¿Existen las hazañas sin historia, o solo las confundimos con el final de un largo aprendizaje? Paraguay, que este lunes eliminó a Alemania en la tanda de penales tras empatar 1-1 en los dieciseisavos de final del Mundial 2026, obliga a repensar la pregunta. No porque el triunfo carezca de mérito —lo tiene, y de enorme magnitud—, sino porque su celebración compulsiva en las redes sociales oculta algo que los colombianos, mutatis mutandis, deberíamos recordar: las victorias que parecen instantáneas suelen ser el resultado de décadas de construcción silenciosa.
La Albirroja llegó a este duelo con una tradición que no necesita inventarse. El arquero Orlando Gill, figura indiscutible de la jornada con dos atajadas decisivas en la serie, milita en San Lorenzo, un club donde la exigencia formativa sigue patrones que en otros países de la región se han diluido. Enciso, autor del gol que mantuvo con vida a su equipo durante noventa minutos, y Galarza, asistidor preciso desde el mediocampo, representan una generación que no emergió de la nada sino de una estructura de competencias juveniles que Paraguay mantuvo cuando otros —nosotros incluidos— la abandonaron por la vía del cortoplacismo comercial. La fuente original del diario La Opinión de Cúcuta registra con corrección periodística los nombres y los hechos, pero no alcanza a explicar el porqué de la sorpresa. Ese análisis compete al ensayo.
Alemania, por su parte, consumó su tercer fracaso consecutivo en una Copa del Mundo. La noticia parece anecdótica para quienes crecimos con la idea de una selección europea invencible, pero resulta paradigmática si se la lee con distancia histórica. Los germanos no dejaron de producir talento —Kai Havertz, Florian Wirtz, Jamal Musiala son nombres solventes—, pero sufren de una enfermedad que Tocqueville habría reconocido: la dificultad de mantener instituciones que funcionan cuando el entorno competitivo las desafía con reglas nuevas. El VAR anuló un gol de Jonathan Tah en el tiempo extra por una falta sobre Gill; la tecnología, bien usada, niveló un campo donde la jerarquía tradicional ya no alcanza. Los alemanes protestaron, como protestan quienes creen que el mero prestigio debe garantizar el resultado.
¿Qué tiene esto que ver con Colombia? Todo, si se mira con atención. Nuestra selección escaló dos puestos en el ranking FIFA en la misma semana, según reporta la misma fuente citada por La Opinión. Daniel Muñoz habló de “cosas grandes” con una fe que no esconde la ambición. Pero la fe sin estructura —sin la paciencia paraguaya de décadas, sin la constancia de quienes no venden la formación juvenil por un contrato inmediato— suele convertirse en ilusión fugaz. Los colombianos debemos, aquí uso la primera persona del plural con parsimonia, aprender a distinguir entre el optimismo legítimo y la euforia que olvida los cimientos.
Paraguay enfrentará en octavos al ganador del duelo entre Francia y Suecia. El sábado 4 de julio en Filadelfia sabremos si la hazaña fue un destello o el inicio de algo más sólido. La pregunta, empero, no es solo futbolística. Es política, en el sentido más antiguo del término: cómo se organiza una comunidad para producir resultados duraderos. La res publica del deporte sudamericano necesita menos celebraciones ruidosas y más silencios de laboratorio donde se forjen los arqueros que atajan no solo penales, sino la desesperanza de quienes creen que todo se resuelve en el mercado de pases del próximo semestre.
El cierre de esta historia no puede ser triunfalista. Paraguay aún puede caer el sábado; Alemania seguirá siendo potencia en otras competencias. Pero el episodio deja una línea para pensar que no se agota en el estadio. En tiempos donde el gobierno colombiano actual promete resultados inmediatos sin los cimientos institucionales que los hagan sostenibles, donde la oposición a veces confunde la crítica con la demolición sin proyecto, la lección de la Albirroja es incómoda: las cosas que duran se construyen cuando nadie mira. Esa es la única hazaña que realmente importa.