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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 20 jun 2026

¿Qué enseña el fútbol sobre las certezas del poder?

Brasil y Haití, Estados Unidos y Canadá: el mismo balón revela fragilidades distintas. El Mundial 2026 empieza a despejar fantasías.

¿Qué enseña el fútbol sobre las certezas del poder? — Deportes, ilustración editorial

¿Es el fútbol una metáfora confiable de la condición política, o solo una tentación retórica que debemos resistir? La pregunta merece detenerse ante lo que ocurre en el Mundial 2026, donde las eliminaciones y clasificaciones de este 20 de junio dibujan un mapa más complejo que el que sugieren los titulares deportivos.

Brasil, esa nación que durante décadas exportó su juego como símbolo de modernidad y elegancia, se encuentra hoy en la incertidumbre. No en la catastrofe definitiva, pero sí en una zona de turbulencia que los brasileños no habitan con naturalidad. La selección de Tite —ahora de Dorival Júnior— cargaba con la expectativa de quienes creen que el talento individual resuelve lo que la organización colectiva no alcanza a tejer. Popper advertía sobre el “historicismo” de quienes predican destinos ineluctables; el fútbol brasileño parece haber creído durante lustros en su destino ineluctable. La derrota, o el empate incómodo, funciona como corrección necesaria: ninguna tradición, por luminosa, garantiza resultados sin instituciones sólidas. El fútbol, como la república, exige renovación permanente.

Haití, por su parte, representa una narrativa distinta pero no opuesta. Su eliminación no sorprende a los observadores cuantitativos, pero sí interpela a quienes seguimos con simpatía el esfuerzo de naciones que compiten sin la infraestructura de las potencias. Arendt distinguía entre poder y violencia: el poder surge de la acción concertada, mientras la violencia es instrumental y acaba por destruir lo que pretende servir. Haití llegó al Mundial con poder en ese sentido estricto —la movilización de una comunidad, la voluntad de existir en el escenario global— pero careció de los instrumentos que el fútbol profesionalizado exige. No es una lección de resignación, sino de la distancia que separa la aspiración legítima de las condiciones materiales para sostenerla. Los colombianos debemos recordarlo cuando evaluamos nuestras propias instituciones deportivas, no pocas veces abandonadas al discurso de la pasión sin inversión sistemática.

Estados Unidos y Canadá ofrecen el contrapunto institucional. Ambos clasificaron a los dieciseisavos de final con solvencia que no emociona pero que sí resiste. Tocqueville, al estudiar la democracia norteamericana, notó la fuerza de las asociaciones intermedias: esos espacios entre el individuo y el Estado donde se tejen los hábitos de cooperación. El fútbol en Norteamérica ha crecido en exactamente esa lógica —sin la fiebre popular de otras latitudes, pero con ligas organizadas, academias funcionales y una planificación que el torneo corto premia. No es mejor fútbol, en sentido estético; es fútbol más predecible, más administrado. La pregunta que deberíamos hacernos es si esa previsibilidad institucional no constituye, mutatis mutandis, una ventaja competitiva que el resto del continente subestima.

El gobierno colombiano actual ha insistido en el deporte como derecho social, una formulación que no está exenta de mérito cuando se trata de acceso y salud pública. Pero la columna del martes debe ser honesta: la retórica de la inclusión no reemplaza la planificación técnica, ni los subsidios puntuales compensan décadas de desinversión en formación de entrenadores y condiciones laborales dignas para los deportistas. Cuando el gobierno acierta en reconocer el deporte como política pública, lo decimos. Cuando reduce esa política a gestos simbólicos, también.

La oposición, por su parte, no tiene aquí un campo limpio. Durante décadas, los gobiernos de centro y derecha administraron el deporte colombiano con la misma lógica clientelar que ahora denuncian. La diferencia entre un estadio inaugurado con pompa y una cancha de barrio con drenaje funcional no es ideológica; es de prioridades concretas. El antídoto contra el sesgo partidista, en esto como en lo demás, es documentar: ¿cuántos recursos del Fondo Nacional del Deporte se ejecutaron realmente en 2024? ¿Cuántos contratos de infraestructura deportiva se cayeron por sobrecostos?

El Mundial sigue. Brasil puede recuperarse, Haití ya no, Estados Unidos y Canadá avanzan con paso de funcionario eficiente. Lo que el torneo deja en esta jornada es una invitación a pensar el deporte como res publica: algo que nos compete a todos, que exige instituciones transparentes y que no se rige por la magia de las tradiciones ni por la voluntad retórica de quienes lo instrumentan. El balón, al fin, rueda donde la cancha está nivelada.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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