¿Qué nos dice el fútbol sobre las naciones que lo juegan, más allá del resultado?
La noche del lunes 29 de junio ofreció tres respuestas distintas, todas ellas instructivas. Brasil, Paraguay y Marruecos —con matices opuestos— ilustraron esa verdad que Tocqueville habría reconocido en el ánimo de las democracias: el deporte masivo es, en última instancia, un espejo donde las sociedades contemplan sus propias fantasías sobre el mérito, el sufrimiento y el destino. No se trata de banalizar la política con metáforas deportivas, sino de reconocer que ciertas victorias —y ciertas derrotas— revelan algo sobre cómo una comunidad imagina su propia resiliencia.
Brasil, ante Japón, encarnó el modelo que los latinoamericanos conocemos con ambivalencia: la supremacía que se sostiene por inercia histórica más que por dominio presente. La Canarinha estuvo contra las cuerdas en Houston, superada en organización por un equipo nipón que se adelantó con gol de Kaishu Sano y que mereció, por largos tramos, prolongar su permanencia en el certamen. Que la remontada llegara por cabeza de Casemiro y, en el minuto 96, por los pies de Gabriel Martinelli, no borra la inquietud: una selección que relega a Neymar al banquillo durante noventa minutos y que necesita del desenlace dramático para sobrevivir, está lejos de la hegemonía que su nombre evoca. El triunfo, sin embargo, mantiene viva la ilusión continental. En octavos, el rival saldrá del duelo entre Noruega y Costa de Marfil.
Paraguay, en cambio, ofreció una lección distinta de persistencia. Frente a Alemania, la Albirroja no pretendió el dominio: lo suyo fue la resistencia organizada, la fe en los penales como territorio de igualdad formal donde el poderío económico del rival no opera. El empate 1-1, con gol de Julio Enciso y empate posterior de Kai Havertz, fue apenas el preludio de una tanda donde Orlando Gill, arquero de veintiséis años en el San Lorenzo argentino, se convirtió en muro. Dos atajadas suyas, más el disparo desviado de Tah, dejaron a José María Canale la tarea de ejecutar el penal definitivo. La gesta paraguaya no admite lectura epicista fácil: no fue el triunfo del talento sobre la máquina, sino la demostración de que en el fútbol, como en ciertas formas de institucionalidad frágil, la preparación específica para momentos críticos puede compensar desigualdades estructurales. Paraguay espera ahora entre Francia y Suecia.
Pero la jornada guardaba su momento más humano en Monterrey, y no precisamente en la victoria. Cody Gakpo anotó el gol que clasificó a Países Bajos sobre Marruecos, asistido por Crysencio Summerville. La celebración, sin embargo, fue llanto: el delantero del Liverpool se tendió sobre el césped desconsolado, abrazado por compañeros que conocían la razón. El sábado anterior, la pareja de Gakpo había anunciado que el hijo que esperaban falleció durante el embarazo. Que el futbolista decidiera jugar —y que marcara— no es argumento para la retórica del “coraje deportivo” que tanto daño ha hecho a la salud mental de los atletas. Es, más bien, una imagen de la imposibilidad de separar las vidas que llevamos de las funciones que desempeñamos. Gakpo no fue héroe ni mártir: fue un hombre que, en medio del duelo, cumplió con su oficio público. La distinción importa.
Marruecos, por su parte, completó la noche con otra clasificación desde los penales, esta vez ante la Naranja Mecánica. El empate de Issa Diop en el tiempo extra, tras el gol inicial de Gakpo, y la posterior atajada de Bono en la tanda, mantienen con vida a una selección que en Qatar 2022 ya había mostrado que el fútbol africano no necesita condescendencia narrativa. Los marroquíes no “apelan al milagro”, como sugiere el titular original: construyen resultados con arquitectura defensiva y nervio en los momentos decisivos. El milagro es categoría teológica; lo suyo es trabajo colectivo.
¿Qué queda, entonces, de esta jornada? Que el fútbol mundialista, lejos de la homogeneización que temen los puristas, sigue permitiendo que estilos distintos —el sufrimiento brasileño, la resistencia paraguaya, la contención marroquí— compitan en igualdad de condiciones formales. Que los individuos, como Gakpo, atraviesen el escenario público con dolores privados que no debemos instrumentalizar. Y que, en tiempos de torneos expansivos y formatos discutidos, la eliminación directa conserva su virtud democrática: un mal día, un arquero inspirado, un penal errado, pueden alterar jerarquías que parecían consolidadas. No es justicia, exactamente. Pero tampoco es mero azar. Es, en el sentido más antiguo, agon: competencia como prueba, no como destino garantizado.
Los octavos de final recibirán a dos sudamericanos que llegaron por caminos opuestos. El continente deberá preguntarse si esto es resurgimiento o mero rezago de grandeza pasada. La pregunta, como suele ocurrir, solo la responderá el torneo siguiente.