La cadena de represalias entre Irán y Estados Unidos que se intensificó en junio marca un punto de inflexión en la geopolítica del Golfo Pérsico con consecuencias que trascienden Medio Oriente. Para Colombia y la región andina, este conflicto representa tanto una amenaza económica como un test de alineamientos estratégicos en un sistema internacional cada vez más fragmentado.
El escalamiento y sus límites
Los ataques coordinados de Israel y Estados Unidos contra instalaciones iraníes, seguidos de la respuesta declarada de Teherán, no constituyen una guerra total, pero tampoco son intercambios menores. Ambos bandos parecen calibrar la intensidad: lo suficientemente duro para mantener credibilidad disuasiva, lo suficientemente controlado para evitar una conflagración que ninguno puede permitirse. Este cálculo de riesgo es típico de confrontaciones entre potencias nucleares asimétricas, donde la escalada descontrolada genera costos inaceptables para ambas partes.
Sin embargo, los márgenes de error se reducen. Cada represalia genera presión doméstica en Washington y Teherán para responder con mayor contundencia. Los aliados regionales de Estados Unidos —Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Israel— presionan por una postura más agresiva. Irán, por su lado, enfrenta expectativas de su base política y de sus aliados como Rusia y China de no ceder ante lo que percibe como acoso estadounidense.
Implicaciones para la energía y el comercio
El Golfo Pérsico sigue siendo la arteria del comercio energético global. Aunque la producción de petróleo estadounidense ha crecido significativamente en la última década, reduciendo la dependencia de importaciones, el precio internacional del crudo sigue siendo sensible a cualquier disrupción en el Estrecho de Ormuz. Aproximadamente el 20 por ciento del petróleo comercializado mundialmente transita por esa ruta, según datos de la Administración de Información Energética estadounidense.
Para Colombia, esto tiene dos efectos directos. Primero, la volatilidad de precios del petróleo impacta los ingresos fiscales y la capacidad de inversión pública. Un barril más caro beneficia las cuentas fiscales a corto plazo, pero la incertidumbre geopolítica desalienta la inversión en exploración y producción. Segundo, la inestabilidad en Medio Oriente tiende a fortalecer posiciones proteccionistas en Washington, lo que afecta el acceso preferencial de productos colombianos a ese mercado.
El dilema atlantista
Colombia, como miembro de la OTAN desde 2023 en calidad de socio global, se encuentra en una posición incómoda. La alianza atlántica está alineada con Estados Unidos en su confrontación con Irán, pero esa alineación no es neutral: implica respaldar una política que, desde la perspectiva de potencias como Rusia y China, constituye un acoso a un Estado soberano. Esta polarización dificulta la diplomacia multilateral en foros como Naciones Unidas, donde Colombia ha buscado mantener márgenes de maniobra.
La pregunta subyacente es si Colombia debe profundizar su compromiso atlantista o buscar una postura más equidistante. La experiencia reciente sugiere que la equidistancia es costosa: requiere capital político con Washington que Bogotá no siempre tiene, y genera sospechas en otros actores. La alternativa es aceptar que la alineación atlántica conlleva costos en otras regiones, pero ofrece beneficios de seguridad y comercio que compensan.
Precedentes regionales
La escalada Irán-Estados Unidos no ocurre en vacío. Nicaragua, aliado de Irán en el hemisferio occidental, ha recibido inversión y apoyo logístico de Teherán. Venezuela, bajo el régimen de Nicolás Maduro, mantiene vínculos con la República Islámica. Aunque estos lazos no implican coordinación militar directa, sí representan una presencia iraní en el patio trasero estadounidense que Washington percibe como amenaza.
Para Colombia, esto significa que la estabilidad en Medio Oriente está conectada con la estabilidad regional. Una Irán debilitado por sanciones y conflicto podría reducir su capacidad de financiar actores desestabilizadores en el hemisferio. Pero un Irán acorralado también podría acelerar su búsqueda de aliados no convencionales, incluyendo actores no estatales en América Latina.
Salida
La ventana para diplomacia no se ha cerrado, pero se estrecha. Un acuerdo que reconozca límites mutuos en el Golfo Pérsico beneficiaría a Colombia tanto como a otros actores que dependen de la estabilidad energética global. Mientras tanto, Bogotá debe mantener su compromiso atlantista sin convertirse en rehén de una confrontación que, en última instancia, es entre Washington y Teherán, no entre Occidente e Irán en su totalidad.
La pregunta que debe hacerse el gobierno colombiano es si está preparado para los costos de una escalada prolongada: volatilidad de precios, presión migratoria desde Venezuela si la región se desestabiliza más, y erosión de márgenes diplomáticos en foros multilaterales. La respuesta no es obvia, pero la inacción tampoco es una opción.