Las casas de apuestas otorgan a Inglaterra un 15% de probabilidad para el 2-1 y un 14% para el empate 1-1. Erling Haaland, mientras tanto, concentra las expectativas de gol noruegas. ¿Qué nos dice esta distribución de probabilidades sobre la naturaleza del fútbol moderno, y quizás sobre nuestra propia forma de consumirlo?
El favoritismo de Inglaterra no sorprende. La institucionalización del fútbol inglés —desde la Premier League hasta la academia de St George’s Park— ha producido una selección con profundidad de plantel, rotaciones tácticas y una exposición sistémica al alto rendimiento que pocos países medianos pueden emular. Tocqueville observó en la democracia americana una tendencia a la igualdad de condiciones; en el fútbol europeo, sin embargo, asistimos a una concentración creciente de recursos que produce desigualdades estructurales difíciles de revertir. Inglaterra no es mejor que Noruega solo porque tenga mejores jugadores; es mejor porque el sistema en que se forman es mejor.
Pero aquí entra Haaland, y con él una pregunta incómoda para los analistas. El dato de que “lidera las opciones de gol” de Noruega es, en rigor, una tautología disfrazada de información: ¿cómo podría ser de otro modo en una selección que depende de un único delantero de elite mundial? La dependencia de un individuo no es fortaleza; es vulnerabilidad sistémica. Arendt, en su análisis del totalitarismo, señaló que los regímenes que concentran todo en una figura centralizan también su propio punto de fractura. Mutatis mutandis, un equipo que canaliza su esperanza en un solo goleador centraliza su derrota potencial.
La comparación no es gratuita. El fútbol contemporáneo ha desarrollado una retórica del “jugador-franquicia” que replica, en la esfera deportiva, la lógica del caudillismo político que tanto criticamos en estas páginas. Haaland como Haaland, Messi como Messi, Ronaldo como Ronaldo: la mercadotecnia demanda íconos, y los sistemas se deforman para alimentarlos. El resultado es un juego más predecible en su estructura y más volátil en sus resultados. Las probabilidades del 2-1 o del 1-1 miden esta tensión: el sistema inglés contra el individuo noruego, la institución contra el talento desnudo.
¿Dónde queda, entonces, el espectador que pretende comprender más allá de los números? Popper defendió la sociedad abierta como aquella capaz de corregir sus propios errores mediante la crítica. Aplicado al deporte, esto significa resistir la tentación de las certidumbres probabilísticas. El 15% no es destino; es apuesta. El favoritismo de Inglaterra es condición necesaria, no suficiente, para la victoria. Haaland puede fallar tres ocasiones claras y marcar la cuarta; o puede no marcar ninguna. El análisis estadístico no predice; describe tendencias sobre las que opera, siempre, la contingencia.
Nosotros los colombianos debemos ser particularmente sensibles a esta lección. Nuestra propia historia futbolística oscila entre el sistema institucionalmente deficiente —la selección de los noventa, la crisis de las eliminatorias— y los momentos de genio individual que parecen compensarlo: Valderrama, James, momentáneamente. Hemos sido Noruega más a menudo de lo que reconocemos, esperando el gol del jugador distinto que redima la mediocridad colectiva. La diferencia es que no contamos con un Haaland.
El martes, cuando Inglaterra y Noruega se enfrenten, las probabilidades se cumplirán o no. Pero el verdadero interrogante que deja este encuentro es otro: ¿estamos presenciando el deporte como res publica, como espacio público de reglas compartidas, o como espectáculo de expectativas individuales monetarizadas? La pregunta no tiene respuesta cómoda. Quizás por eso merece formulársela antes del pitazo inicial.