¿Por qué el fútbol, que parece asunto de diversiones, termina siendo espejo de las sociedades que lo juegan? Colombia se fue al descanso con ventaja sobre Ghana en los dieciseisavos del Mundial 2026, y el tanto de Jhon Arias encendió las redes sociales con la euforia de siempre. Pero más allá del gol, lo que merece atención es el modus operandi de esta selección: orden táctico, control del ritmo, eficacia sin alardes. No es el equipo desordenado de otras épocas, ni el que dependía del individualismo extático. Néstor Lorenzo ha construido algo que los colombianos reconocemos con extrañeza: una institución que funciona.
La metáfora no es gratuita. Hannah Arendt, en su análisis de las revoluciones, distinguía entre liberación y libertad: la primera es el acto de romper cadenas, la segunda es la capacidad de construir un cuerpo político duradero. Las selecciones colombianas de décadas pasadas supieron liberarse del pesimismo futbolístico; esta, en cambio, parece haber aprendido algo de la libertad institucional: la disciplina como virtud republicana, no como coerción. El control del balón, la presión recuperada, la transición medida —todo ello exige paciencia colectiva, una virtud que la política nacional nos ha enseñado a desconfiar.
No obstante, el escepticismo está justificado. Hemos visto esta película antes: arrancadas heroicas que terminan en derrotas evitables, en penales fallidos, en autogoles de la desconcentración. Tocqueville advertía que las democracías tienden al impulso inmediato, a sacrificar el mañana por la emoción del hoy. El fútbol colombiano ha sido, demasiadas veces, demócrata en ese sentido preciso: brillante en el arranque, frágil en la sustentación. La pregunta que esta selección debe responder —ya contra Ghana, y de avanzar, contra quien siga— es si el orden de Lorenzo resiste la prueba del tiempo, o si es máscara de una inquietud que estallará en el momento menos oportuno.
Hay algo más. Ghana no es adversario menor: es una selección con historia mundialista, con físico, con tradición de competir hasta el final. Que Colombia le haya impuesto su ritmo sugiere una madurez que trasciene lo deportivo. En el liberalismo clásico que aquí se practica, se valora la competencia leal precisamente porque revela las virtudes reales de quienes compiten. No se trata de anular al otro por decreto, sino de superarlo en el campo de juego común. Esta selección, en ese sentido, juega con fair play institucional: respeta las reglas, confía en su preparación, no reclama privilegios.
Claro que el partido no ha terminado. Y en el fútbol, como en la política, el segundo tiempo es donde se definen las verdaderas jerarquías. La oposición —el rival, la circunstancia, el azar— siempre tiene derecho a réplica. Lo que no puede ocurrir, si Colombia aspira a algo más que una victoria circunstancial, es que el orden del primer tiempo se disuelva en la ansiedad de cerrar prematuramente. Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, defendía el gradualismo reformista frente a las utopías totales. Hay algo de eso en esta selección: no promete el título como destino histórico inevitable, pero construye las condiciones para competirlo.
El mérito puntual del gobierno deportivo —la Federación, la estructura que sostiene a Lorenzo— es que ha dejado trabajar. No hay, que sepamos, injerencias presidenciales en la convocatoria, ni ministerios que designen titulares. En un país donde el uso instrumental del Estado es práctica habitual, esa neutralidad relativa merece reconocerse, aunque no exagere: las estructuras del fútbol colombiano arrastran problemas de corrupción y opacidad que ningún Mundial borra.
Si Colombia avanza a octavos, la euforia será nacional y legítima. Pero conviene recordar que los torneos cortos premian el momento, no necesariamente la estructura. La verdadera prueba —la que importa para el país, no solo para la selección— será si este orden táctico se traduce en algo perdurable: en juveniles formados con criterio, en ligas locales menos dependientes del extranjero, en infraestructura que no se limite a los estadios de élite. De lo contrario, habremos visto otra liberación sin libertad, otro gol que ilumina una noche y no alumbra el día siguiente.
El silbatazo del entretiempo ya sonó. Lo que sigue depende, en parte, de Arias y sus compañeros. Pero depende también de nosotros, espectadores que tanto celebramos: de si aprendemos a valorar la paciencia institucional más allá de la cancha, o si volvemos a confundir el grito del gol con la construcción de algo que perdure.