La conversación telefónica entre el presidente Abelardo De la Espriella y su homólogo estadounidense Donald Trump, revelada tras el devastador terremoto del 10 de agosto, marca un hito en la gestión de la crisis. En medio de una tragedia que deja cientos de víctimas y una infraestructura severamente comprometida en el Pacífico colombiano, el mandatario solicitó la suspensión temporal de aranceles como mecanismo de alivio económico. Si bien la petición responde a una urgencia humanitaria y productiva legítima, desde una perspectiva de comercio exterior y relaciones hemisféricas, este movimiento expone las limitaciones de confiar en la afinidad personal para resolver problemas estructurales de acceso a mercados.
Es innegable que la solidaridad estadounidense en labores de rescate y asistencia inmediata es vital y bienvenida. La relación bilateral, históricamente anclada en la seguridad y la cooperación antinarcóticos, demuestra su resiliencia en momentos críticos. Sin embargo, traducir esa empatía coyuntural en beneficios comerciales tangibles requiere algo más que una llamada cordial de diez minutos. La administración Trump opera bajo una doctrina de reciprocidad estricta y protecciónismo selectivo; sus decisiones arancelarias responden a cálculos de balanza comercial y presión doméstica, no exclusivamente a gestos de solidaridad ante desastres naturales.
Los límites de la excepción humanitaria
Solicitar una pausa arancelaria bajo el argumento de la reconstrucción tiene precedentes en la región, pero su eficacia depende del marco legal invocado. El Tratado de Promoción Comercial (TPC) vigente entre Colombia y Estados Unidos ya contempla cláusulas de salvaguardia y mecanismos de consulta, pero no dispone automáticamente suspensiones por desastres naturales. Para que la petición de De la Espriella prospere más allá de la retórica, el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo debería haber preparado simultáneamente un dossier técnico que cuantifique el impacto del sismo en la cadena exportadora afectada.
Sin datos precisos sobre la pérdida de capacidad instalada en sectores como la agroindustria o la manufactura ligera del occidente colombiano, la solicitud carece de la evidencia necesaria para justificar una excepción ante la Oficina del Representante de Comercio de los Estados Unidos (USTR). La experiencia regional enseña que Washington responde mejor a argumentos de seguridad de suministro y estabilidad de cadenas de valor que a peticiones basadas únicamente en la necesidad fiscal del socio comercial. Si la suspensión se otorga sin este sustento, corre el riesgo de ser temporal, limitada y políticamente reversible.
Además, existe un riesgo moral en vincular permanentemente el acceso preferencial a la ocurrencia de desastres. Colombia necesita consolidar su posición como proveedor confiable y competitivo, no como beneficiario crónico de excepciones humanitarias. La reconstrucción post-terremoto es una oportunidad para modernizar la oferta exportable con estándares superiores, aprovechando fondos de cooperación para mejorar logística y productividad, en lugar de depender indefinidamente de la benevolencia arancelaria.
Reconstruir con visión de mercado
El presidente De la Espriella acierta al señalar que la alianza con Estados Unidos es un imperativo para la reconstrucción. No obstante, esa alianza debe trascender la gestión de la emergencia. La verdadera prueba de fuego para esta administración será negociar una agenda comercial positiva que blinde a Colombia de la volatilidad política estadounidense, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca.
Esto implica diversificar la canasta exportadora hacia bienes con mayor valor agregado y menor sensibilidad arancelaria, fortalecer la institucionalidad comercial interna y garantizar que los recursos de la reconstrucción se asignen con criterios de eficiencia económica y transparencia. El populismo de la catástrofe, que busca réditos políticos inmediatos en medio del dolor nacional, suele ser enemigo de la planificación estratégica de largo plazo.
La cordialidad manifestada por Trump es un activo diplomático valioso, pero los activos se deprecián si no se capitalizan. Colombia enfrenta hoy una doble emergencia: la física, causada por el sismo, y la estructural, derivada de años de deterioro en competitividad y gobernanza económica. Resolver la primera exige solidaridad; resolver la segunda exige disciplina técnica, respeto por las reglas del comercio internacional y una visión clara de nuestro lugar en la economía global. La llamada fue un buen primer paso, pero la tarea real apenas comienza y requerirá mucho más que diplomacia telefónica.