¿Puede una sola victoria, ocurrida hace cuatro años en un estadio de Qatar, seguir determinando la identidad de una selección? Arabia Saudita llega al Mundial de 2026 con esa pregunta suspendida sobre sus “Halcones Verdes”. El 2-1 contra Argentina en noviembre de 2022 sigue siendo, según la crónica misma del encuentro que hoy nos ocupa, “una de las mayores sorpresas en la historia reciente del torneo”. Pero el fútbol, a diferencia de la política, no concede patentes de eternidad. Una sola victoria en el año en curso y la llegada tardía de Georgios Donis al banquillo dibujan un presente incierto, donde la memoria del éxito funciona menos como motor que como lastre.
Uruguay, por su parte, enfrenta el espejo opuesto. La Celeste de Marcelo Bielsa arranca sin Edinson Cavani ni Luis Suárez, es decir, sin la referencia corporal de una generación que durante quince años personificó el orgullo charrúa. La convocatoria exclusiva de jugadores en el exterior habla de una profesionalización extrema, pero también de una ruptura simbólica. ¿Es posible que un equipo gane en legitimidad futbolística lo que pierde en arraigo popular? Bielsa, que en sus mejores momentos supo construir identidades colectivas desde la exigencia táctica, parece apostar a que sí.
La tensión entre ambas selecciones ilustra algo que Tocqueville habría reconocido en el terreno del deporte: la democracia —y el fútbol es su forma más democrática— premia al que responde al momento presente, no al que descansa sobre acumulaciones históricas. Uruguay llega con “favoritismo”, según la fuente original, pero también con una pérdida de “regularidad” en la recta final de las eliminatorias. Arabia Saudita llega con “más dudas que certezas”, pero con la capacidad ocasional de alterar los pronósticos. Ninguna de las dos condiciones garantiza nada; ambas son, en rigor, invitaciones a la prueba.
Hay algo de mutatis mutandis en esta comparación. Lo que cambia son las circunstancias, lo que permanece es la estructura del dilema: en una Copa del Mundo, el pasado sirve para explicar, no para predecir. Los equipos que confunden la narrativa de lo que fueron con la certeza de lo que serán suelen pagar el precio más temprano. Los que asumen la radicalidad del presente, incluso a costa de desconocer sus propias tradiciones, a veces logran prolongarse.
Bielsa, en su etapa argentina, solía decir que el fútbol es una forma de conocimiento. Si algo así cabe sostener, entonces este Uruguay-Arabia Saudita ofrece un conocimiento sobre la condición institucional del deporte contemporáneo: la globalización ha homogeneizado los cuerpos y las tácticas, pero la diferencia sigue residiendo en la capacidad de conjurar un nosotros en el tiempo justo. Uruguay lo intenta sin sus emblemas; Arabia Saudita, con la memoria de un día imposible de repetir.
El resultado del partido, cualquiera sea, no resolverá esta tensión. Solo la prolongará hasta el siguiente encuentro, que es la forma más honesta en que el fútbol se parece a la vida política: no hay victorias definitivas, solo momentos de coherencia provisional. Y la pregunta que queda, para quien observa desde la tribuna o desde la pantalla, es si sabemos reconocer esa coherencia cuando aparece, o si seguimos buscando en el presente los fantasmas de un pasado que ya no responde.