Edición N.º 2723 Domingo, 14 de junio de 2026 · Bogotá
· · Iniciar sesión Suscribirse
La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 14 jun 2026

Ecuador y el peso de una derrota que no es solo futbolística

La caída ante Costa de Marfil obliga a reflexionar sobre qué esperamos de una selección que representa a una república en crisis institucional.

Ecuador y el peso de una derrota que no es solo futbolística — Deportes, ilustración editorial

¿Qué significa perder un partido de fútbol cuando la nación que representás ya ha perdido tanto en otros terrenos? La derrota de Ecuador ante Costa de Marfil, consumada en el tiempo añadido por un gol de Amad Diallo en Filadelfia, no es un hecho aislado deportivo. Es, mutatis mutandis, un espejo donde los ecuatorianos —y quienes observamos América Latina desde la distancia— podemos leer algo más inquietante que una mala tarde de junio.

El resultado, 1-0, fue injusto en la forma: tres disparos al palo, un duelo igualado que se resolvió por una jugada de velocidad pura, no de superioridad táctica. Pero en el fútbol, como en la política, la justicia del proceso raramente coincide con la justicia del resultado. Los ecuatorianos llevan ahora tres partidos mundialistas sin victoria, una racha que pesa más allá de las estadísticas. Pesa porque llega en un momento donde la institucionalidad ecuatoriana atraviesa su propio tiempo de reposición, donde las decisiones se toman después del plazo reglamentario, donde el desborde de un sector puede definir el destino de todo un sistema.

Alemania, por su parte, cumplió con la lógica de la res publica futbolística: orden, jerarquía, eficiencia. La goleada 7-1 sobre Curazao no fue solo exhibición de talento individual —Musiala, Havertz, Undav— sino de una estructura que funciona. Los alemanes no necesitaron dramatismos: a los seis minutos ya marcaban, al descanso tenían resuelto el partido, en la segunda mitad administraron la diferencia con la misma parsimonia con que administran sus instituciones democráticas. No es casualidad que la misma nación que produce goles con esta regularidad sea también la que, con errores y aciertos, ha sostenido durante décadas un modelo de Estado de derecho que nosotros, en esta orilla del Atlántico, contemplamos con mezcla de admiración y frustración.

Curazao, sin embargo, merece una pausa distinta. El empate transitorio de Livano Comenencia al minuto 21, la primera celebración mundialista de una nación insular de ciento sesenta mil habitantes, es lo que Hannah Arendt habría reconocido como el surgimiento de lo público: un acto que no necesita grandeza para ser significativo. La ‘Ola Azul’ perdió por goleada, pero salió del estadio con algo que Ecuador, paradójicamente, no tiene ahora: una historia para contar que no está mediada por la obligación de ganar.

La tabla del Grupo E dibuja una geografía implacable. Alemania lidera con diferencia de gol +6, Costa de Marfil ocupa el segundo lugar con +1, Ecuador y Curazao están en cero puntos, aunque la diferencia de gol de los sudamericanos (-1) les permite una ventaja matemática que no es consuelo alguno. Los próximos partidos —Ecuador contra Curazao el 20 de junio, luego contra Alemania el 25— configuran una sucesión de finales anticipadas que recuerdan, en su estructura, lo que Karl Popper describía sobre la sociedad abierta: la posibilidad de corrección mediante el error, la chance de que una derrota no sea definitiva si quedan instancias para rectificar.

Pero aquí reside la tensión central de esta columna. ¿Puede una selección nacional rectificar en el campo lo que la nación no ha logrado rectificar en sus instituciones? Los colombianos debemos ser cautelosos con esta pregunta, pues sabemos demasiado bien cómo el futbol funciona como válvula de escape de frustraciones políticas que deberían resolverse en otros ámbitos. No es lo mismo observar el juego como espectáculo que como sustituto. Cuando Ecuador se enfrente a Curazao en Kansas City, no será solo por tres puntos: será por la posibilidad de demostrar que una derrota inicial puede ser, como decía Tocqueville sobre las revoluciones democráticas, el comienzo de una recomposición y no el fin de una esperanza.

El cierre del grupo, contra Alemania en Nueva Jersey, podría ser entonces un duelo simbólico entre dos concepciones del orden: la que se construye con paciencia institucional y la que se improvisa con talento individual. Ecuador tiene el segundo; le falta demostrar que puede acceder al primero, al menos durante noventa minutos reglamentarios. Y si no, si la eliminación llega, quedará la pregunta que esta columna no resuelve: ¿por qué en América Latina seguimos esperando que el fútbol nos redima de lo que no resolvemos en el Congreso, en los tribunales, en la plaza pública?

Espacio publicitario 728 × 120
Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

Ver todas sus columnas

La conversación

Para participar en la conversación necesitás registrarte como lector. Sin contraseñas — un enlace al correo y entrás.

Registrarme para comentar

Sé el primero en comentar.