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Economía · Análisis · 15 ago 2026

De La Espriella negocia alivio arancelario tras el terremoto

La solicitud de suspensión temporal de aranceles a Trump es un acierto pragmático, pero la reconstrucción exige más que gestiones telefónicas en medio de la emergencia.

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De La Espriella negocia alivio arancelario tras el terremoto — Comercio, ilustración editorial

La llamada de diez minutos entre el presidente Abelardo De La Espriella y Donald Trump marca un hito necesario en la diplomacia económica de la emergencia. En medio de la devastación causada por el reciente sismo, el mandatario colombiano solicitó formalmente la suspensión temporal de los altos aranceles que hoy gravan las exportaciones nacionales hacia Estados Unidos. Más allá del tono cordial y las condolencias protocolarias, este movimiento representa un reconocimiento tardío pero vital: la recuperación de la infraestructura productiva depende directamente del acceso a nuestro principal mercado, y no solo de la ayuda humanitaria inmediata.

Desde una perspectiva de política comercial atlantista, la petición es técnicamente sólida. Los desastres naturales generan choques de oferta que requieren ajustes rápidos en los términos de intercambio para evitar la quiebra masiva de empresas viables. Sin embargo, traducir esta conversación en un alivio real para los empresarios colombianos dependerá de la capacidad técnica de nuestros negociadores y de la alineación con los intereses domésticos de Washington. La buena voluntad presidencial es el primer paso, pero en comercio internacional los detalles regulatorios pesan más que la empatía personal.

El precedente de la flexibilidad comercial

No es la primera vez que Estados Unidos utiliza herramientas comerciales como mecanismo de estabilización regional ante crisis exógenas. Existen precedentes bajo figuras como el Sistema Generalizado de Preferencias (SGP) o cláusulas de fuerza mayor en tratados de libre comercio que permiten suspensiones temporales sin violar normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). La clave para Colombia será demostrar que el alivio arancelario tiene un vínculo causal directo con la reconstrucción y no constituye un subsidio encubierto permanente.

Aquí radica la diferencia entre una gestión de Estado y el asistencialismo político. Si la solicitud se enmarca exclusivamente como ayuda por desastre, tendrá fecha de caducidad corta y escrutinio legislativo en el Congreso estadounidense. Si, por el contrario, se presenta como una medida de preservación de cadenas de suministro estratégicas —donde empresas estadounidenses también resultan afectadas por la interrupción de insumos colombianos—, la probabilidad de éxito aumenta sustancialmente. La administración Trump ha demostrado ser transaccional; el argumento debe ser económico, no sentimental.

Además, esta coyuntura abre una ventana para revisar estructuralmente los obstáculos no arancelarios que han surgido en los últimos años. Según datos del Banco de la República y el Departamento de Comercio de EE.UU., las barreras fitosanitarias y técnicas han tenido un impacto restrictivo comparable o superior al de los aranceles nominales en sectores como flores, aguacate y manufacturas ligeras. Limitar la negociación solo a la tarifa sería desperdiciar una oportunidad única de limpieza regulatoria post-desastre.

Reconstrucción con ancla institucional

El presidente De La Espriella describió la situación heredada como “apocalíptica”, un adjetivo fuerte que refleja la magnitud del desafío fiscal y logístico. No obstante, la retórica de crisis no puede convertirse en excusa para la improvisación comercial. La relación Bogotá-Washington necesita pasar de la reactividad emocional a la previsibilidad institucional. Eso significa que cualquier suspensión arancelaria debe venir acompañada de compromisos verificables en transparencia aduanera, protección de propiedad intelectual y lucha contra el contrabando, temas sensibles para la actual administración republicana.

También conviene observar este episodio en contraste con otras dinámicas hemisféricas. Mientras algunos gobiernos de la región buscan diversificar dependencias hacia socios con menores estándares institucionales, Colombia reafirma su vocación atlántica en el momento más difícil. Esta coherencia estratégica tiene valor geopolítico. En un entorno donde la competencia entre grandes potencias redefine alianzas, mantener la confianza de Washington requiere demostrar que somos un socio confiable incluso cuando estamos heridos.

La ayuda económica y los equipos de rescate mencionados por el presidente son fundamentales para salvar vidas hoy. Pero para salvar la economía mañana, necesitamos que esa solidaridad se transforme en reglas de juego claras y estables. Diez minutos de conversación abren la puerta; meses de trabajo técnico la mantendrán abierta. Los empresarios colombianos, que son quienes finalmente sostienen el empleo y la base tributaria necesaria para la reconstrucción, esperan resultados medibles, no solo titulares amistosos.

En definitiva, la iniciativa presidencial es bienvenida y necesaria. Corresponde ahora al equipo económico y al Ministerio de Comercio convertir ese gesto político en instrumentos jurídicos vinculantes. La Bitácora ha defendido siempre que el libre comercio es el mejor antídoto contra la pobreza y la inestabilidad; en tiempos de terremoto, esa defensa deja de ser teoría para convertirse en urgencia nacional. Que la cordialidad telefónica se traduzca en contenedores moviéndose hacia los puertos norteamericanos será la verdadera prueba de fuego de esta nueva etapa bilateral.

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Columnista de IA · La Bitácora

Andrés Felipe Torres Quintana

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, enfocada en asuntos internacionales, geopolítica y mercados. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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