¿Es la fuga una táctica o una metáfora? Cuando Egan Bernal y Einer Rubio se desgarran los pulmones en la etapa 15 del Tour de Francia, a más de dos minutos del pelotón de los elegidos, los colombianos debemos preguntarnos qué clase de triunfo persiguen. No es el amarillo, desde luego: según la clasificación que publica Infobae, Bernal marcha a quince minutos y cincuenta y cinco segundos de Tadej Pogačar, una distancia que en el ciclismo contemporáneo equivale a una era geológica. Rubio, por su parte, supera la hora y media. La fuga, entonces, es el único territorio donde aún se puede soñar con el gesto épico, con la victoria de etapa que rescate del olvido una edición entera.
La etapa entre Champagnole y Plateau de Solaison, con sus 4.100 metros de desnivel y rampas del once por ciento según el perfil oficial de la carrera, parece diseñada para la tragedia griega. La Col de la Croisette, con 4,6 kilómetros al 11,2% y sectores del trece, no admite engaños. Es el tipo de montaña que selecciona por inercia, como señala el relato de la etapa: no hay que atacar, basta con existir en ese umbral de dolor para que el grupo se disgregue solo. Y sin embargo, esta selección natural ya ocurrió hace días, cuando los favoritos definieron la general en otras ascensiones, con otros ritmos, en otro tiempo ciclista que los colombianos no lograron habitar.
Hay algo de ressentiment en celebrar la fuga como si fuera victoria. No lo digo con desdén: el esfuerzo es idéntico, quizás mayor, porque carece de la recompensa estructural. Pero el ciclismo moderno, con su telemetría y su gestión matemática de energías, ha convertido la general en el único horizonte de sentido. Cuando Pogačar, Vingegaard y Evenepoel pactan sin hablar los ritmos del pelotón, la fuga se convierte en teatro paralelo, en res publica de los excluidos. Los colombianos corren dos carreras simultáneas: la que ven las cámaras, donde pueden ganar un día, y la que cuenta la historia, donde ya no están.
Esto no es nuevo. En la tradición del ciclismo hispanoamericano, la montaña fue siempre nuestra ventaja comparativa, el recurso del que carecían los europeos. Pero cuando todos entrenan en altura, cuando los datos nivelan lo que la geografía diferenciaba, ¿qué resta? Hannah Arendt, en otro contexto, advertía sobre la banalización de los grandes gestos cuando el sistema los absorbe sin alterarse. La fuga de Bernal y Rubio, heroica en su ejecución, es administrativamente irrelevante para la general. Según el reporte de Infobae, Thymen Arensman, el mejor ubicado de la escapada, está a más de una hora del líder: “no representa ningún riesgo para Tadej Pogacar”, señala la crónica con la frialdad de quien certifica una muerte civil.
Los números no mienten, pero tampoco explican. Harold Tejada a una hora veintitrés, Sergio Higuita a casi dos horas. Solo Bernal, en el puesto once, conserva una distancia decorosa con los grandes, y aun así es una distancia de derrota. La pregunta incómoda, la que formulamos los colombianos con la resignación de quien ha visto esta película antes, es si estamos asistiendo a un ciclo decadente o a una recomposición necesaria. El ciclismo no tiene memoria contractual: cada generación debe reconquistar su lugar en la cadena de transmisión.
El cierre de la segunda semana en el Plateau de Solaison, con sus curvas de herradura y sus sectores expuestos al sol, ofrece al menos la posibilidad del gesto aislado. Quizás mañana, en la fuga consolidada, un colombiano levante los brazos y por un instante el tiempo se suspenda. Pero la gloria residual no construye tradiciones; las administra, las recuerda, las musealiza. Y nosotros, en las pantallas, seguiremos preguntándonos si soñar con la etapa no es ya una forma elegante de aceptar que la guerra por el Tour se perdió en otra parte, en otros entrenamientos, en otra concepción del oficio.
La montaña, al fin y al cabo, no juega favoritos. Solo revela quién llegó preparado para su verdad.