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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 14 jun 2026

¿Qué enseña el fútbol sobre la resiliencia de las naciones pequeñas?

Japón empató 2-2 con Países Bajos en Arlington. El partido revela algo más que goles: cómo una selección sin historia mundialista compite de igual a igual con la élite.

¿Qué enseña el fútbol sobre la resiliencia de las naciones pequeñas? — Deportes, ilustración editorial

¿Puede una nación sin tradición futbolística imponer condiciones a una potencia histórica del deporte? La pregunta, que parecería retórica, encontró este domingo en Arlington una respuesta incómoda para los puristas del pedigree. Japón y Países Bajos igualaron 2-2 en la primera fecha del Grupo F del Mundial 2026, ante más de sesenta y cinco mil espectadores, y lo que ocurrió en el campo trasciende el anecdótico resultado. Los nipones no “rescataron” un punto, como suele decirse en la jerga periodística; lo construyeron con paciencia, lo perdieron dos veces y lo recuperaron con el temple de quien ya no se asombra de estar ahí.

La cronología del encuentro merece atención porque revela un carácter, no solo una táctica. Virgil van Dijk, capitán de los neerlandeses y emblema de una escuela que domestica el espacio con geometría, abrió el marcador al minuto cincuenta y uno con un cabezazo que pareció sentenciar el orden natural de las cosas. Europa delante, Asia detrás; el mundo en su sitio. Seis minutos después, Keiko Nakamura empató con un derechazo preciso asistido por Takefusa Kubo, ese jugador que en otra época habría sido catalogado de “técnico pero frágil” y que ahora distribuye el balón con la serenidad de quien sabe que el tiempo juega a su favor. La ventaja neerlandesa volvió al sesenta y cuatro, obra de Crysencio Summerville, y el empate definitivo llegó al ochenta y nueve, cuando Daichi Kamada conectó de cabeza el 2-2 que sellaba una declaración de principios.

Los colombianos, acostumbrados a mirar el fútbol desde la tribuna herida de quien fue grande y ya no sabe si lo es, tenemos algo que aprender de esta Japón. No se trata de imitar modelos ajenos, esa moda pedagógica que tanto daño ha hecho a nuestras selecciones juveniles, sino de comprender qué tipo de instituciones producen equipos que no se derrumban cuando el marcador les es adverso. El fútbol japonés no explotó de la noche a la mañana: se construyó desde la base, con ligas escolares que funcionan, con clubes que invierten en formación antes que en fichajes ruidosos, con una federación que entendió que el desarrollo técnico exige horizonte de décadas, no de ciclos mundialistas. No es casual que Kubo, Nakamura y Kamada parezcan jugadores formados en el mismo latido, con la misma comprensión del ritmo. Lo son.

Países Bajos, por su parte, ofrece el contrapunto de una escuela que corre el riesgo de creerse irremplazable. La “Oranje” sigue produciendo talento individual de primer orden —Van Dijk, Summerville, la generación que viene— pero algo en su juego colectivo sugiere una tensión no resuelta entre la herencia del fútbol total y las exigencias de una competición donde la organización táctica suele imponerse al genio improvisador. Ronald Koeman, técnico experimentado y a la vez prisionero de expectativas históricas, no ha logrado todavía que su equipo juegue con la fluidez que la tradición holandesa reclama. El empate ante Japón no es una catástrofe —un punto en el debut es resultado administrable— pero sí una señal de alerta para quienes asumen que el pasado garantiza futuro.

El Grupo F, con sus cruces inmediatos —Países Bajos contra Suecia, Japón contra Túnez el veinte de junio—, promete una definición abierta que pocos habrían previsto. Los tunecinos y suecos, que chocan este mismo domingo, observarán con interés este resultado. Ninguno de los dos puede permitirse subestimar a los japoneses, y los neerlandeses deberán demostrar que el empate fue accidente, no síntoma. La Copa del Mundo, como recordaba Tocqueville respecto de las democracias, tiene la virtud de nivelar: no elimina las desigualdades, pero las expone al escrutinio de la competencia, donde el mérito cuenta y el prestigio, solo, no basta.

Mirado desde la distancia de Bogotá, este partido de Arlington encierra una lección que el fútbol colombiano debería meditar en voz baja. No se trata de envidiar recursos ajenos, sino de preguntarse por qué una nación como Japón, sin nuestra pasión extrovertida, sin nuestra historia de figuras mundiales, ha construido una selección que compite con continuidad mientras la nuestra oscila entre el fulgor individual y la frustración colectiva. La respuesta, sospecho, no está en el campo sino en las instituciones que lo preceden. Y ahí, mutatis mutandis, el debate se vuelve político en el sentido más antiguo del término: cuestión de la res publica, de cómo organizamos lo común para que perdure.

El Mundial sigue. Los japoneses ya demostraron que la historia se escribe en el presente. Los neerlandeses deberán recordar que el pedigree no marca goles. Y los colombianos, desde la ausencia que nos toca, quizás podamos aprender que la grandeza futbolística no es herencia sino conquista diaria.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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