¿Existe en el fútbol profesional alguna obligación que trascienda la letra del contrato? La pregunta vuelve con fuerza esta semana, cuando Lucas González —entrenador que llevó al Deportes Tolima a una final de liga, a semifinales el semestre siguiente y a octavos de la Copa Libertadores— anunció su marcha al Atlético Nacional. Según reportó Infobae Colombia, la decisión llegó apenas dos días antes de que el equipo tolimense iniciara su pretemporada. Los hinchas respondieron con la indignación que conocemos: en las redes sociales, un usuario escribió que González era “más falso que una moneda de cuero”; otro lo calificó de “irresponsable” por no advertir que, según su lectura, era “la última opción” del club antioqueño y que lo habían llamado “por descarte”. Pero detrás del insulto hay una desazón más vieja que el profesionalismo, y que el profesionalismo no logró extinguir.
El fútbol colombiano reproduce aquí un dilema clásico de las sociedades modernas: la tensión entre el interés individual legítimo y los lazos de comunidad que lo preceden y lo sobreviven. González tenía contrato, es cierto, y el contrato incluye mecanismos de salida. Pero el contrato no agota la relación. Cuando un técnico construye un proyecto durante un año, cuando lleva a un equipo modesto a pelear en tres frentes, cuando la hinchada le canta en las noches de Libertadores, algo se teje que el derecho mercantil no registra. El economista dirá que esto es externalidad positiva; el filósofo político, que es res publica en su acepción más pequeña y más intensa: lo público como espacio de identidad compartida.
Los defensores de la movilidad laboral apelarán a una lógica que no admite réplica. El mercado del fútbol no perdona las vacilaciones: las ventanas se cierran, las oportunidades se oxidan, y un entrenador de cuarenta y pocos años debe pensar en su carrera antes que en la liturgia de la lealtad. No les falta razón. Sin embargo, esta misma lógica es la que convierte al hincha en mero consumidor de emociones, y al club en acción cotizable. Popper advertía sobre la sociedad abierta que no puede fundarse en el sacrificio del individuo, pero tampoco sobre su atomización absoluta. Hay un punto, difuso y siempre negociable, donde la libertad contractual choca contra la legitimidad de las expectativas que ella misma generó.
La crítica de los aficionados del Tolima no es, en rigor, contra la movilidad como tal. Es contra la temporalidad de la decisión. Dos días antes de la pretemporada, con la fase de eliminación directa de la Libertadores próxima a comenzar, el daño institucional parece mayor que el beneficio personal. El técnico no solo se va; deja el proyecto sin timón en el momento de mayor exposición internacional. Arendt, en su análisis del totalitarismo, dedicó páginas memorables a la destrucción de la promesa como fundamento de la acción humana. No estamos ante totalitarismo, claro está, pero sí ante una forma de acción pública —y el fútbol, en Colombia, es política sin adjetivo— que erosiona la confianza sin la cual ninguna comunidad funciona.
El Atlético Nacional, por su parte, actúa dentro de sus competencias. Es un club grande que busca reforzarse con un técnico en ascenso. La pregunta no es si puede, sino si debe, y en qué términos. La historia del fútbol hispanoamericano está llena de estas transacciones: Bianchi dejó a Boca para ir a Roma, a Roma para volver, y nadie le perdonó ni le olvidó nada. La memoria del hincha es larga porque su inversión emocional no se amortiza. González lo sabía, o debía saberlo: cuando escribió que “gran parte de mi corazón se queda en el Tolima”, reconocía, a contrapelo, que algo de él quedaba también comprometido.
El fútbol colombiano no necesita más lealtad forzada, que sería otra forma de servidumbre. Necesita, quizás, una ética de la transición: tiempos de preaviso razonables, conversaciones transparentes con la directiva, formas de salida que no dejen al club en la orilla cuando la competencia internacional exige estabilidad. Los contratos podrían incluir cláusulas de lealtad deportiva, como ocurre en otras ligas, que compensen económicamente al club damnificado más allá de la mera rescisión. Pero esto exige una madurez institucional que el fútbol nacional no alcanza, atrapado como está entre la precariedad de la mayoría de clubes y la voracidad de los grandes.
Lo que queda, entonces, es la pregunta. Cuando González dirija al Nacional contra el Tolima en el segundo semestre, y la hinchada pijao lo reciba con silbidos y pancartas, ¿será justo el reproche o será anacronismo romántico? La respuesta no puede ser categórica. El fútbol moderno nos obliga a convivir con la ambivalencia: celebramos la carrera del técnico ambicioso, y lamentamos la fractura del club que lo vio crecer. Quizás la única salida honesta sea reconocer que ambas cosas son verdaderas, y que la tensión entre ellas es el precio de un deporte que todavía, a pesar de todo, nos importa.