia advierte sobre los riesgos de politizar el deporte.

¿Puede un presidente apropiarse la camiseta de una nación? — Deportes, ilustración editorial

¿Qué le queda a una sociedad cuando el gesto más elemental de pertenencia colectiva —vestir los colores de la selección— se convierte en materia de decreto presidencial? La pregunta no es retórica. El martes, durante el Consejo de Ministros, el presidente Gustavo Petro invitó a los colombianos a usar la camiseta de la Selección Colombia para el debut mundialista contra Uzbekistán, con una precisión que merece detenerse: pidió que la prenda sea “un símbolo de unidad y no de división política”. La formulación, aparentemente inocua, encierra una tensión que los colombianos debemos examinar con frialdad.

La tentación de los gobernantes de fundirse con la nación en momentos de euforia deportiva no es nueva en América Latina. Hannah Arendt advertía que el totalitarismo no siempre llega con botas, sino a veces con abrazos simbólicos: la usurpación de los espacios donde la sociedad civil se reconoce sin mediación estatal. El estadio, la camiseta, el himno improvisado en una esquina —estos territorios pertenecen a lo que Popper llamaría la sociedad abierta, aquella que no necesita permiso para celebrarse. Cuando un presidente convoca a “ponérsela libremente”, pero desde el podio del Consejo de Ministros, la libertad adquiere una estructura de mando velado. La invitación oficializada deja de ser gesto ciudadano para convertirse en performance de lealtad.

Petro no es el primero en esta senda, ni será el último. La historia del siglo XX registra suficientes episodios donde el deporte sirvió como vehículo de cohesión nacional forzada: desde los Juegos Olímpicos de Berlín hasta las movilizaciones populares peronistas, pasando por las “olimpiadas de la paz” soviéticas. En cada caso, el mecanismo fue idéntico: identificar al régimen con la nación, y a la nación con el líder. La diferencia entre el autoritarismo clásico y estas versiones contemporáneas reside únicamente en el tono. El mandatario colombiano no ordena; invita. No impone; sugiere. Pero la estructura de poder que habla —el Consejo de Ministros, la cadena nacional, el micrófono presidencial— transforma la sugerencia en algo que no puede ignorarse sin costo simbólico.

La afirmación de que este “ha sido un gobierno de libertad y vida” añade una capa de particular interés. La autodescripción como garante de libertades, articulada precisamente cuando se define qué significa un símbolo nacional, opera como tautología política: quien se declara libre es quien establece los términos de la libertad. Tocqueville observó en la América del siglo XIX que el despotismo democrático no se ejerce con cadenas, sino con la suavidad de la benevolencia paternal. El ciudadano, escribió, “se ve encadenado sin saber por quién”. La camiseta como regalo del gobierno, como invitación presidencial, como uniforme voluntario de una unidad predefinida: cada uno de estos matices merece ser leído con la sospecha que la tradición liberal hispanoamericana nos legó desde las lecciones de Mario Vargas Llosa sobre la tiranía de las mayorías.

No se trata, sin embargo, de negar al gobierno sus aciertos puntuales. Si la administración Petro ha logrado algún avance en materia deportiva o social, debe reconocerse sin mezquindad. Pero el reconocimiento de lo que funciona no implica ceguera ante lo que corroe. La independencia de los símbolos nacionales respecto del poder ejecutivo es una de esas fronteras institucionales que se erosionan lentamente, gota a gota, hasta que una mañana despiertan los colombianos descubriendo que la tricolor ya no es de todos, sino del que la convoca.

La selección jugará contra Uzbekistán en Ciudad de México con once jugadores, no con once militantes. Esa diferencia elemental es la que el discurso presidencial tiende a borrar. Cuando Petro cuenta que ya tiene lista su camiseta, junto con la de su hija, el gesto humano es inobjetable; la fotografía, inevitable. Pero la línea entre compartir una pasión y capitalizarla políticamente es fina, y los colombianos debemos exigir que se respete. El deporte, en su esencia democrática, premia el mérito sobre el origen, el esfuerzo sobre la filiación. La cancha no pregunta por el carnet electoral del goleador.

El verdadero riesgo no es que Petro use la camiseta, sino que la camiseta deje de poder usarse contra él. Que el desacuerdo político se vuelva, por arte de la simbolización oficial, también deslealtad nacional. En ese punto, la ironía de la historia sería completa: la prenda convocada como emblema de unidad terminaría siendo, mutatis mutandis, instrumento de exclusión. Los colombianos que opten por no vestirla —por hastío, por discrepancia, por simple indiferencia— ya no serán ciudadanos con preferencia legítima, sino ausentes de una fiesta a la que el presidente les recordó que estaban invitados.

La camiseta de la selección sobrevivirá a este gobierno y al siguiente. Los colombianos debemos asegurarnos de que así sea, y de que su significado siga siendo obra de quienes la visten, no de quien la convoca desde el podio.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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