¿Qué revela una Copa del Mundo cuando sus cuatro semifinalistas son, simultáneamente, las primeras naciones del ránking FIFA y potencias con historias políticas turbulentas? Argentina, Francia, España e Inglaterra no solo compiten por un balón; ofrecen, mutatis mutandis, cuatro modelos distintos de construcción nacional, de relación con el pasado y de disputa por el futuro.
El fútbol moderno nació en Inglaterra, se profesionalizó en Escocia, se soñó en Montevideo y se perfeccionó en Buenos Aires. Pero el torneo que hoy nos ocupa, con sede tripartita en Estados Unidos, México y Canadá, condensa una globalización que Tocqueville quizás habría reconocido: un espectáculo universal donde las pasiones locales se proyectan en escala planetaria. Francia y España se enfrentarán en Dallas el 14 de julio; Argentina e Inglaterra, al día siguiente, en Atlanta. Entre ambos partidos hay algo más que una fecha calendario: hay una geografía simbólica de viejas rivalidades coloniales y continentales.
Francia llega capitaneada por Kylian Mbappé, cuyo doblete ante Marruecos —2-0 en cuartos— prolonga una hegemonía que Didier Deschamps supo tejer desde 2018. La selección francesa encarna, con sus tensiones, el melting pot republicano: un equipo donde la herencia africana, árabe y europea convive bajo una bandera que, en teoría, niega las diferencias de origen. El penal errado de Mbappé contra Marruecos, seguido de su gol decisivo, resume una paradoja francesa: la imperfección de las instituciones que, pese a todo, funcionan. La sociedad abierta de Karl Popper requiere mecanismos de corrección, no de pureza inicial.
España, por su parte, venció a Bélgica 2-1 con un gol de Mikel Merino en el minuto 88, cuando la prórroga parecía inevitable. El estilo de Luis de la Fuente hereda algo del tiki-taka pero sin su retórica: menos posesión estéril, más resolución en momentos críticos. Es, quizás, la versión futbolística de una España que aprendió, a costa de crisis institucionales severas, que la estabilidad no garantiza la eficacia. El ingreso de Merino dos minutos antes de marcar sugiere una gestión del talento que premia la paciencia sobre el espectáculo inmediato —una lección que la política española, con sus bloqueos parlamentarios, aún asimila con dificultad.
Inglaterra ofrece el caso contrario. Jude Bellingham, con dos goles contra Noruega en tiempo extra, acumula seis en el torneo y pugna por el botín de goleador. Pero el rendimiento del equipo de Thomas Tuchel —empate sufrido, definición tardía— refleja una tensión británica persistente: entre la confianza en el sistema y la sospecha de que algo falla en su núcleo. El Brexit, en su dimensión simbólica, fue una apuesta a la autonomía que no resolvió las contradicciones internas; el fútbol inglés, con su inversión millonaria en la Premier y su escasa cosecha internacional desde 1966, reproduce esa misma estructura.
Argentina, finalmente, eliminó a Suiza 3-1 en prórroga con goles de Mac Allister, Álvarez y Martínez, tras una polémica expulsión de Breel Embolo revisada por el VAR. La intervención tecnológica —tarjeta anulada a Paredes, segunda amarilla para el suizo— reabre un debate que trasciende el deporte: ¿quién controla los controladores? Hannah Arendt advertía que la burocracia moderna, al depoliticizar las decisiones, puede generar arbitrariedades más opacas que la voluntad individual. El VAR, en su intento de objetividad, introduce una nueva capa de interpretación que no elimina la controversia, solo la desplaza.
Messi, en lo que podría ser su último Mundial, no anotó pero asistió. Esa distribución del protagonismo —de la estrella hacia el colectivo— es, quizás, lo más argentino del equipo de Scaloni. Un país que ha oscillado entre el caudillismo y la fragmentación encuentra, por una vez, una síntesis operativa.
Las semifinales de 2026, vistas desde Colombia, adquieren una resonancia particular. Caracol y RCN transmitirán ambos partidos, como si la competencia comercial cediera ante la magnitud del evento. Los colombianos debemos preguntarnos, sin embargo, por qué nuestra selección no está entre estos cuatro. La respuesta no está en el fútbol solo: está en las instituciones que forman, o deforman, el talento. Las semifinales del Mundial son, en última instancia, un índice de países que funcionan.
El campeón se definirá el 19 de julio. Mientras tanto, la pelota rueda con la gravedad de quien sabe que algo más que un título está en juego.