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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 16 jun 2026

El fútbol mundial sigue sin resolver su paradoja colonial

Francia y Senegal se miden en el MetLife con árbitros australianos. ¿Quién representa realmente a quién en el espejo de 2026?

El fútbol mundial sigue sin resolver su paradoja colonial — Deportes, ilustración editorial

¿Es Francia la metrópoli que exporta talento o la nación que lo importa, lo funde y lo reclama como propio? La pregunta, formulada con crudeza, atraviesa cada encuentro de Les Bleus desde hace tres décadas, y esta tarde en el MetLife Stadium adquiere rostro propio: once titulares franceses, muchos de ellos hijos o nietos de la antigua África francófona, enfrentan a Senegal, país que alguna vez fue departamento de la misma república que ahora compite contra él.

El caso de Kylian Mbappé —nacido en Bondy, hijo de un padre camerunés y una madre argelina— ilustra la complejidad sin simplificarla. Francia le otorgó pasaporte, cancha, médicos, televisión; él le devolvió una Copa del Mundo en 2018 y estuvo a once minutos de otra en 2022. Pero cuando el seleccionador africano pudo haberlo convocado, ¿habría aceptado? La pregunta es retórica: el sistema de competencia por talentos entre naciones, lejos del libre mercado ideal, funciona como un drenaje estructural que Hannah Arendt habría reconocido en su análisis del imperialismo: no la conquista territorial, sino la apropiación de capacidades humanas.

Senegal, por su parte, llega al Grupo I con una nómina que no pide permiso. El campeón africano de 2021 ha construido una identidad futbolística que no depende de la validación parisina: juega en ligas menores de Europa, en Turquía, en Arabia, y exporta directamente sin escalas coloniales. Su técnico, Aliou Cissé, fue capitán en el mundial de 2002 cuando eliminaron a Francia en el debut, aquel 1-0 que Pape Bouba Diop celebró con un baile frente al mundo. La revancha simbólica no necesitó más.

La designación arbitral, en este contexto, resulta casi un comentario involuntario. Alireza Faghani, iraní; sus asistentes, australianos. El Mundial 2026, organizado por Estados Unidos, Canadá y México, delega la autoridad del partido a un triángulo que nada debe a la historia franco-senegalesa. Es la versión contemporánea de la sociedad abierta de Popper: reglas formales, neutralidad procedimental, competencia sin vínculos de sangre. Funciona, hasta donde funciona.

Pero el espectáculo no resuelve la tensión, solo la suspende noventa minutos. Si Francia gana, será la continuidad de un modelo que funciona; si Senegal sorprende, será el triunfo de una narrativa que el fútbol mundial necesita para no morir de aburrimiento hegemónico. Los colombianos que sintonizamos a las dos de la tarde —hora de Bogotá— no tenemos caballo en esta carrera, salvo el interés legítimo de ver cómo una competencia global gestiona las desigualdades que heredó.

El deporte, decía Ortega y Gasset, es la expresión más pura de la técnica. Pero la técnica, añadiría, no se libera tan fácil de su pasado. Cuando Mbappé reciba un pase de Tchouaméni —también de origen camerunés— para definir contra un portero senegalés que pudo haber sido su compañero de selección en otra vida posible, el balón no será solo cuero y aire. Será, mutatis mutandis, una pregunta que el fútbol se hace desde hace tiempo y que el Mundial 2026 no responde, solo reformula.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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