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Política · Análisis · 17 may 2026

El centroismo en 2026 necesita más que una alternativa

Claudia López compite en primera vuelta como rostro del centro político. Su gestión bogotana será decisiva para demostrar si esa oferta electoral es viable o residual.

La fragmentación electoral de 2026 presenta un escenario que, en teoría, favorece al centroismo. Mientras la polarización entre izquierda y derecha domina el debate nacional, existe un espacio político que permanece disperso: votantes que rechazan tanto el petrismo como el uribismo, pero que buscan una tercera opción creíble.

Según reportó La Silla Vacía, Claudia López llegó a la contienda presidencial como una de las caras visibles de esa oferta de centro. En las consultas interpartidistas del 8 de marzo acumuló votos que dejaron herida su primera candidatura presidencial. No es un número menor, pero tampoco es suficiente para garantizar una segunda vuelta sin alianzas estratégicas.

Lo que distingue la candidatura de López es su trayectoria institucional verificable. Fue alcaldesa de Bogotá durante gobiernos de izquierda nacional. Eso importa. Gobernó una ciudad grande, compleja, con presupuesto significativo y conflictividades múltiples. No es lo mismo ser senadora que ser alcaldesa. La gestión pública deja cicatrices y logros que son medibles.

Su propuesta central parece ser la siguiente: existe una Colombia que no se define por la confrontación entre bloques ideológicos cerrados, sino por criterios de mérito, institucionalidad y moderación. Una Colombia de clase media que ha construido luchas ciudadanas sin necesidad de alinearse con la izquierda o la derecha. En teoría, ese es un espacio electoral real.

Sin embargo, el centroismo colombiano enfrenta un problema estructural que antecede a esta campaña: tiende a ser residual en contextos de polarización. Cuando los votantes perciben que está en juego la dirección fundamental del país, migran hacia los polos. El voto centrista prospera en momentos de estabilidad institucional, cuando los electores pueden permitirse el lujo de votar por matices. En momentos de turbulencia, los matices desaparecen.

La pregunta que debe responder López es si su gestión en Bogotá fue lo suficientemente exitosa como para que los votantes de centro confíen en que puede gobernar el país. Eso requiere un balance claro: qué funcionó, qué no, y por qué. Los gobiernos locales son laboratorios políticos. Si el experimento fue exitoso, hay un argumento. Si fue mixto o problemático, el argumento se debilita.

Otro factor es la capacidad de construcción de coaliciones. Un candidato de centro que llega a segunda vuelta necesita una alianza clara. ¿Con quién pactaría López en un eventual ballottage? ¿Con la derecha institucionalista? ¿Con sectores de la izquierda moderada? La respuesta a esa pregunta determina si el centroismo es una oferta electoral genuina o un voto de protesta.

La línea editorial de La Bitácora ha sido consistente: cuando la institucionalidad se debilita, el Estado de derecho se erosiona y la independencia judicial se ve comprometida, la defensa del centroismo institucionalista es una prioridad. Pero esa defensa debe ser rigurosa. No se trata de apoyar al centrismo por ser centrismo. Se trata de evaluar si la propuesta de centro que se presenta es creíble, viable y coherente con los principios que decimos defender.

López representa una alternativa a la polarización. Eso es un activo. Pero en política, las alternativas no ganan por serlo. Ganan cuando logran convencer a suficientes votantes de que pueden gobernar mejor. Eso es lo que está en juego en estas semanas previas a la primera vuelta.

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Columnista de La Bitácora

Catalina Restrepo Mejía

38 años, Medellín. Egresada de Ciencia Política de EAFIT con maestría en Periodismo de los Andes. 15 años cubriendo contratación pública y política regional.

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