¿Qué significa ser el máximo goleador de un Mundial cuando el torneo ya no se juega como en 1958? La pregunta ronda estas horas, con Kylian Mbappé y Lionel Messi empatados a ocho goles en la tabla de artilleros de la Copa del Mundo 2026, mientras el francés sumó un tanto más que lo acerca al argentino en el historial absoluto: veinte contra veintiuno. La cifra parece simple, pero su interpretación exige una pausa. No es la misma contabilidad la de Just Fontaine, quien anotó trece goles en Suecia 1958 en una sola edición de seis partidos, que la de un jugador de hoy, con formatos ampliados, prórrogas y una logística de torneo diseñada para maximizar el espectáculo comercial. La comparación, mutatis mutandis, resulta injusta con ambos extremos del tiempo.
El dato que ofrece la fuente es inobjetable: Mbappé lleva ocho goles y tres asistencias en seis partidos; Messi, ocho goles y una asistencia en cinco. Erling Haaland, con siete tantos, quedó eliminado con Noruega. Harry Kane, con seis, aún compite. La Bota de Oro se definirá, probablemente, en los duelos de semifinales y final, donde Francia enfrentará a Marruecos y Argentina a Suiza, con un hipotético cruce de titanes si ambos seleccionados avanzan. Pero lo que aquí importa no es la predicción deportiva sino el juicio de valor que encierra el premio. Hannah Arendt distinguía entre el labor y el work: el primero, actividad cíclica y repetitiva; el segundo, creación que deja un objeto perdurable. ¿Una Bota de Oro es labor acumulativa o work de grandeza puntual?
El historial de máximos goleadores en Mundiales ilustra la tensión. Messi encabeza con veintiuno; le sigue Mbappé con veinte; Miroslav Klose, con dieciséis, ostentaba el récord hasta hace poco. Klose, sin embargo, nunca fue considerado el mejor futbolista de su generación. Su virtud fue la constancia en cuatro torneos, no la dominación estética. Pelé, con doce goles en tres campeonatos ganados, rara vez entra en la discusión del máximo artillero cuando se habla de “el mejor”. La cifra, entonces, no basta. Tocqueville advertía que la democracia moderna tendía a confundir la cantidad con la calidad, la opinión numérica con el juicio razonado. El fútbol contemporáneo, saturado de estadísticas avanzadas, no escapa a esa tentación: se cuenta todo —xG, pases progresivos, duelos ganados— como si el número bastara para nombrar la verdad del juego.
Pero hay algo más. La tabla de goleadores colombianos en este Mundial 2026 exhibe una paradoja dolorosa. James Rodríguez, con seis goles, fue el goleador del torneo de Brasil 2014; en esta edición, la selección cafetera quedó eliminada en penales ante Suiza. Yerry Mina, Daniel Muñoz, Bernardo Redín, Adolfo Valencia, Juan Guillermo Cuadrado: la lista de los que anotaron dos o tres veces no consuela una ausencia que duele. El comentario de Radamel Falcao —“nuestro fútbol no puede fomentar vagos, ni mediocridad”—, citado en la misma fuente, introduce una reflexión que trasciende lo deportivo. ¿Qué instituciones producen la excelencia sostenida? ¿Qué estructuras permiten que un Messi o un Mbappé se reproduzcan, no como excepciones biográficas sino como productos de sistemas? Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, defendía que las instituciones debían diseñarse para canalizar la creatividad individual sin depender de la virtud heroica. El fútbol colombiano, con sus intermitencias gloriosas, parece más bien el caso contrario: una república de talentos aislados que no logra traducirse en res publica deportiva.
La lucha por la Bota de Oro de 2026, en ese sentido, es también un espejo de las desigualdades estructurales del fútbol mundial. Los ocho goles de Mbappé y Messi se producen en selecciones con infraestructura, con cuerpos técnicos estables, con ligas domésticas que exportan pero también nutren. Haaland, con siete goles y una valoración de mercado de doscientos millones de euros —la más alta del torneo, según Transfermarkt—, quedó fuera con Noruega. La paradoja es elocuente: el jugador más valioso no compite ya. El valor de mercado, esa cifra que pretende objetivar el talento, falló como predictor colectivo. El fútbol, aunque corrompido por las finanzas, conserva algo de impredecibilidad que la economía neoclásica no logra modelar.
Cuando se cierra esta columna, el torneo aún no ha definido su Bota de Oro. Messi podría consagrarse como el máximo goleador histórico con un gol más; Mbappé, a sus veintisiete años, tiene por delante al menos una Copa más para superarlo. La pregunta que dejo planteada es si esa carrera numérica merece la atención que recibe, o si confundimos la acumulación con la grandeza. El fútbol, como la política, necesita héroes que simbolizen épocas; pero también necesita instituciones que los hagan posibles y, sobre todo, reemplazables. La Bota de Oro premia al individuo. La verdadera pregunta es quién premia al sistema que lo produjo.