¿Puede un sistema de competencia ser simultáneamente eficiente y justo? La pregunta, que Tocqueville habría encontrado pertinente para las democracias, cobra forma inesperada en la última jornada del Grupo A del Mundial 2026, donde México ya clasificado enfrenta a República Checa en desventaja, mientras Corea del Sur y Sudáfrica disputan el otro cupo en simultáneo. La estructura del torneo genera asimetrías informativas que alteran los incentivos de cada equipo.
México llega con seis puntos y portería invicta, obra de Javier Aguirre. Los dos triunfos previos le otorgan una libertad que sus rivales no tienen: puede rotar jugadores, conservar energía, experimentar tácticas. República Checa, en cambio, debe ganar obligatoriamente tras empatar con Sudáfrica y perder con Corea. Los checos no compiten solo contra once rivales, sino contra la aritmética del grupo. Esta disparidad de condiciones iniciales no invalida el torneo, pero sí lo expone a una objeción que Popper habría reconocido: los sistemas abiertos requieren reglas que no premien estratégicamente la conservación del status quo.
El partido paralelo entre Corea y Sudáfrica añade una complejidad mayor. Ambos equipos dependen parcialmente de sí mismos, pero también del resultado ajeno. Sudáfrica, dirigida por Hugo Broos, busca clasificar por primera vez en su historia; Corea, con Hong Myung-bo, intenta recuperar la eficacia ofensiva de su debut. Sin embargo, ninguno puede planificar sin especular sobre el marcador del otro encuentro. El fútbol, que Arendt admiraba por su espontaneidad política, aquí se ve condicionado por una racionalidad calculadora que emparenta al deporte con la teoría de juegos.
La selección mexicana, si cierra una fase perfecta, habrá logrado algo inédito. Pero el mérito deportivo no se mide solo en resultados acumulados, sino en las circunstancias en que estos se obtienen. Ganar cuando ya nada se pierde no es lo mismo que ganar cuando todo está en juego. Esta distinción, que el reglamento ignora por necesidad operativa, importa para quienes creemos que las instituciones deben reflejar, no oscurecer, las virtudes que pretenden premiar.
No abogamos por abolir la fase de grupos. El formato existe porque funciona: organiza expectativas, multiplica partidos significativos, permite que equipos pequeños compitan. Pero funcionalidad no es sinónimo de legitimidad. Cuando México enfrente a República Checa con la presión disminuida, y los checos jueguen con la presión maximizada, estamos ante un diseño institucional que genera desigualdades de motivación que el reglamento no corrige.
La tensión no tiene resolución fácil. Los colombianos debemos observar estos mecanismos con interés no meramente deportivo: el mismo problema aparece en nuestras reformas electorales, en la distribución de competencias fiscales, en la temporalidad de las inhabilidades políticas. Las reglas del juego configuran los jugadores tanto como los jugadores configuran el juego. El Grupo A del Mundial 2026, mutatis mutandis, es un laboratorio de esa verdad.
Sudáfrica o Corea avanzarán, o no, con mérito indiscutible en el campo. Pero el campo nunca es neutral. Y esa pregunta, sobre la neutralidad de las canchas donde competimos, sigue abierta cuando el silbato final apague las transmisiones.