Hay una pregunta que los colombianos rara vez nos hacemos cuando hablamos de fútbol: ¿qué lugar ocupa en nuestra vida colectiva un partido como el que empataron Fortaleza y Deportivo Pereira en el Metropolitano de Techo, en la segunda fecha de la Liga, ante unas gradas que seguramente no se llenaron y ante una audiencia que probablemente se contaba por miles y no por millones? La respuesta fácil es que no ocupa ninguno. La respuesta honesta es más incómoda: ocupa exactamente el lugar que revela la salud real de una institución, no la salud de sus vitrinas.
Los hechos, reportados por Caracol Radio, son prosaicos hasta la ternura. Fortaleza llegaba de empatar a uno en Valledupar, con gol de John Solís al minuto veinte y empate de Cristian Rivas al setenta y uno. El Pereira llegaba de caer por la mínima ante Llaneros en su debut, con expulsión incluida de Santiago Águilar por doble amarilla. Dos equipos de la parte baja de la tabla, sin peligro de descenso y sin esperanzas serias de reclasificación, buscando en Bogotá sus primeros tres puntos del semestre. Ninguno los consiguió. El empate fue, en estricto sentido contable, un partido que no cambió nada.
Y sin embargo. Tocqueville observaba que la vitalidad de una democracia no se mide en sus grandes ceremonias sino en sus asociaciones menores, en esa trama de prácticas ordinarias donde los ciudadanos aprenden a convivir sin que nadie los obligue. El fútbol colombiano tiene sus ceremonias: las finales, los clásicos, las noches de copa internacional que paralizan ciudades enteras. Pero la trama ordinaria del fútbol —lo que los ingleses llaman con hermosa precisión the fabric of the game— está hecha de partidos como este. De jugadores que no saldrán en los titulares, de técnicos que pelean por renovar contratos semestrales, de hinchas que van a Techo un martes porque el equipo es lo único estable que tienen.
Aquí conviene ser exigentes con todos, que es la única forma honesta de ser exigente con alguien. La Dimayor ha construido un torneo donde la mitad de la tabla juega sin nada en juego durante meses, y eso es una decisión de diseño, no un accidente. Los formatos de todos contra todos con reclasificación generosa producen, por aritmética pura, una clase media de equipos condenados a la intrascendencia competitiva. Fortaleza y Pereira no empataron por falta de ambición; empataron dentro de un sistema que no les exige más. Cuando un torneo premia la medianía con la permanencia y castiga poco la derrota, la medianía se vuelve racional. Eso no lo inventó Colombia: lo describió hace décadas la literatura económica sobre ligas cerradas y abiertas, y lo confirma cada temporada en la que los mismos equipos ocupan los mismos lugares con la misma resignación.
Pero sería injusto cargar todo sobre la estructura. Los clubes también tienen agencia, y la historia del Deportivo Pereira —campeón de liga en 2022, para asombro de propios y extraños— demuestra que un equipo modesto puede, con planeación seria y continuidad técnica, romper el techo que el presupuesto le impone. Ese título matecaña fue quizás la mejor noticia institucional del fútbol colombiano de la década, precisamente porque ocurrió fuera del eje de los grandes presupuestos. Que dos años después el mismo club navegue la parte baja sin rumbo visible no es una ley del fútbol: es una elección, o mejor, una suma de deslices administrativos que el hincha paga sin haberlos firmado.
Y está, finalmente, el asunto de la memoria. Un país que solo registra sus triunfos es un país sin historia, y un fútbol que solo transmite sus clásicos es un fútbol sin liga. Que un partido entre el decimocuarto y el decimosexto de la tabla se juegue en un estadio municipal, con transmisión limitada y cobertura de minuto a minuto en portales que cumplen con oficio lo que la televisión abandona, dice algo sobre cómo distribuimos la atención colectiva. No se trata de romanticismo de barrio ni de exigir que el público ame todos los partidos por igual; se trata de notar que la res publica futbolera —eso que sostenemos entre todos, con impuestos para estadios incluidos— es más grande que sus estrellas, y que su deterioro empieza siempre por los bordes, nunca por el centro.
El empate de Techo no figurará en ninguna antología. Pero los torneos se ganan o se pierden también en esas canchas, y las instituciones —el fútbol es una, aunque nos cueste admitirlo— se pudren o se sostienen en la calidad de sus partidos anónimos. La próxima vez que alguien pregunte por qué el fútbol colombiano no termina de despegar, la respuesta quizás no esté en la selección ni en las finales. Estará en un martes en Techo, en un empate que a nadie le importó, esperando que alguien decida que sí debería importarnos.