La Tasa Representativa del Mercado (TRM) cerró este jueves en 3.459,53 pesos, marcando un alza que interrumpió la tendencia bajista de las últimas semanas. Aunque el peso colombiano ha mostrado una fortaleza relativa frente a sus pares regionales en lo corrido del año, los fundamentales que sostienen esta apreciación son frágiles. Los analistas de Grupo Cibest advierten que la calma actual no elimina los riesgos estructurales y proyectan un comportamiento lateral con alta volatilidad, estimando niveles cercanos a los 3.615 pesos para el segundo trimestre de 2026.
Esta proyección no es un ejercicio de especulación cambiaria aislada, sino un reflejo de la prima de riesgo que el mercado sigue asignando a Colombia. Mientras la Reserva Federal de Estados Unidos mantiene su tasa de referencia entre 3,50 % y 3,75 % con una postura cautelosa, el diferencial de tasas se comprime y reduce el atractivo de los activos en pesos. En este contexto, cualquier deterioro en las expectativas fiscales domésticas o ruido político asociado al ciclo electoral tiene un impacto amplificado en la tasa de cambio.
La trampa de la calma temporal
El comportamiento intradía del dólar, que osciló entre un máximo de 3.483 pesos y un mínimo de 3.446 pesos antes de cerrar al alza, ilustra la sensibilidad extrema del mercado. Los soportes técnicos alrededor de los 3.400 pesos y las resistencias cercanas a los 3.500 pesos definen un rango de negociación estrecho que, históricamente, antecede a movimientos bruscos cuando se agotan los catalizadores de corto plazo.
Desde una perspectiva atlantista y pro-mercado, resulta preocupante que la estabilidad cambiaria dependa cada vez más de flujos de capital volátiles y menos de la confianza en la regla fiscal. La necesidad de financiamiento del Gobierno Nacional y la emisión de deuda siguen siendo factores de presión latentes. Si bien el precio del petróleo Brent se mantiene en niveles aceptables para la balanza comercial (alrededor de 79,35 dólares por barril), este ingreso de divisas no compensa indefinidamente la percepción de riesgo institucional.
Comparativamente, Colombia no enfrenta hoy una crisis de balanza de pagos como la de otros vecinos, pero sí padece una erosión de credibilidad que limita el margen de maniobra. En un entorno donde el índice DXY global avanza y las condiciones monetarias en Washington permanecen restrictivas, la resiliencia del peso requiere anclas internas sólidas. La ausencia de reformas estructurales que garanticen la sostenibilidad de la deuda convierte a la tasa de cambio en el termómetro diario de la desconfianza.
El costo de oportunidad de la volatilidad
Para el sector real y los importadores, la volatilidad proyectada por los analistas impone un costo de cobertura que se traslada a precios. La incertidumbre no es gratuita; se paga en primas de riesgo y en planificación empresarial defensiva. Mientras el mercado espera señales claras sobre la trayectoria de la política monetaria local y la gestión del déficit, la tasa de cambio seguirá funcionando como válvula de escape de las tensiones macroeconómicas.
Es fundamental reconocer que la Reserva Federal no ajustará su hoja de ruta para acomodar las necesidades de los mercados emergentes. Por tanto, la responsabilidad de mantener la estabilidad recae exclusivamente en la política doméstica. Ignorar esta realidad bajo la premisa de que “el dólar está barato” es un error de diagnóstico costoso. La apreciación reciente puede ser una ventana de oportunidad para ajustar cuentas, pero no debe confundirse con un cambio de régimen en la percepción de riesgo país.
De cara al segundo semestre, la interacción entre el calendario electoral y las decisiones de financiamiento del Tesoro definirá si el peso logra consolidarse en los niveles actuales o si, como sugieren las proyecciones técnicas y fundamentales, retorna a bandas superiores. La prudencia dicta que, en ausencia de reformas creíbles, la tendencia de fondo sigue siendo la depreciación.