¿Puede una nación futbolística perder el sentido de sí misma sin dejar de ganar? Brasil llega al segundo partido del Mundial 2026 con una pregunta que trasciende el marcador. El empate ante Marruecos no fue meramente un tropiezo: fue la constatación de que la maquinaria verdeamarela ya no intimida como antes, y que la estadística —superada en remates por primera vez en cuarenta años de Copas del Mundo— es síntoma de algo más profundo que una mala tarde.
Carlo Ancelotti, hombre de la tradición europea del calcio organizado, asume una tarea que no se resuelve con táctica. La selección brasileña no necesita únicamente puntos; necesita recuperar una res publica del juego que durante décadas le otorgó autoridad moral sobre el balón. Dos victorias en seis partidos oficiales no son cifras de excepción para cualquier equipo del montón, pero resultan casi sacrílegas para quien heredó la doctrina de Garrincha, de Pelé, de la jogo bonito como proyecto civilizatorio. La tensión entre el resultado inmediato y la identidad perdida es el verdadero drama de esta fase de grupos.
Del otro lado, Haití representa algo que el fútbol global raramente premia: la dignidad del debutante que no se arrodilla. Su derrota ante Escocia fue, según los testimonios de la jornada inaugural, un ejercicio de competencia leal y de insistente ambición ofensiva. Les Grenadiers vuelven a un Mundial después de cincuenta años con la humildad de quien no tiene nada que perder y, paradójicamente, con la libertad que otorga semejante desposición. Para ellos, enfrentar a Brasil no es carga ancestral sino oportunidad histórica; para la Canarinha, evitar una quinta derrota consecutiva de los haitianos en Mundiales es apenas una nota al pie de una crisis mayor.
Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, advertía sobre el peligro de las apariencias que se confunden con la esencia. El fútbol brasileño corre riesgo semejante: ha conservado la parafernalia de la grandeza —la camiseta, la expectativa mediática, la nominación de estrellas como Vinícius Júnior— mientras su sustancia se diluye en partidos funcionales, en empates que saben a derrota, en la sensación de que algo elemental se ha roto. Ancelotti no puede reconstruir ese algo en el vestuario de una concentración mundialista; apenas puede intentar que el resultado de esta noche no agudice la desnudez.
El populismo deportivo, esa retórica de la grandeza invocada sin examen, también tiene su versión en las canchas. Lula da Silva, con la aspereza que le caracteriza, llamó a Neymar “el primer convocado home office del mundo”. La frase hiere porque contiene una verdad incómoda: cuando el talento individual se convierte en excusa para la ausencia colectiva, el equipo deja de ser comunidad y se disuelve en suma de intereses privados. Brasil no es el único país que padece esta enfermedad, pero es quizás el más visible por el contraste entre su historia y su presente.
La pregunta que debería hacerse la Confederación Brasileña de Fútbol —y no se hará en plena competencia— es si la contratación de entrenadores europeos, mutatis mutandis, no responde a una fuga de ideas propias. Cuando una cultidad footballística renuncia a su propia tradición táctica y estética, ¿qué le queda? La respuesta parcial se verá esta noche contra Haití, aunque el marcador apenas iluminará la superficie de un problema que excede cualquier torneo.
Que gane Brasil, y la pregunta persistirá. Que pierda, y la crisis se declarará abierta. Entre ambos extremos, lo más probable es una victoria funcional que calme el apetito de resultados sin saciar la sed de sentido. El fútbol, como la política, a veces se contenta con aplazar el juicio final. Pero aplazar no es olvidar, y la membra de lo que fue esta selección sigue allí, inquisidora, en cada pase errado, en cada remate de contrario que supera los propios. Haití juega su partido; Brasil, el suyo, y quizás el de todos los que alguna vez creyeron que el balón podía ser arte y nación al mismo tiempo.