¿Puede sobrevivir un espectáculo cuando sus organizadores parecen más preocupados por repartirse las ganancias que por elevar la calidad del juego? Esta noche, en el estadio Atanasio Girardot, Independiente Medellín y Deportivo Cali disputarán la fecha 2 de la Liga BetPlay con la puntualidad de un reloj suizo. Los equipos presentarán sus nóminas, los árbitros impartirán justicia y los aficionados llenarán las tribunas con la pasión de siempre. Sin embargo, detrás del telón deportivo se libra una batalla silenciosa que podría definir el futuro del fútbol profesional colombiano más que cualquier resultado en la cancha.
El partido en sí ofrece una narrativa atractiva. El Medellín llega herido tras su eliminación de la Copa Sudamericana ante Vasco da Gama, un golpe que dejó al equipo antioqueño con el único consuelo de los torneos locales. Luis Amaranto Perea, su técnico, deberá reconstruir la moral de un plantel que vio frustradas sus aspiraciones internacionales. Enfrente estará un Deportivo Cali en plena euforia, no solo por su victoria inaugural ante Jaguares, sino por el fichaje de Carlos Bacca, el delantero que ya entrena en Cali y que representa la ambición de un club que busca recuperar su lugar entre los grandes. El choque entre el herido y el ilusionado promete emociones.
Pero el fútbol no se juega solo con once contra once. Mientras los jugadores calientan en el césped del Girardot, los dirigentes del fútbol colombiano están enfrascados en una guerra de facciones que amenaza con fragmentar el producto que venden. La reciente formación del llamado B7, un grupo de equipos que se unió para disputar los derechos de televisión al tradicional G8, revela una fisura profunda en la estructura del fútbol profesional. No se trata de una simple disputa comercial; es un síntoma de la falta de un proyecto colectivo que trascienda los intereses particulares de cada club.
La historia nos enseña que las ligas deportivas prosperan cuando sus miembros entienden que el valor del conjunto supera la suma de las partes. La Premier League inglesa no se convirtió en el fenómeno global que es hoy porque los equipos grandes aplastaran a los pequeños, sino porque todos acordaron un modelo de reparto que garantizara competitividad y espectáculo. En Colombia, en cambio, parecemos condenados a repetir el ciclo de la confrontación. Los clubes se agrupan en bloques para negociar por separado, debilitando la posición de la liga frente a los operadores de televisión y, en última instancia, empobreciendo el producto que ofrecen a los aficionados.
La crítica de Iván Ramiro Córdoba sobre el formato de la Liga BetPlay no es un desahogo aislado. Cuando un exfutbolista de su trayectoria señala que hay que levantar mucho el nivel, está tocando una fibra sensible. El torneo colombiano ha perdido terreno frente a otras ligas de la región, y la fragmentación de los derechos de televisión solo agravará el problema. Un espectáculo que no se vende unido se devalúa, y un producto devaluado genera menos recursos para invertir en infraestructura, formación de jugadores y, en definitiva, en la calidad del juego que los aficionados merecen.
Es cierto que el fútbol colombiano ha mostrado signos de vitalidad. La presencia de equipos en competencias internacionales, el regreso de figuras como Bacca y la pasión inagotable de las hinchadas son activos valiosos. Pero estos activos se dilapidan cuando la dirigencia no está a la altura. La disputa entre el G8 y el B7 no es solo una pelea de egos; es una manifestación de la miopía que ha caracterizado históricamente a la administración del fútbol profesional en Colombia. En lugar de sentarse a construir un proyecto de liga que beneficie a todos, los clubes prefieren maximizar sus ganancias a corto plazo, aunque ello signifique hipotecar el futuro.
El partido de esta noche en el Atanasio Girardot será, sin duda, un espectáculo emotivo. Los jugadores de Medellín y Cali dejarán todo en la cancha, y los aficionados vibrarán con cada jugada. Pero cuando el árbitro pite el final y las luces del estadio se apaguen, la pregunta seguirá flotando en el aire: ¿hacia dónde va el fútbol colombiano? La respuesta no la darán los goles de esta noche, sino la capacidad de sus dirigentes para entender que el fútbol es, ante todo, un bien común que debe administrarse con visión y generosidad. Si no lo hacen, el espectáculo seguirá, pero cada vez será más pobre, más fragmentado y menos relevante. Y entonces, los aficionados, que son los verdaderos dueños de este juego, terminarán buscando en otras ligas lo que la suya no les puede ofrecer.