¿Es el fútbol una metáfora de las desigualdades del orden internacional, o apenas un juego donde once contra once pueden nivelar lo que los tratados de comercio no logran? La pregunta no es retórica cuando Inglaterra, cuna del profesionalismo y sede de las ligas más lucrativas del planeta, enfrenta a la República Democrática del Congo, selección que disputa por primera vez una ronda de eliminación directa en una Copa del Mundo. El contraste entre ambas realidades futbolísticas invita a pensar más allá del marcador.
Los colombianos debemos reconocer, sin romanticismo excesivo, que el favoritismo inglés descansa en bases sólidas. Thomas Tuchel ha construido un equipo con diez victorias y un solo empate en once partidos oficiales, según registros de la propia federación. Ghana fue el único escollo en este torneo. El dato no es meramente estadístico: revela una institucionalidad deportiva que premia la continuidad técnica y la inversión sistemática en infraestructura. Popper, en su crítica al historicismo, advertía que las predicciones globales suelen fallar cuando ignoran los mecanismos institucionales concretos. El fútbol, en este sentido, no escapa a la lógica: las ligas con regulación estable, con contratos ejecutables y con independencia arbitral relativa, tienden a producir selecciones más predecibles en su rendimiento.
Sin embargo, el caso congolés introduce una variable que las matrices predictivas no digieren con facilidad. Clasificar como mejor tercero del Grupo K tras vencer a Uzbekistán y empatar con Portugal no es una hazaña menor. Portugal, selección con plantilla enteramente europea y reciente campeona de la Nations League, no pudo doblegar a un conjunto africano que milita en su mayoría en ligas de Francia, Bélgica y, en no pocos casos, en competiciones locales de infraestructura precaria. Julián Quiñones, delantero colombiano con experiencia en ambos mundos, formuló una observación pertinente: que los jugadores africanos no estén en Europa no los hace peores. La frase, citada por Caracol Radio, apunta a un sesgo cognitivo extendido: la confusión entre visibleidad mediática y mérito deportivo genuino.
Arendt, en sus análisis sobre la condición humana, distinguía entre el trabajo, la labor y la acción. El fútbol de élite europeo ha privilegiado cada vez más el trabajo (la repetición técnica industrializada) por sobre la acción (el gesto inesperado que inaugura lo nuevo). Congo, en su condición de outsider histórico, conserva algo que las máquinas de rendimiento inglésas han perdido parcialmente: la capacidad de sorpresa como recurso legítimo. No es ingenuidad poética. El empate con Portugal demostró que el orden táctico africano, lejos de ser caótico, puede neutralizar la posesión elaborada mediante transiciones verticales y disciplina defensiva.
La tensión entre estas lógicas —la institucionalidad consolidada contra la historicidad inaugural— recuerda una paradoja de Tocqueville sobre las democracias: su fuerza reside en la capacidad de renovación, pero su estabilidad depende de hábitos arraigados. Inglaterra posee los hábitos; Congo, la renovación. El partido no resuelve esta antinomia, solo la representa con intensidad particular. Y en los torneos de eliminación directa, donde un error condena, la incertidumbre favorece al que menos tiene que perder.
El sistema de competición de la FIFA, con su expansión a 48 equipos, ha sido criticado por diluir la calidad técnica media. Pero ha producido, mutatis mutandis, un efecto democratizador en el sentido más estricto: la inclusión de selecciones cuya presencia obliga a repensar los mapas del poder futbolístico. No se trata de equidad distributiva, sino de oportunidad real para alterar expectativas. El congreso de la res publica deportiva se amplía, con todas las tensiones que ello implica.
Si Inglaterra avanza, confirmará una jerarquía que pocos cuestionan. Si Congo sorprende, no será una anomalía estadística, sino el resultado de una competencia donde la concentración de recursos no garantiza necesariamente la victoria. El fútbol, en su mejor versión, preserva esta posibilidad. Y por eso, quizás, seguimos mirando.