La cotización del dólar en Colombia registró una baja de 22 pesos en la jornada reciente, un movimiento que los mercados atribuyen a las expectativas sobre la mediación en el conflicto entre Estados Unidos e Irán. Sin embargo, interpretar esta variación como una tendencia estructural favorable para la economía colombiana sería un error de diagnóstico. La apreciación coyuntural del peso responde a flujos de capital especulativo y a la aversión al riesgo global, no a una mejora en nuestros fundamentos macroeconómicos ni a un fortalecimiento real de la relación bilateral con Washington.
La paradoja del refugio y el riesgo petrolero
Es contraintuitivo para muchos observadores que el dólar se debilite frente al peso en un momento de escalada militar en Medio Oriente. Históricamente, los choques geopolíticos en esa región han fortalecido al billete verde como activo refugio y han disparado el precio del Brent, beneficiando los ingresos fiscales de Colombia. Lo que vemos hoy es una excepción técnica: los operadores están descontando una resolución diplomática rápida o, al menos, una contención del conflicto que evite un cierre del Estrecho de Ormuz. Esta apuesta por la desescalada reduce la prima de riesgo inmediata y genera ventas técnicas de dólares en mercados emergentes con alta liquidez como el colombiano.
No obstante, esta dinámica es frágil. Según datos del Banco de la República, la volatilidad implícita del peso sigue en niveles elevados, lo que señala que los agentes económicos no han eliminado sus coberturas. Si las negociaciones fracasan o si se confirma una interrupción prolongada en el suministro de crudo, la correlación tradicional volverá a imponerse: el dólar subiría con fuerza y el petróleo también, pero esta vez acompañado de un choque de oferta negativo para la economía global. Para Colombia, que importa combustibles refinados y bienes de capital, un escenario de petróleo caro por razones bélicas es inflacionario y contractivo, independientemente de los ingresos por exportación de crudo pesado.
Fundamentos vs. ruido geopolítico
Más allá de la coyuntura de los 22 pesos, la preocupación central debe ser la ausencia de anclas estructurales que sostengan la tasa de cambio en niveles competitivos. La relación comercial con Estados Unidos, nuestro principal socio, enfrenta vientos de cola menos favorables que hace una década. La balanza comercial sigue siendo deficitaria en términos no minero-energéticos y la Inversión Extranjera Directa (IED) se concentra en sectores primarios, sin la diversificación necesaria para generar divisas sostenibles.
Desde una perspectiva atlantista y pro-mercado, la lección es clara: no podemos depender de la geopolítica de otros para gestionar nuestra estabilidad cambiaria. La apreciación actual es un espejismo si no viene acompañada de reformas que mejoren la productividad y la seguridad jurídica. Los inversionistas internacionales, según reportes de la Americas Society/Council of the Americas, siguen valorando la institucionalidad colombiana, pero exigen señales claras de que el Estado de derecho y la independencia de los entes de control no están sujetos a vaivenes políticos internos. Cada vez que el gobierno actual instrumentaliza instituciones o envía señales ambiguas sobre el respeto a los contratos, la prima de riesgo país aumenta, haciendo que cualquier fortalecimiento del peso sea efímero y reversible.
Implicaciones para la región andina
Este episodio tiene lecturas regionales. Ecuador y Perú enfrentan dinámicas similares, donde la tasa de cambio actúa como amortiguador de choques externos pero también como termómetro de la confianza institucional. En Quito y Lima, la depreciación ha sido más contenida gracias a marcos fiscales más anclados y a una menor polarización política. Bogotá, en cambio, sigue pagando un sobrecosto por la incertidumbre doméstica. Mientras la región andina busca profundizar la integración comercial y atraer inversión cerca de las cadenas de suministro norteamericanas (nearshoring), Colombia pierde competitividad cambiaria no por productividad, sino por riesgo político idiosincrático.
En conclusión, la baja del dólar de hoy es un dato táctico, no estratégico. Celebrar una apreciación impulsada por la especulación sobre conflictos ajenos es tan peligroso como lamentar una depreciación por las mismas causas. La tarea pendiente sigue siendo la misma: construir una economía que genere divisas por valor agregado y confianza institucional, no por apuestas sobre la duración de una crisis en el Golfo Pérsico. Hasta que eso ocurra, seguiremos siendo espectadores reactivos de una geopolítica que no controlamos, con una moneda que baila al ritmo de noticias que no producimos.