¿Puede una sociedad aprender algo de una remontada futbolística, o ese ejercicio es intrínsecamente banal? La pregunta no es retórica. Argentina derrotó 3-2 a Egipto en el Mundial tras comenzar perdiendo por dos tantos, y la tentación de leer en ese resultado una metáfora nacional es casi irresistible. Resistiré esa tentación, pero no del todo.
Lo primero que merece notarse es el dato estricto: el equipo dirigido por Lionel Scaloni estuvo a treinta minutos de una eliminación temprana, y no solo la evitó sino que construyó una victoria plena. Egipto, por su parte, ejecutó durante setenta minutos un plan que parecía suficiente, hasta que dejó de serlo. El deporte, como recordó Popper respecto de la ciencia, no se justifica por sus resultados sino por su capacidad de someterse a prueba pública. Un partido de fútbol es, en ese sentido, una experiencia controlada de incertidumbre.
El argumento habitual contra la interpretación política del deporte sostiene que el balón rueda en un espacio cerrado, regido por normas que no se trasladan al res publica. Hay algo de verdad en ello. Messi no debe negociar con el Congreso, ni la defensa argentina enfrenta la dispersión institucional que caracteriza a las democracias latinoamericanas. Sin embargo, Tocqueville observó algo pertinente: las democracias modernas confunden frecuentemente la apariencia de esfuerzo con el mérito real. Una remontada como la de este martes despliega ambas cosas a la vez: el esfuerzo visible y una serie de decisiones individuales cuyo mérito solo se aprecia en retrospectiva.
La tensión central, entonces, no está en si Argentina “mereció” ganar. El reglamento no reconoce méritos alternativos. La tensión está en cómo interpretamos el papel del azar en cualquier victoria colectiva. Hannah Arendt, que no escribió sobre fútbol pero sí sobre la condición humana, distinguía entre el labor y el work: el primero se repite sin fin, el segundo deja un objeto durable. Una selección nacional juega cada cuatro años un torneo que trasciende a sus generaciones. La remontada de hoy será recordada, pero también será olvidada por quienes vendrán. El work del deporte es, paradójicamente, su propia desaparición programada.
¿Qué lección puede extraer Colombia, cuya selección se enfrentará este martes a Suiza por un lugar en cuartos de final? Ninguna directa, por supuesto. Pero sí una indirecta, de tipo metodológico: las instituciones robustas —un equipo con estructura táctica, con roles claros, con jerarquías que funcionan— resisten mejor la adversidad que las construcciones improvisadas. Egipto tuvo durante setenta minutos una ventaja que no supo administrar; Argentina tuvo durante setenta minutos un déficit que supo revertir. La diferencia no está en la pasión, que ambos equipos tuvieron en abundancia. Está en la calidad de las decisiones bajo presión.
El gobierno actual en Colombia ha intentado, con frecuencia desafortunada, exportar la lógica de la remontada épica a la política institucional. Eso es un error categórico. En el fútbol, los rivales no cambian las reglas durante el partido; en la política, quienes pierden en una cantera suelen intentar demolérsela. La fortaleza de las instituciones deportivas —la FIFA con todos sus defectos, las federaciones nacionales con los suyos— radica en que aceptan el resultado sin apelación a la calle. Esa es una virtud que la política colombiana debería imitar más y celebrar menos.
Argentina avanza. Egipto se va. El torneo continúa. Y nosotros, espectadores de una disciplina que no elegimos como espejo pero tampoco podemos evitar, quedamos con una pregunta incómoda: si la victoria definitiva no existe, ¿por qué nos importa tanto una que dura apenas noventa minutos?