El mercado cambiario colombiano ha registrado una apreciación del peso que lo sitúa en niveles no observados desde julio de 2019, cerrando US$12,5 por debajo de la Tasa Representativa del Mercado (TRM). Este movimiento ocurre en un contexto global donde el crudo Brent cotiza a US$84,68 por barril, con una caída marginal de 27 centavos, mientras los operadores internacionales evalúan con preocupación la escalada de tensiones entre Estados Unidos e Irán. Para un analista acostumbrado a leer la volatilidad andina, esta dinámica presenta una anomalía que merece disección técnica antes que celebración política.
La paradoja de la apreciación con riesgo externo
Históricamente, el eje Bogotá-Washington ha funcionado como un mecanismo de transmisión de riesgo: cuando la tensión geopolítica aumenta en Oriente Medio o en la relación bilateral, la prima de riesgo de Colombia se expande y el peso se deprecia. Lo que observamos hoy rompe esa correlación tradicional. Que el dólar baje a mínimos de siete años mientras el Brent se mantiene por encima de US$84 y las relaciones hemisféricas atraviesan fricciones sugiere que hay factores domésticos o flujos de capital especulativo pesando más que los fundamentos macroeconómicos regionales.
Desde una perspectiva pro-mercado, esto genera señales mixtas. Un peso fuerte facilita la importación de bienes de capital y contiene la inflación de transables, lo cual es positivo para la competitividad industrial y el poder adquisitivo urbano. Sin embargo, si esta apreciación no está respaldada por un aumento sostenible en la Inversión Extranjera Directa (IED) o por un superávit en cuenta corriente, sino por flujos de cartera volátiles o por una liquidación forzada de divisas ante expectativas de intervención, la estabilidad es ilusoria. El Banco de la República y el Ministerio de Hacienda deben comunicar con claridad si existen fundamentos estructurales para este nivel cambiario o si estamos ante un descalce temporal que podría revertirse con igual velocidad ante un choque externo.
El precio del crudo y la seguridad energética regional
La cotización del Brent en US$84,68, aunque estable en la jornada, refleja un piso elevado derivado de la incertidumbre en el Estrecho de Ormuz. Para Colombia, este nivel es una espada de doble filo. Por un lado, sostiene los ingresos fiscales y la balanza comercial, vitales para un país que aún depende de los hidrocarburos para financiar su transición y su gasto social. Por otro, mantiene alta la factura de importación de combustibles refinados, dado que nuestra capacidad de refinación doméstica sigue siendo insuficiente pese a los anuncios recurrentes de modernización.
En el eje Brasilia-Bogotá-Washington, la seguridad energética se ha convertido en un pilar de la cooperación atlantista. La volatilidad iraní recuerda la necesidad de diversificar suministros y fortalecer la integración eléctrica y gasífera regional. Mientras Venezuela y Ecuador enfrentan sus propias crisis de producción e infraestructura, Colombia tiene la oportunidad de posicionarse como un nodo de estabilidad energética para la región andina, pero esto requiere señales regulatorias claras y respeto a los contratos vigentes. Un tipo de cambio apreciado ayuda a importar tecnología para esta transición, pero solo si la política energética no desincentiva la inversión privada necesaria para ejecutarla.
Cautela ante la euforia cambiaria
La línea editorial de La Bitácora ha sido consistente: celebramos los aciertos macroeconómicos cuando ocurren, pero advertimos sobre los riesgos de interpretar coyunturas favorables como cambios estructurales. Un dólar en niveles de 2019 no significa que hayamos resuelto los problemas de productividad, infraestructura o seguridad jurídica que han limitado nuestro crecimiento potencial. De hecho, si esta apreciación se percibe como artificial o insostenible por los exportadores no tradicionales, podríamos estar sembrando una enfermedad holandesa en miniatura que erosione la base productiva justo cuando más necesitamos diversificar.
Los datos del Fondo Monetario Internacional y de la OCDE para economías emergentes sugieren que los episodios de apreciación rápida en contextos de alta incertidumbre global suelen ser seguidos por correcciones bruscas. La responsabilidad institucional exige evitar la tentación de usar este momento para aumentar el gasto público permanente o para relajar la disciplina fiscal bajo la premisa de que “el dólar barato” es la nueva normalidad. La fortaleza del peso debe ser tratada como un activo estratégico para la inversión y la estabilidad de precios, no como un dividendo político distribuible.
En última instancia, la prueba de fuego para esta tasa de cambio será su comportamiento cuando el ciclo de liquidez global se revierta o cuando las tensiones en Oriente Medio se materialicen en choques de oferta reales. Hasta entonces, la prudencia macroeconómica y la defensa de la independencia del banco central son los mejores seguros contra la volatilidad que, inevitablemente, regresará al mercado andino.