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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 17 jun 2026

Colombia busca en México el retorno que no logró en Rusia

Ocho años después, la selección vuelve a un Mundial con una generación que exige pasar de la promesa al resultado.

Colombia busca en México el retorno que no logró en Rusia — Deportes, ilustración editorial

¿Qué significa volver a un escenario que se niega a la memoria colectiva? La pregunta no es retórica. Colombia debuta este miércoles en el Estadio Ciudad de México contra Uzbekistán, y con ella una generación de futbolistas —algunos en el ocaso, otros en plenitud— asume la carga de ocho años de ausencia. La última vez, en Rusia 2018, el equipo de Pékerman se despidió en octavos tras penales contra Inglaterra, en una jornada que pareció inaugurar una era. La era no llegó. Lo que siguió fue el interregno: dos eliminatorias fallidas, dos técnicos, una crisis federativa que los colombianos preferimos olvidar. El regreso al Mundial no es, pues, una mera anotación cronológica; es la prueba de que una institución deportiva puede recomponerse sin renunciar a la ambición.

Néstor Lorenzo entiende esta dimensión. El entrenador argentino, formado en la escuela de Bielsa y refinado en la de Gallardo, ha construido un equipo sin el ruido mediático de otros procesos, pero con una coherencia que el fútbol colombiano había extraviado. La alineación que perfila para el debut —Vargas; Muñoz, Sánchez, Lucumí, Mojica; Lerma, Arias; Díaz, James, Córdoba; Suárez— no es una concesión al espectáculo. Es un once con jerarquía en cada línea, donde la presencia de Luis Díaz y James Rodríguez funciona como doble eje: el primero, velocidad desestabilizadora; el segundo, visión en declive pero todavía capaz de los pases que alteran la geometría defensiva. La duda radica en si esta combinación, plausible sobre el papel, resiste la tensión de un debut mundialista, donde el miedo a perder suele anular al deseo de ganar.

El rival obliga a una precisión histórica. Uzbekistán no es una anecdótica selección asiática de turno. Dirigida por Fabio Cannavaro —campeón del mundo como jugador, aprendiz de la complejidad como entrenador—, el equipo uzbeko llega tras una eliminatoria donde empató con Irán, derrotó a Qatar y exhibió una solidez defensiva que explica su clasificación. Su once, con jugadores como el mediocampista Abbosbek Fayzullaev y el delantero Eldor Shomurodov, propone un fútbol de transiciones rápidas y bloque medio compacto. Cannavaro, heredero táctico del catenaccio italiano aunque moldeado por el fútbol moderno, no improvisará. Colombia encontrará, desde el primer minuto, una estructura que exige paciencia y precisión, virtudes que el equipo cafetero ha mostrado con intermitencia.

El escenario añade una capa de simbolismo que no conviene ignorar. El Estadio Azteca, donde se jugaron dos finales mundialistas y donde Maradona y Pelé dejaron huellas indelebles, recibe ahora una Colombia que nunca ha ganado en este recinto. El dato no determina el resultado, pero ilustra la magnitud del desafío: debutar en un escenario mitificado, contra un equipo sin presión histórica pero con la hambre del primerizos, en un grupo donde Portugal y la República Democrática del Congo esperan. La fase de grupos del Mundial no perdona errores de cálculo; una derrota inaugural obliga a una matemática de urgencia que pocas selecciones sortean con serenidad.

Sobre el papel, Colombia es favorita. Sin embargo, como advertía Karl Popper en otro contexto, la predicción en ciencias sociales —y el fútbol, mutatis mutandis, pertenece a esta categoría— enfrenta el problema de que las profecías influyen en los eventos predichos. La etiqueta de favorita puede paralizar tanto como motivar. Lorenzo ha intentado, en sus declaraciones previas, trasladar la presión hacia la estructura colectiva, alejándola de los nombres propios. Es una estrategia sensata, pero insuficiente: en el fútbol de élite, las figuras definen los partidos cerrados, y Colombia posee al menos dos capaces de hacerlo.

El consejo de Radamel Falcao, grabado en una entrevista previa al partido, merece atención: “No juguemos en corto”. La frase resume una tensión permanente en el fútbol colombiano, inclinado históricamente hacia la individualidad improvisada antes que hacia la construcción pausada. Falcao, que conoció ambas versiones de la selección —la que ilusionó en Brasil 2014 y la que fracasó en las eliminatorias siguientes—, identifica el riesgo: contra equipos organizados, la impaciencia es suicida. El “juego largo” que recomienda no es el pelotazo anacrónico; es la circulación horizontal que obliga al rival a desplazarse, la posesión como arma defensiva y ofensiva simultáneamente.

¿Qué esperar del debut, entonces? Una Colombia que deberá conjurar el fantasma de las eliminatorias perdidas, el peso de una generación que envejece sin haber coronado, y la tentación de creerse superior a un rival que no conoce la magnitud del escenario pero que tampoco la teme. El fútbol, como la política, castiga las certezas prematuras. Ocho años después de Rusia, la selección tiene una segunda oportunidad que pocas generaciones reciben. La pregunta que quedará en el aire, más allá del resultado de esta noche, es si los colombianos estamos dispuestos a exigirle a nuestro fútbol el mismo estándar que reclamamos a nuestras instituciones: coherencia, paciencia, y la voluntad de construir algo que perdure más allá del resultado inmediato.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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