La tesis central que circula en los círculos de política exterior estadounidenses—que Washington puede contener o desplazar a Pekín del orden internacional—descansa sobre un supuesto que la realidad geopolítica ya desmentía hace años. Según análisis reciente de Foreign Affairs, la premisa misma de una confrontación binaria con ganador y perdedor es, simplemente, insostenible.
Para la región andina, esta conclusión tiene implicaciones que van más allá de la retórica diplomática. Colombia, Perú y Ecuador enfrentan una presión creciente para alinearse con uno u otro polo. Pero el reconocimiento de que ni Washington ni Pekín pueden excluir mutuamente al otro del sistema internacional sugiere un camino distinto: el de la autonomía relativa y la diversificación estratégica.
La ilusión de la contención total
Durante la administración Trump y en los primeros años de Biden, buena parte de la élite política estadounidense operó bajo la premisa de que la competencia con China era un juego de suma cero. Si China ganaba mercados en América Latina, África o Asia Central, Washington perdía influencia. De ahí derivaron políticas de aranceles recíprocos, restricciones tecnológicas y campañas diplomáticas para aislar a Pekín de alianzas clave.
El problema es que China es demasiado grande, demasiado integrada en cadenas de valor global y demasiado importante como mercado para ser excluida. Del mismo modo, Estados Unidos sigue siendo la potencia militar hegemónica, el centro de innovación tecnológica y la moneda de reserva mundial. Ninguno de los dos puede simplemente desaparecer del tablero.
Lo que sí es posible—y lo que está ocurriendo—es la coexistencia competitiva. Rivalidad sin ruptura total. Zonas de cooperación en temas como cambio climático o pandemias, simultáneamente con confrontación en tecnología, defensa y esfera de influencia.
Implicaciones para los Andes
Para Colombia, Perú y Ecuador, esta realidad ofrece tanto oportunidades como riesgos.
El riesgo es la presión para elegir bando. Washington ha intensificado sus demandas a aliados latinoamericanos para que excluyan inversión china en infraestructura crítica, particularmente en puertos y telecomunicaciones. Pekín, por su parte, ofrece financiamiento sin condicionalidades políticas explícitas—aunque con riesgos de endeudamiento y dependencia comercial.
La oportunidad es la negociación desde la autonomía. Si ni Washington ni Pekín pueden dominar completamente el orden global, entonces un país como Colombia tiene margen para:
- Mantener la alianza atlántica (cooperación militar, comercio con EE.UU. y Europa) sin renunciar a relaciones comerciales con China.
- Diversificar fuentes de financiamiento para infraestructura (BID, CAF, bancos chinos, inversión privada estadounidense).
- Participar en iniciativas multilaterales que no requieran alineación exclusiva.
El TLC con Estados Unidos sigue siendo estratégico para Colombia. Pero depender únicamente de ese mercado—que absorbe aproximadamente el 30% de nuestras exportaciones—es riesgoso. China es nuestro segundo socio comercial. Excluirla por presión geopolítica podría costar empleos en sectores como minería y agricultura.
La lección de la OCDE y el multilateralismo
Organismos como la OCDE y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) han comenzado a reconocer que la competencia EE.UU.-China no puede resolverse mediante exclusión unilateral. En cambio, proponen marcos de cooperación que establecen estándares comunes (gobernanza corporativa, derechos laborales, sostenibilidad ambiental) sin prohibir participación de actores chinos.
Colombia podría liderar un enfoque regional similar: aceptar inversión china en proyectos que cumplan estándares internacionales de transparencia, pero con salvaguardas en sectores sensibles (defensa, datos, infraestructura crítica).
El riesgo de la polarización forzada
Lo que debe evitarse es que la rivalidad Washington-Pekín reproduzca dinámicas de Guerra Fría en la región andina. En los años sesenta y setenta, la polaridad Este-Oeste obligó a gobiernos latinoamericanos a elegir, frecuentemente con consecuencias autoritarias y económicamente costosas.
La diferencia ahora es que la interdependencia económica es mucho mayor. Ni EE.UU. ni China pueden permitirse una ruptura total con América Latina. Eso da a gobiernos como el nuestro un poder de negociación que no tenían hace cincuenta años.
Conclusión
Reconocer que Washington y Pekín coexistirán en el orden internacional—sin que uno excluya al otro—no es pesimismo. Es realismo. Para Colombia significa que podemos mantener nuestras alianzas atlánticas tradicionales mientras construimos relaciones pragmáticas con China, siempre que ambas se alineen con nuestros intereses nacionales y con estándares de gobernanza internacional.
La pregunta que debe responderse en Bogotá no es “¿Con quién nos alineamos?” sino “¿Cómo maximizamos autonomía en un mundo multipolar?” La respuesta requiere diplomacia sofisticada, no lealtad ciega.