¿Qué nos dice una predicción de probabilidad sobre el destino de un partido de fútbol? La pregunta no es trivial. Cuando un modelo de inteligencia artificial proyecta, según reporta La República, que Alemania vencerá a Costa de Marfil con un 59% de opciones de triunfo, estamos ante un experimento que merece examen filosófico tanto como deportivo.
La misma fuente, metódica en su registro, detalla que el marcador de 2-1 concentra apenas un 14% de probabilidad, seguido del 1-0 con 13% y el 2-0 con 12%. La suma no alcanza la certeza; la dispersión es notable. Esto nos recuerda algo que Karl Popper enseñó sobre las ciencias sociales: la predicción histórica es epistemológicamente imposible cuando entran en juego variables humanas no cuantificables. El fútbol, esa res publica de emociones colectivas, es terreno abonado para la refutación de cualquier modelo determinista.
Sin embargo, reconozcamos el mérito metodológico. Los algoritmos actuales procesan datos que ningún entrenador de los años ochenta podía soñar: velocidad de sprint, mapas de calor, presión defensiva, historial de lesiones, calidad del sueño, incluso variables meteorológicas. El porcentaje reportado no es un número arbitrario; es el producto de una racionalidad instrumental que Tocqueville habría reconocido como propia de las democracias modernas: la tendencia a cuantificar lo incuantificable para dominar la ansiedad ante lo incierto.
Aquí reside el dilema. Si Alemania cumple el pronóstico, el algoritmo se legitima; si falla, se atribuye al azar inherente al deporte. Es una asimetría que beneficia siempre al modelo, mutatis mutandis, como quien dice que la profecía se cumplió o que las circunstancias eran excepcionales. Los colombianos conocemos esta lógica: hemos visto selecciones superiores caer ante rivales teóricamente inferiores, y no siempre por mérito táctico. El fútbol tiene una dimensión trágica que resiste la hoja de cálculo.
Costa de Marfil, en este escenario, no es mero receptor de probabilidades. Es actor con agencia propia, con historia futbolística que incluye generaciones de jugadores formados en academias francesas y belgas, con una identidad de juego que el modelo puede subestimar. Hannah Arendt advertía sobre el peligro de reducir la acción humana a procesos predecibles; el natality, la capacidad de iniciar algo nuevo e inesperado, es constitutiva de la condición humana. Un contraataque, un error arbitral, un instante de genio individual: el fútbol abunda en estos novum que desarman las predicciones.
No es que la IA carezca de utilidad. Los clubes europeos la emplean para scouting, para gestión de plantillas, para prevención de lesiones. Pero hay una diferencia entre optimizar procesos y pretender cerrar el futuro con una cifra. La probabilidad de victoria alemana reportada por La República es, en rigor, una probabilidad complementaria de no-victoria. Casi una de cada dos veces, el modelo espera que algo distinto ocurra. Esa ambigüedad, que los medios suelen ocultar en el titular seductor, es donde reside la honestidad intelectual.
Un entrenador que decidiera sus alineaciones exclusivamente por modelo predictivo no duraría una temporada; necesita lectura de grupo, intuición, capacidad de improvisación ante lo imprevisto. La técnica sirve, pero no reemplaza la deliberación. Así en cualquier ámbito de la acción humana.
Alemania, históricamente, encarna una tradición de eficiencia sistemática que parece afín a la lógica algorítmica. Costa de Marfil, en cambio, representa el talento individual africano que a menudo florece en contextos de menor estructura institucional. El encuentro entre ambas selecciones es, en cierto sentido, el choque entre dos concepciones del orden: la planificación racionalista y la creatividad emergente. La IA, producto de la primera, naturalmente favorece a quien se le parece.
El partido se jugará, y el marcador real será el único veredicto válido. Pero mientras tanto, que un medio financiero dedique espacio a estas proyecciones dice algo de nuestra época: la economía y el deporte se han vuelto inseparables, ambos colonizados por la lógica de la apuesta y el riesgo calculado. El espectador contemporáneo no solo consume fútbol; consume probabilidades, discute expected goals, se vuelve aficionado a la metarrealidad numérica.
¿Es esto progreso o pérdida? La pregunta permanece abierta. Lo que sí podemos afirmar, sin caer en el panfleto tecnofóbico ni en la celebración acrítica, es que el 2-1 proyectado será, en el momento del pitazo inicial, tan hipotético como cualquier otro resultado. La belleza del deporte reside precisamente en esa suspensión del juicio que ningún algoritmo puede resolver por nosotros.