¿Qué significa que un colegiado inglés dirija el debut de Colombia en un Mundial en el Estadio Azteca, precisamente contra Uzbekistán, precisamente en un grupo donde Portugal aguarda como último obstáculo? La pregunta no es sobre Anthony Taylor, aunque él ocupe el centro de la designación de la FIFA. La pregunta es sobre qué hereda quien se para en ese círculo central cuando suena el himno nacional.
Taylor, colegiado de 47 años nacido en Wythenshawe, las afueras obreras de Manchester, acumula una trayectoria que lo ubica en el circuito de élite continental que la FIFA premia con designaciones de prestigio. Debutó en la Premier League en 2010 y ostenta escarapela FIFA desde 2013. Su currículo incluye finales de FA Cup, la Supercopa de Europa entre Bayern Múnich y Sevilla en 2020, y la semifinal de Champions de 2024 entre Borussia Dortmund y París Saint-Germain. En Catar 2022 dirigió dos encuentros de fase de grupos. Según los datos que registra su última temporada, su promedio histórico indica una expulsión aproximadamente cada cinco partidos. Es, en suma, un árbitro de élite continental, del circuito que la FIFA premia con designaciones de prestigio.
Pero el dato que importa no está en su escarapela ni en sus estadísticas. El dato que importa es que Colombia vuelve a un Mundial después de ocho años, y que su estreno será en el mismo estadio donde, en 1986, José Pékerman aún no era entrenador y donde, en 1970, la selección de Marcos Coll intentó contener a Brasil. El Azteca no es un escenario cualquiera para el fútbol sudamericano: es el lugar donde las memorias nacionales se condensan en el olor a césped y en el ruido de los helicópteros sobre la azotea. Que un inglés dirija allí no es anécdota. Es, mutatis mutandis, una señal de los tiempos: el arbitraje mundialista ya no tiene patria, o más bien tiene una sola, la de las reglas universales que la FIFA intenta imponer desde Zúrich.
Hannah Arendt, en sus reflexiones sobre la burocracia moderna, advertía que la distancia administrativa entre quien decide y quien ejecuta produce una forma de irresponsabilidad institucional. El árbitro de fútbol, curiosamente, invierte esa lógica: es el único funcionario de la FIFA que decide y ejecuta en tiempo real, sin posibilidad de apelación inmediata. Taylor heredará esa responsabilidad sin intermediarios. No habrá VAR que absuelva su intuición en el minuto ochenta, no habrá comité que revise su lectura del juego antes de que los periódicos cierren edición. En un mundo donde la tecnología judicializa cada fuera de juego milimétrico, el árbitro central conserva algo de la res publica antigua: es el ciudadano perfecto que juzga sin permanecer en el cargo.
Colombia llega a este debut con una base de jugadores en buen momento: Luis Díaz, Luis Javier Suárez, James Rodríguez, Juan Fernando Quintero. Uzbekistán, dirigida por Fabio Cannavaro, campeón del mundo en 2006, presenta una selección ascendente con jugadores como Abdukodir Khusanov y Eldor Shomurodov. El partido, programado para el miércoles 17 de junio a las 9:00 de la noche, hora colombiana, será el primer enfrentamiento histórico entre ambas selecciones. Según el medio Cambio, la terna arbitral completa estará conformada por el cuarteto inglés y costarricense designado por la FIFA.
La oposición entre un árbitro de la Premier League y una selección sudamericana que no juega en Europa con regularidad plantea una pregunta de estilos. El fútbol inglés, especialmente en su versión arbitral, tiende a permitir el contacto físico, a interpretar la ventaja con criterio expansivo, a no interrumpir el ritmo por faltas técnicas leves. El fútbol sudamericano, en contraste, espera del árbitro una protección más celosa del jugador con balón, una lectura más fina de la simulación. ¿Dónde situará Taylor la línea? No lo sabremos hasta el pitazo inicial, pero la tensión está planteada desde la designación misma.
El verdadero problema, sin embargo, no es técnico. Es simbólico. Cuando la FIFA designa a Taylor para este partido, está diciendo algo que el fútbol colombiano debería escuchar con atención: el torneo no nos debe nada por habernos privado de Catar con un empate contra Perú en Barranquilla. No hay arbitrajes compensatorios, no hay justicia poética en el sorteo. El Mundial es, en esto, el más democrático de los totalitarismos deportivos: todos parten de cero, todos dependen de sí mismos, todos están sujetos a un inglés de Manchester que llevará en el bolsillo dos tarjetas de colores distintos.
Karl Popper, a quien cito solo cuando el argumento lo amerita, defendió la sociedad abierta como aquella donde las instituciones permiten la corrección del error sin violencia. El arbitraje de Taylor en el Azteca será, en su pequeña escala, una prueba de esa hipótesis: ¿podrá corregir sus errores, si los comete, sin que el estadio se convierta en tribunal de revolución? ¿Podrá Uzbekistán aceptar una decisión adversa sin invocar conspiraciones? ¿Podrá Colombia, que conoce bien el sabor de las decisiones arbitrales en Mundiales pasados, contener la tentación de externalizar la derrota?
El silbato de Taylor hereda, pues, una carga que no le pertenece. No es suya la historia de Colombia en Mundiales, ni la de Inglaterra, ni la del Azteca. Pero el 17 de junio será suya la responsabilidad de que esa historia no se vuelva excusa antes de tiempo. En eso, quizás, reside la única justicia posible del fútbol: que el juez sea extranjero, que no deba nada a nadie, que su única patria sea la regla que todos convinieron en obedecer antes de saber quién ganaría.